Enamorada del chico enamorado.

C U A T R O

Quería esconderme debajo de la mesa, salir corriendo del restaurant o ahogarme con la crepa que estábamos comiendo, pero eso solo empeoraría la situación y haría que llamara la atención «lo que menos quería».

—¿Pasa algo, Karo?

—¡Fue ella la que ponchó el balón! —bufó uno de los chicos en cuanto me vio, mis mejillas se tornaron calientes, pensaba que Zev voltearía, pero en vez de eso, se dio media vuelta para contestar su celular.

No sabía si alegrarme porque no descubrió que fui yo la demente que rompió el balón de sus amigos o llorar internamente porque ese chico ni siquiera me volteaba a ver, «¿no era eso lo que quería al principio?».

—¿Les ponchaste el balón? —la mirada de Noah era penetrante, estaba a punto de mojar mis calzoncillos de vergüenza hasta que estallo de la risa —¡esa es mi amiga!

—¿Vas a felicitarla en vez de regañar a la chiflada de tu amiga? —preguntó otro chico muy molesto.

—Debió haber tenido una razón para hacerlo.

—Ellos se rieron de mi cuando me tropecé con su tonto balón —los acusé cuán niña pequeña.

—Lo tenían merecido —mi amigo se encogió de hombros.

—Era un balón autografiado por un futbolista importante —alegó uno de ellos.

—Dejen de llorar, luego pueden ir de nuevo a que les firme otro —hablé.

—¿Nosotros llorando? —me miró incrédulo —¡Pero si fuiste tú la que casi llora al burlarnos de ti!

—No creo que te hubiese hecho gracia que se burlaran de ti y ya déjenos en paz.

—Algún día nos pagaras ese balón, pensaremos una lección para ti, niña —los chicos se fueron bufando como toros a otra mesa.

Noah seguía riendo como si le acabaran de contar un grandioso chiste.

—¿Qué? —pregunté rodando los ojos.

—Eres tan… —lo interrumpí.

—¿Chiflada?

—Chiflada y especial —me dedicó una tierna sonrisa que me aterró.

—¿Especial en el sentido bueno o malo?

—¡Bueno!

—Eso me tranquiliza —seguí comiendo mi crepa tranquilamente.

—Tienes un poco de —tomó una de las servilletas y limpió la crema de avellanas que tenía en el labio interior —, crema de avellanas.

—Agradezco que esta haya sido una cita deportiva y no una romántica —una risa impetuosa salió de mi ser —de haber sido una romántica creo que hubiese sido un caos.

—Deportiva o romántica, me la he pasado genial.

—¿Aunque haya ponchado el balón y me haya embarrado la boca cuán niña de 4 años?

—Aunque lo hayas hecho, Karo —se acercó tanto a mí, que sentí su respiración de cerca y lo único que nos separaba eran unos milímetros.

—Estas robándome el oxígeno —dije malhumorada y muy nerviosa, mientras que él me miró con seriedad e incluso admiración.

¿Por qué estaba tan cerca de mí?

—¿De qué color tienes los ojos?

—Azules, creo.

—Mmmm —gruñó —he estado mirándolos por lo últimos días y me parecen grises.

—¿Eso crees? —asintió —eres tan observador, que me das miedo.

—No aplicaré mi talento para cosas malas, créeme.

—Ok —sonreí —deberías terminar de comer o eso sabrá feo.

—Lo haré —tomé mi malteada apreciando la belleza del lugar, aproveché para buscar a Zev con la mirada y cuando lo encontré me arrepentí de haberlo hecho al darme cuenta que su novia ya se lo estaba comiendo con los labios.

No sabía que pasaba conmigo, no sabía porque le prestaba tanta atención a ese chico que ni siquiera conocía, que no me volteaba a ver y que no tenía ojos para nadie más que fuese la suripanta de su novia «y bueno, hasta cierto punto eso era lo que todas queríamos como mujeres, ¿no?».

Es cierto que su amabilidad, su aroma y su talento al escribir canciones me sorprendió, pero creo que estaba sobrepasando los límites al buscarlo hasta el la sopa de letras.




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