Enamorada del chico enamorado.

O C H O

Era de madrugada y aún no podía conciliar el sueño de tanta felicidad que sentía.

Pasé un día increíble junto al chico de los hoyuelos «desde el momento que me marcó por teléfono logró sacarme una sonrisa y la mantuvo durante todo el día».

Cada vez me siento más feliz de haberme topado con ese gran chico.

A diario aprendía algo con él, desde algo muy básico como jugar dominó hasta una lección de vida. 

Muchas veces me había cuestionado cómo era posible que Noah tuviese tantas cualidades y hoy que conocí a su familia mis dudas se resolvieron.

Era imposible que él no fuese un gran chico con un papá tan comprensivo, empático, amable y educado, él era así porque tenía a un gran ejemplo, hombre y amigo en casa «digamos que el papá de mi mejor amigo es todo lo contrario al mío».

Quizás Noah fue un imbécil o un patán en el pasado, pero la vida, su familia y sus propias acciones lo habían hecho tocar fondo para poder reconstruirse y ser el gran muchacho que es el día de hoy.

Si me pidieran enumerar las cosas que me gustan de él nunca terminaría; me fascina la manera en la que bromea conmigo, me gusta lo dedicado que es en los estudios y en los deportes, amo el respeto con el que le habla a las chicas, me gusta lo atento y detallista que es «jamás se me olvidará cuando trajo golosinas para mi familia», me fascina lo caballeroso que es, me gusta cuando se sonroja y lo que más amo de él es que haya decidido brindarme su amistad.

Él es blanco y yo negro, él es cielo y yo tierra, él es verano y yo invierno, él es rock y yo pop, él es agua y yo hielo, él es cálido y yo fría, él es todo lo contrario a mí y pese a eso puedo sentir la seguridad de que estará ahí cada que lo necesite.

Tenía mucho tiempo que no sentía una amistad así, durante toda mi vida tuve más amigos que amigas hasta que en el colegio un suceso terrorífico marcó mi vida, provocando que la confianza en los amigos desapareciera «hasta que Noah llegó a cambiar todos mis pensamientos negativos».

Recién empezaba el ciclo escolar y conocí a Dylan, un chico de un grado mayor al mío que me ayudó a localizar mi salón el primer día de clases, él siguió con su vida y yo seguí con la mía, hasta que por obra del destino fue a vivirse a lado de mi casa logrando que nuestros encuentros fueran más frecuentes y nuestras ganas de comenzar una amistad fuera más grande.

Desde el principio teníamos roces por lo contrarios que éramos, sin embargo, siempre “luchamos” para que nuestra amistad funcionara, de lo que no  estaba enterada es que más que una amistad se estaba convirtiendo en algo tóxico en mi vida, en algo dañino.

A él no le gustaba sacar buenas notas, mientras que yo a diario me esforzaba por la calificación más alta. Él amaba las canciones más horribles y groseras del universo mientras que yo amaba el pop. Él era un jodido maricón si se trataba de comida picante, días de invierno e insectos, mientras que yo era la tonta chica que sacaba a las abejas que entraban a casa con tal de él no entrara en pánico. Él amaba llamar la atención así fuese por cosas malas, mientras que a mí me gustaba pasar desapercibida en muchos aspectos. Él era un "experto" en mujeres, mejor dicho era un mujeriego, mientras que yo era (y lo sigo siendo) la chica que no había dado su primer beso y que no había tenido novio desde el preescolar. Él era el maestro del engaño, mientras que yo luchaba día a día para ser sincera y leal en todo lo que hiciera. Él se divertía ante situaciones de corrupción o robo, mientras que yo sufría por las situaciones de injusticia. Él decía que me faltaba explorar al mundo y cada que intentaba mostrarme su supuesto mundo de mierda, terminábamos peleando y maldiciéndonos por días hasta que era yo la que pedía perdón por algo que no me correspondía.

Y la pregunta del millón, ¿si todo eso pasaba, porque no hacía algo para frenarlo? es muy simple; así como habían cosas malas habían cosas buenas, además de que confiaba que en algún momento Dylan cambiara y no por mí, sino por su propio bienestar «el premio a la más ilusa es para mí yo del pasado».

Cada que me sentía mal, él me contaba chistes, bailaba cuán demente o hacía estupideces hasta sacarme una sonrisa. Cada que quería ir al baño, a la cafetería o dar una vuelta a toda la inmensa ciudad, él accedía, iba conmigo y me esperaba fuera del sanitario sin importarle las miradas de intriga de las chicas, él me acompañaba a la cafetería y siempre pedía golosinas extras para regalármelas, daba vueltas a la escuela conmigo sin importar lo cansado que estuviese. Cada que explotaba por una mínima situación, él hablaba conmigo hasta lograr tranquilizarme. Cada que peleaba con mamá por cualquier tonta situación «como no tender mi cama, no limpiar lo habitación o no sacar la basura por las mañanas», él me daba consejos para ser buena hija y para que las peleas disminuyeran.  Cada que me sentía mal por mi período menstrual, era él quien se quedaba conmigo en casa para cuidarme, apapacharme, alimentarme, consentirme y aguantar mis ratos de bipolaridad. Cada que me lesionaba en los entrenamientos de atletismo, él era quien me llevaba a la enfermería. Con él podía hablar de temas serios, graciosos y académicos. Con él podía ser yo misma, él me daba la confianza para ser transparente todo el tiempo, él me hacía pensar que cada que algo me sucediera, él estaría ahí para comprarme un caramelo, para aconsejarme, para hacerme reír o para salir a despejarnos por arduos días de estudio.




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