Enamorada Del Gemelo Equivocado

Capitulo 6

NOAH

Llegué al taller. La moto de Evan estaba prendida.

Y los vi.

Piper sentada sobre la mesa de herramientas, llorando, besando a mi hermano. Y mi hermano... mi hermano que nunca llora, con una lágrima bajándole por el labio partido.

No hice ruido. No grité.

Solo dije:

— ¿Entonces así termina?

Los dos se separaron como si les hubiera tirado agua helada.

Piper se bajó de la mesa de un salto.

— ¡Noah! No es lo que parece — dijo, limpiándose la boca. Tenía grasa en las manos. La grasa de Evan.

— Es exactamente lo que parece — dije—. Mi hermano y la chica que me gusta, besándose en mi moto.

— TU moto es mía — dijo Evan, parándose delante de Piper. Defendiéndola—. Y ella no es tu chica. Nunca lo fue. Nunca la besaste.

— ¡Porque la respeté! — le grité—. Porque esperé a que ella quisiera.

— ¿Y de qué te sirvió esperar, hermanito perfecto? — se rió Evan, pero con dolor—. ¿Te eligió?

Piper nos miró a los dos. Temblando.

— No me pidan que elija ahora — dijo—. Por favor. No puedo.

— Tenés que elegir, Piper — le dije—. No podemos seguir jugando.

— ¿Y si no elijo a ninguno? — dijo, con lágrimas—. ¿Y si me voy? ¿Si me voy de esta ciudad otra vez?

Evan y yo nos miramos. Por primera vez en 18 años, mi hermano y yo sentimos lo mismo: miedo de perderla.

PIPER.

Los miré. Iguales. Morados los dos, por la misma piña. Uno con grasa, el otro con la campera de básquet limpia.

Noah me dio todo lo que nunca tuve: seguridad, dulzura, promesas de "yo te cuido".

Evan me dio lo que nunca supe que quería: vértigo, verdad, un beso que me hizo olvidar mi nombre.

— No puedo elegir mirándolos — dije—. Porque cuando los miro, no sé quién es quién. Los dos me dicen que me cuidan. Los dos me dicen que me quieren.

Me sequé las lágrimas.

— Háganlo. El juego. Una última vez. Pero ahora lo juego yo.

— ¿Qué? — dijeron los dos al unísono.

— Bésenme. Los dos. Con los ojos cerrados. Uno después del otro. Y yo les digo quién es quién. Si acierto... si realmente sé diferenciarlos... entonces sabré a quién quiero. Y si no acierto, me voy y los dejo a los dos.

Evan sonrió. Noah palideció.

— Piper, no — dijo Noah.

— ¿Tenés miedo de que no te reconozca, Noah? — le dije.

Esa le dolió.

Evan se acercó primero.

— Yo primero — dijo—. Porque yo fui primero.

EVAN.

Me acerqué. Piper cerró los ojos. Temblaba.

La besé. Suave. En la frente primero. Después en la mejilla. Después en la boca. Como en el taller. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Ella se agarró de mi remera sucia.

— Evan — susurró, sin abrir los ojos.

Acierto.

Me separé.

NOAH.

Me tocaba a mí.

Me acerqué. Ella todavía tenía los ojos cerrados. Todavía tenía el sabor de mi hermano en la boca.

La agarré de la cara, como siempre quise agarrarla. La besé.

Dulce. Con permiso. Como el beso que le debía hace dos semanas. Le besé la lágrima que le bajaba.

Ella no me agarró. No tembló. Se quedó quieta.

Abrió los ojos.

— Noah — dijo. Pero sin seguridad. Con duda.

Y ahí supe. Ella sí nos diferenciaba. Perfectamente.

A uno lo reconocía por el temblor. Al otro lo reconocía por la calma.

Y ella quería temblar.

Piper nos miró a los dos y dijo:

— Ya sé.

— ¿A quién elegís? — preguntó Evan.

Y Piper Carter, que llegó a Northwood jurando no enamorarse, que rompió su regla #2 el primer día sin saberlo, miró al chico de la campera limpia y al chico de la remera sucia, y dijo:

— Al que me abrió el casillero el primer día.

Nos quedamos los dos congelados.

Porque solo uno de nosotros sabía quién había sido realmente.




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