Enamorada? Pero... Si no es primavera.

CAPÍTULO 19

🌹 Capítulo 19 — Martín.

Rodrigo sale de la sala con la mandíbula tensa y los hombros rígidos, como si se estuviera conteniendo para no decir algo que sabe que no debe. Daniel Ortega se despide con una sonrisa correcta, de esas que no llegan a los ojos.

—Hablamos —dice él, dándole la mano.

—Sí —responde Rodrigo, seco—. Te escribo cuando lo tengamos.

La puerta se cierra y el silencio que queda detrás es más incómodo que toda la reunión. Daniel se marcha sin mirar atrás. Rodrigo se queda quieto, respirando hondo, y luego se pasa la mano por la cara.

—Ven —me dice—. Vamos a mi despacho.

Camino a su lado sin decir nada. Sé perfectamente lo que está pensando porque yo también lo he sentido dentro de la sala. En cuanto cierra la puerta, deja caer la carpeta sobre la mesa y suelta todo el aire de golpe.

—Ese hombre es un idiota —dice sin rodeos.

Asiento.

—Lo ha sido durante toda la reunión. Al menos con Carolina y sus críticas.

—No se ha quedado corto —añade, apoyándose en el escritorio—. Parece que ha venido a curar su ego, no a hablar de la campaña. Seguramente no la esperaba y se ha torcido cuando la ha visto ahí.

—Eso parecía.

—Gracias por intervenir —Rodrigo se cruza de brazos y me mira—. De verdad.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí que tengo —responde—. Si llego a saltar yo, te aseguro que nos quedamos sin cliente. Y no porque le quite la razón, sino porque a tipos como ese no les gusta que los dejen en evidencia… y menos delante de una mujer.

—No lo he hecho por el cliente —digo.

—Ya lo sé —responde—. Lo has hecho por mi hermana.

No lo niego ni lo confirmo. Simplemente me quedo callado unos segundos, mirando el suelo, pensando si este es el momento o no. Rodrigo no me presiona; me conoce lo suficiente como para saber cuándo hablar.

—Ha intentado ponerla en una posición incómoda —digo al final—. Por eso no podía quedarme mirando.

—Mi hermana sabe defenderse —responde él—. Pero eso no quita que haya gente despechada que intente jugar sucio con ella.

—No me gusta —añado—. No me gusta cómo la ha mirado ni cómo le ha hablado.

Rodrigo apoya una mano en la mesa y ladea la cabeza.

—Eso ya no es solo molestia profesional, ¿verdad?

Levanto la vista y lo miro de frente. Ya no tiene sentido esquivarlo.

—No —admito—. No lo es.

Rodrigo no parece sorprendido; más bien al contrario. Suspira y se deja caer en la silla.

—Lo sabía. Sabía que te gusta mi hermana.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tiempo —responde—. Desde mucho antes de que tú te dieras cuenta. Por eso te llevé al bar aquel viernes.

Eso me arranca una media sonrisa.

—No he sido muy discreto, ¿no?

—No —dice—. Pero eres evidente. Y eso, con Carolina, es casi peor.

Me apoyo en la pared, cruzando los brazos.

—Me gusta —digo al fin—. Y me gusta mucho.

Rodrigo no dice nada. Me deja continuar.

—No es una cosa impulsiva ni un capricho —añado—. Sabes que a mí no me interesan cosas de una noche ni algo que sea fácil. Me interesa ella. Tal como es, incluso cuando se empeña en levantar muros.

—Mi hermana no cree en el amor —dice Rodrigo, serio.

—Lo sé.

—Y huye cuando siente que algo puede afectarle…

—También lo sé.

—Entonces, ¿qué pretendes exactamente?

Levanto los hombros.

—No lo sé del todo —respondo con sinceridad—. Solo sé que no quiero echarme atrás. Que no voy a presionarla, pero tampoco voy a fingir que no pasa nada. Me he propuesto enamorarla y así se lo he dicho.

Rodrigo arquea una ceja.

—¿Se lo has dicho? ¿Así, sin más?

Asiento.

—Así, sin más —digo—. Lo haré poco a poco y a mi manera.

—O eres muy valiente… o un inconsciente.

—Soy un poco de las dos —admito.

Rodrigo se queda pensativo unos segundos. Luego se levanta y se acerca a la ventana.

—Carolina es complicada —dice—. No porque sea difícil, sino porque cuando siente algo de verdad se asusta. Y cuando se asusta, muerde.

—No me importa.

—Puede hacerte daño.

—También lo sé.

Se gira y me mira fijamente.

—Si esto sale mal, no quiero perderte como amigo.

—No lo harás.

—Si al final sale mal, no quiero verte reprochándoselo ni convirtiéndote en otro motivo más para que ella cierre sus puertas.

—No lo haré.

—¿Y si sale bien?

Sonrío sin pensarlo.

—Entonces habrá merecido la pena cada segundo.

Rodrigo niega despacio, pero hay algo en su expresión que me va a hacer el camino más fácil.

—Eres un problema para ella —ríe—. Pero uno decente.

—Me quedo con eso.

—Solo una cosa más —añade—. Si en algún momento sientes que estás cruzando una línea que os puede dañar, paras.

—Lo haré.

—Y si ella te pide espacio…

—Se lo daré —respondo—. Pero no me retiraré.

Rodrigo asiente.

—Bien.

—Por cierto… —abre la puerta para salir—, gracias. No solo por hoy, por cómo la miras cada día.

Me quedo solo en su despacho unos segundos más, respirando hondo.

Salgo del despacho y, al levantar la vista, la veo al fondo de la oficina. Carolina está apoyada en la mesa de Lina, riendo por algo que le acaba de decir, con ese gesto despreocupado que solo saca cuando baja la guardia sin darse cuenta. No está pensando en la reunión, ni en Daniel, ni en nada de lo que ha pasado. Y algo se me aprieta por dentro al verla así, tan ella, tan lejos y tan cerca a la vez. Porque sé que esa risa que le está dedicando a su amiga, la quisiera para mí, pero no es fácil de ganar … y mucho menos de conservar.

No sé cuánto tardará Carolina en dejar de huir. Tampoco sé si lo conseguiré, pero sí sé una cosa: no pienso rendirme antes de tiempo. Y esta vez no es un impulso. Es que he tomado una decisión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.