Enamorada de un criminal

Capítulo 18

Dos semanas después, Christopher no se había vuelto aparecer más en el café. Rose había pensado que había renunciado y que ya no la quería volver más. De alguna forma, se sentía humillada y avergonzada: Recordó que la última vez que se vieron fue en el baile y se habían acostado. Comenzó a dudar sobre el contenido de la carta: ¿Era verdad que él no quería tener sexo con ella solo porque “le gustaba”?

Al terminar su turno, se fue a despedir de Frank como siempre hacía.

—Mi empleada favorita.—le sonrió el chico mientras le abría la puerta.

—Oye, ¿Tienes un momento? Necesito preguntarte algo.

—Seguro, entra. –Ambos entraron y después de que Nolan trancara la puerta, se sentaron.— ¿Pasó algo? ¿Qué necesitas? ¿Todo bien?

—No pasó nada, no necesito nada y no todo está bien. –Respondió con cierta calma lo cual le pareció raro a Frank ya que él sabía que ella y Ryan habían terminado y fue hace menos de 15 días. Nunca creyó que lo superaría tan rápido.— Me preguntaba si has sabido algo de Christopher, no ha venido al trabajo y no sé… me preocupa. Digo, al parecer tú lo conoces más que yo, ¿O me equivoco?

—Todo lo contrario Rose, tienes toda la razón.—respondió con una sonrisa.

—Ustedes se conocen desde hace mucho, ¿Verdad?

—Pues sí, antes de irme a Rusia vivía con él y August.—Rose había quedado impresionada al escuchar eso: Sí sabía que él antes vivía en Rusia pero…

—¿August y Christopher son hermanos? –El enano asintió con la cabeza confirmando las dudas de Rose. Casi todas.— Volviendo a lo que te decía… ¿No has sabido nada de él?

—Cambió el horario.

—¡¿QUÉ?!—dijo sorprendida.

—Viene en la noche y los martes y jueves en la tarde… Me dijo que necesitaba hacer turnos extras y prefirió quedarse en la noche porque siempre viene más gente y así.

—Oh, vaya… –Se quedaron en silencio unos segundos.— Bueno, gracias Frankie. –Se paró de la silla y lo abrazó.— Nos vemos el lunes.—el chico le abrió la puerta y se fue.

 

La niña corría pero sus músculos eran los que actuaban por instintos. Ella quería quedarse con él, quería que él dejara de ser un asesino. Había notado que él había cambiado.

Decidió regresar a la fábrica.

—¿Chris? –La ojiazul comenzó a buscarlo por todas partes.— ¿Chris?—preguntó al entrar por segunda vez en aquella “oficina” en donde le había quitado la llave.

Escuchó unos ruidos y salió de ahí rápidamente solo para encontrarse con que había comenzado a llover. Algunos relámpagos y truenos solo aparecían para asustar a la niñita. Esta cayó dormida después de un rato al ver que no escamparía y que no iba a encontrar al chico de ojos avellana.

A la mañana siguiente, se dio cuenta que había despertado en la oficina. Se sobresaltó y notó que tenía una sábana encima. ¿Cómo había terminado allí? Pudo haber sido el cansancio que la había traído hasta allí pero ¿De dónde había salido aquella sábana?

—Así que volviste, ¿eh? Te pedí que te fueras e hiciste todo lo contrario. –Se volteó al escuchar aquella voz. Se paró y se enredó con la sábana haciendo que se cayera. El castaño se acercó rápidamente a ella.— ¿Estás bien?—ella se para lentamente, se quita la sabana de encima y lo abraza.

—Chris…—fue lo último que le escuchó antes de que volviera a quedarse dormida.

—Lo siento.—dijo al soltar la jeringa: Le había inyectado un sedante. La cargó en su hombro y salió de allí para montarse en su Chevrolet azul del ’75. La montó en los asientos de atrás y se fue de la fábrica.

Él sabía que ella volvería, tuvo la suerte de que lloviera el día anterior para hacerla retener en el lugar. Había aprovechado que ella estuviese dormida para ir a buscar información sobre ojos azules, sin antes haberla dejado en aquella oficina. Al llegar a la ciudad, no estaba lloviendo y vio uno de esos papeles que decían “Desaparecidos”. La arrancó del poste de luz en el que estaba pegado y lo guardó en un bolsillo de su pantalón. Regresó a la fábrica y había escampado. Antes de entrar, sacó una sábana que tenía en la maleta y se la colocó encima cuando volvió a la oficina.

Al llegar a la casa, la despertó.

—Rose… —detuvo el carro y se volteó.— Rose, despierta.—ella lentamente abre sus ojos y se sobresalta al ver el cambio de ambiente.

—¿Dónde estoy?—preguntó asustada mientras se sentaba.

—En mi carro… y en tu casa.

—¿Cómo…? –En ese momento, el chico sacó la hoja que había visto y se la mostró: Había una foto con su cara y más abajo tenía información y unos números de teléfono.— Oh.

—Bájate.—le ordenó.

—Pero…

—Bájate, ya hablamos de eso ayer. –La miró a los ojos.— Por favor, vete. Es por tu bien. –Bajó la cabeza unos segundos y volvió a verla.— Maté a mis propios padres Rose, no quieres estar con un monstruo como yo.

—Chris…—la pequeña se sentía capacitada de poder cambiarlo.

—¡Vete!—ella se bajó rápidamente del carro y tocó el timbre.

—¡Rose, hija! –Su madre la abrazó y comenzó a llorar de felicidad.— Por Dios, ¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas? ¿Quién te trajo?

—Me he tropezado con muchas cosas, estuve en una fábrica abandonada y él me trajo.

—¿Quién?

—Él.—se volteó para señalar el carro azul pero este ya no estaba.

Después de ese día, los padres de la niña decidieron mudarse de esa zona y trasladarse hacia la otra punta de la ciudad.

La morena despertó y vio que eran las 2:19am. Se sentó y se pasó las manos por detrás de la cabeza suspirando.

—Chris… ¿En dónde estarás? –Pensó unos segundos tratando de recordar algo: Su apellido.— Way. Chris Way… Way… —Entonces recordó a su ex novio pelirrojo, ahora pelinegro.— August Swan… August Way Swan… —Recordó de repente el otro apellido de su ex, la única vez que él se lo dijo.— Chris Way…—reflexionó unos segundos y no habían palabras para describir la conclusión a la que Rose había llegado.




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