Enamorada del Ceo Temporada 1

Capítulo 1: El Contrato.

"Alexander no solía mirar a sus empleadas, pero cuando Emma cruzó la puerta de la sala de juntas, su mundo de números y frialdad se detuvo por un segundo."

El aire en el piso 50 de las Empresas Santoro se sentía más frío de lo normal. Dicen que Alexander Santoro no tiene corazón, que lo cambió por acciones en la bolsa hace años. Yo no creía en esos rumores... hasta que lo tuve frente a mí.

—Firma aquí, Emma —dijo él, sin despegar la vista de su tableta. Su voz era como el terciopelo, pero sus palabras eran de hielo—. No es un compromiso real, solo negocios. Mi familia deja de molestarme con el matrimonio y tú obtienes el dinero para la operación de tu madre. Todos ganan.

Miré el papel. Mi vida entera estaba a punto de cambiar por una firma. Sabía que no debía aceptar, sabía que jugar a ser la prometida de un monstruo millonario era peligroso. Pero cuando levantó la vista y sus ojos grises se clavaron en los míos, supe

—¿La señorita Emma Valente? —preguntó una secretaria que parecía haber salido de una revista de modas.

—Sí, soy yo. Tengo una cita para...

—Él la espera. Pase de inmediato. Y un consejo: no lo mire directamente a los ojos si él no lo hace primero.

Tragué saliva. ¿Quién se creía que era? ¿Un dios griego o un dictador? Entré a la oficina principal y el aroma a madera de sándalo y café caro me golpeó los sentidos. Al fondo, detrás de un escritorio de mármol negro, estaba él.

Alexander no levantó la vista de sus documentos. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, y la mandíbula marcada le daba un aire de absoluta arrogancia.

—Llegas tarde, Emma —dijo con esa voz grave que parecía vibrar en el suelo bajo mis pies—. Tres minutos exactos. En mi mundo, tres minutos son millones de dólares perdidos.

—El tráfico en el centro es impredecible, señor Santoro —respondí, tratando de que no me temblara la voz.

Él dejó la pluma sobre la mesa y, rompiendo la regla de su secretaria, clavó sus ojos grises en los míos. El aire se volvió pesado, eléctrico.

—En mi mundo, nada es impredecible porque yo lo controlo todo —se levantó, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador—. Especialmente a las personas que trabajan para mí. Firma el contrato que está sobre la mesa o vete ahora mismo. Pero si firmas... recuerda que desde hoy, tu tiempo, tu lealtad y tu sonrisa me pertenecen.

Miré el documento. Era mi boleto de salida de la pobreza, pero sentía que estaba vendiendo mi alma al diablo más guapo de la ciudad.

Capítulo 2: El Debut en la Sociedad

Esa misma noche, un paquete llegó a mi modesto departamento. Dentro había un vestido de seda color esmeralda que probablemente costaba más que mi carrera universitaria completa. Junto a él, una nota breve con una caligrafía impecable: “A las 8:00 p.m. Sé puntual. A. Santoro”.

Cuando llegamos al salón del Hotel Ritz, los flashes de las cámaras me cegaron por un momento. Alexander me tomó de la cintura con una firmeza que me hizo estremecer. Su mano quemaba a través de la seda del vestido.

—Sonríe, Emma —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—. Si alguien duda de que estamos locos el uno por el otro, el contrato se anula y te quedas sin un centavo.

—Es difícil sonreír cuando tengo a un iceberg sujetándome —le devolví el susurro, manteniendo una sonrisa perfecta para las cámaras.

Él soltó una risa seca, casi genuina, que atrajo todas las miradas. Nos movimos por el salón como si fuéramos la pareja perfecta, hasta que una mujer con un vestido rojo sangre y mirada de serpiente nos bloqueó el paso.

—Alexander, querido —dijo ella, ignorándome por completo—. No sabía que habías contratado a una nueva... asistente personal.

Alexander no vaciló. Me acercó más a él, su rostro se volvió una máscara de orgullo frío.

—Se te olvidó saludar a mi prometida, Isabella. Emma no es mi asistente... es la mujer que finalmente me convenció de que el matrimonio no es una pérdida de tiempo.

El silencio que siguió fue tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Isabella me miró con un odio puro, y por un segundo, vi un destello de algo parecido a la protección en los ojos de Alexander.

Capítulo 3: El Derecho a la Verdad

El mundo pareció detenerse en ese rincón del salón. Alexander se quedó inmóvil, con la mirada clavada en Leo, quien lo observaba con una curiosidad inocente, ajeno a que el hombre frente a él era el "monstruo" que su madre tanto había intentado evitar.

—Se llama Leo —dije con la voz temblorosa, rompiendo el silencio—. Y no es lugar para hablar de esto, Alexander.

Él se arrodilló frente al pequeño, ignorando por completo los flashes de los fotógrafos a lo lejos. Su mano, siempre firme y autoritaria, rozó suavemente la mejilla de Leo. La semejanza era innegable: la misma forma de la nariz, la misma mirada penetrante.

—Tiene mis ojos, Emma —murmuró Alexander, y por primera vez en años, su voz no era de hielo, sino de puro dolor—. ¿Cuántos años tiene?

—Tres —respondí, tratando de mantener la compostura—. Alexander, por favor, estamos en un evento público. Mi hijo no tiene por qué ser parte de este espectáculo.

Él se puso en pie lentamente, recuperando su máscara de CEO implacable, pero sus ojos grises ardían de furia contenida. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a retroceder.

—Tu hijo no —sentenció en un susurro peligroso—. Nuestro hijo. Me robaste tres años de su vida, Emma. Me dejaste creer que te habías ido porque no me amabas, cuando en realidad huías con lo más valioso que tengo.

—¡Tú me alejaste! —le espeté, olvidando por un segundo dónde estábamos—. Tu mundo de mentiras y contratos no era lugar para un bebé.

Alexander me tomó del brazo, no con fuerza, pero con una determinación que no aceptaba un "no" por respuesta.

—Esto no ha terminado. Mañana a primera hora estarás en mi oficina con él. Y más te vale no intentar desaparecer de nuevo, porque esta vez moveré cielo y tierra para encontrarte... y no seré tan amable como la primera vez.




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