Sentía su mirada clavarse en mí, profunda, casi cortante. Era tan penetrante que por momentos me provocaba miedo, sin embargo, al mismo tiempo, disfrutaba estar ahí, bajo esa intensidad desconocida. No logro explicarme de dónde nacía tanta ambivalencia, era una sensación extraña, contradictoria, como un susurro interno que repetía me asusta, pero me gusta. Durante unos segundos pensé que se limitaría a observarme, como si yo fuera un juguete nuevo o una curiosidad recién adquirida. Miré a mi alrededor intentando disimular mi inquietud, pero la visión de tantas razas extraterrestres reunidas en aquel lugar me oprimía el pecho. Algunos parecían inertes, tal vez muertos, aunque eso no lograba tranquilizarme, la incomodidad seguía ahí, latiendo bajo mi piel.
De pronto, él hizo un gesto breve y comenzó a caminar hacia una especie de clóset gigantesco, transparente, iluminado desde dentro por una luz blanca. Me indicó con señas que lo siguiera y sin cuestionarlo, obedecí. Al acercarme y ver lo que había en su interior, quedé sin aliento. Eran exactamente como los extraterrestres de las películas, cuerpos delgados, piel grisácea, cabezas desproporcionadas y con ojos enormes, oscuros. Entonces ocurrió algo aún más extraño, sin saber cómo, una avalancha de información comenzó a formarse en mi mente. Supe o sentí que sabía, que eran una de las razas más peligrosas, que mantenían acuerdos secretos con varios gobiernos de la tierra; permisos para realizar abducciones a cambio de tecnología avanzada, conocimientos científicos, secretos que prometían impulsar el progreso humano. Un intercambio disfrazado de cooperación que, en el fondo, había causado más daño que beneficio. Seguí observando hacia los compartimentos contiguos y, al reconocer las figuras que yacían allí, el aire se escapó de mis pulmones. —¡Reptilianos! —susurré, aunque el susurro terminó convirtiéndose en un grito ahogado.
Eran reales, ¡cien por ciento reales!, sentí el corazón golpeando con fuerza contra mi pecho, la ansiedad recorriéndome como electricidad. Durante años había investigado, acumulado pruebas débiles, teorías que nadie quiso escuchar. Siempre me trataron como si exagerara, como si mi obsesión fuera ridícula y ahora todo estaba frente a mis ojos, tangible, irrefutable.
En medio de mi desbordada mezcla de miedo y euforia, el ser que me había llevado hasta allí intervino. Movió las manos con precisión, intentando explicarme algo, sus gestos eran fluidos, casi ceremoniales.
—Disculpa… no te entiendo. ¿Qué intentas decir? —pregunté, esperando algún tipo de respuesta más clara, pero no habló, ni tampoco cambió su expresión, simplemente activó una pantalla enorme, similar a un televisor, que surgió desde la pared. Las imágenes comenzaron a proyectarse, primero mostraban el lugar donde nos encontrábamos, paisajes amplios, estructuras luminosas, una belleza serena que parecía imposible de asociar con el horror, pero luego aparecieron ellos.., los grises.
Las escenas que siguieron fueron brutales. Ataques violentos contra humanos, sangre derramándose sin compasión, cuerpos sometidos con una frialdad inhumana. Tuve que apartar la mirada por un instante, incapaz de soportar tanta crudeza, tanto así que sentí náuseas. Al notar mi reacción, el extraterrestre adelantó el video y la imagen cambió a un campo soleado. Un paisaje tranquilo, casi familiar, por un momento tuve la inquietante sensación de reconocer aquel lugar. La cámara se centró en una mujer de unos treinta y tantos años que caminaba de la mano de una niña de aproximadamente ocho. La pequeña sonreía con esa alegría despreocupada que solo la infancia puede sostener, hasta que el cielo se abrió y una nave gigantesca descendió desde las nubes, de la cual emergieron los grises. Sentí el estómago encogerse no otra vez, pensé.
Madre e hija corrieron aterradas, la niña lloraba desconsoladamente, tropezando con la hierba alta. Los grises las alcanzaron con facilidad y las observaron fijamente antes de sujetarlas y arrastrarlas hacia la nave. En un acto desesperado, la madre tomó una rama del suelo y la clavó en el rostro del ser que sostenía a su hija y un líquido extraño brotó de la herida mientras el extraterrestre emitía un chillido desgarrador, mientras el otro soltaba a la mujer para auxiliar a su compañero, que parecía perder un ojo. Aprovechando la confusión, madre e hija escaparon, apenas avanzaron unos metros antes de que el sobreviviente notara su huida, este fue tras ellas. —¡Corre! ¡Corre! —gritó la madre, por su parte la niña obedeció, escondiéndose tras una roca enorme desde donde pudo ver todo.
Por otro lado, el extraterrestre gris, consumido por una furia fría, mató a la mujer sin dudarlo, esta cayó al suelo, desangrándose, mientras la nave se elevaba nuevamente hacia el cielo. La niña quedó paralizada y cuando todo quedó en silencio, salió de su escondite y corrió hacia su madre. —Ya se fueron… podemos irnos a casa —dijo entre sollozos, pero no hubo respuesta. Horas después la encontraron junto al cuerpo mutilado, la policía habló de un asesinato brutal, sin órganos, ni explicación. Interrogaron a la niña una y otra vez, pero ella repetía el mismo relato gigantes de ojos enormes, deformes, que habían matado a su madre, nadie le creyó, y como hipótesis supusieron disfraces, delirios infantiles, por lo que finalmente el caso se cerró por falta de pruebas.
La pantalla se oscureció por un instante y yo apenas podía respirar. —No quiero seguir viendo —murmuré, pero él insistió, la imagen regresó y entonces la vi…, era mi madre. Estaba en un cementerio, frente a una tumba. Su vientre abultado revelaba que estaba embarazada de mí, observaba la lápida con una tristeza tan profunda que parecía haber agotado todas sus lágrimas. Cerró los ojos, dejó unas flores y se marchó lentamente, fue ahí cuando la imagen se detuvo y el video terminó.
#497 en Joven Adulto
#5599 en Novela romántica
romance acción drama reflexión amistad, místerio y suspenso, ciencia-ficción
Editado: 28.02.2026