Enamorada? Pero... Si no es primavera.

CAPÍTULO 20

🌹 Capítulo 20 — Martín.

Salgo de la empresa cuando ya empieza a oscurecer. El día ha sido largo y la cabeza me pesa más de lo normal. En cuanto cruzo la puerta, me doy cuenta de que llueve. No una lluvia fina y elegante, no. Llueve en serio.

Me paro bajo el pequeño saliente de la entrada y saco el móvil para mirar la hora. Estoy a punto de guardarlo cuando la puerta se abre otra vez a mi lado.

Carolina.

Se detiene al verme, como si no esperara encontrarme ahí.

—Vaya… —dice—. Parece que el cielo también ha decidido complicarnos la tarde.

—Desde luego —respondo.

Se coloca a mi lado, cruzándose de brazos. Lleva el abrigo abierto y el pelo un poco revuelto. No dice nada más, pero tampoco se va. Supongo que está esperando a Lina.

—¿Esperas a alguien? —pregunto.

—Sí —responde—. Lina ha bajado a por el coche. Dice que son “dos minutos”.

—Los dos minutos de Lina suelen ser diez —comento.

—Como mínimo —dice ella, y sonríe un poco.

Nos quedamos en silencio, mirando la lluvia caer sobre la acera. No es incómodo. Tampoco es cómodo del todo. Es ese punto raro en el que sabes que podrías decir muchas cosas… y eliges no hacerlo.

—¿Te vas ya? —pregunta.

—Sí —respondo—. Voy a la clínica.

Asiente despacio.

—¿Cómo está tu madre?

—Depende del día —respondo—. Hoy no lo sé todavía.

—Espero que sea uno de los buenos.

—Yo también.

La lluvia arrecia un poco más y ella se mete las manos en los bolsillos.

—Si quieres, puedes esperar dentro —le digo—. No creo que Lina vaya a aparecer de inmediato.

—No pasa nada —responde—. El aire me despeja.

La miro un segundo. Tiene la mirada fija en la calle, pero sé que no está pensando en la lluvia. Yo tampoco.

Está claro que hay tensión entre nosotros, es algo que no se dice y que, aun así, se nota demasiado.

En ese momento, Lina aparece al fondo, caminando rápido bajo la lluvia y haciendo aspavientos.

—¡Ya está, ya está! —grita—. ¡No me miréis así!

Carolina se gira hacia mí.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana —respondo.

Me aparto para dejarla pasar y ella sale corriendo hacia el coche. Me quedo un segundo más bajo el saliente, viendo cómo se suben y se marchan. Luego camino hasta el mío.

Arranco y me incorporo al tráfico. La lluvia golpea el parabrisas y las luces de la ciudad se difuminan un poco. Durante los primeros minutos conduzco en silencio, con la radio apagada, dejando que el ruido del motor me ordene la cabeza.

Dentro, Laura, su enfermera está apoyada en el mostrador. Levanta la vista en cuanto me ve y sonríe.

—Buenas tardes, Martín —saluda sonrojándose.

—Buenas tardes Laura. ¿Cómo está hoy mi madre?

Laura niega divertida.

—Hoy ha estado… activa. Se ha pasado toda la tarde pidiendo maquillajes, y diciendo que tenía que arreglarse porque tenía planes.

—¿Planes? —sonrío imaginándome la escena.

—Planes importantes —aclara—. Según ella, tenía una cita. Pero tranquilo, hace un rato que ha vuelto a ser ella y ahora está tranquila.

—Voy a ver qué me encuentro.

Entro en la sala y la veo sentada junto a la ventana, mirando hacia fuera como si estuviera esperando algo. Tiene las manos apoyadas sobre el regazo y tararea una canción que no conozco. Cuando oye mis pasos, levanta la cabeza.

—Martín —dice—. Ya pensaba que hoy no vendrías.

Ese “Martín” me atraviesa por dentro, pero no dejo que se me note y me acerco hasta ella.

—Solo he llegado un poco más tarde —respondo—. El día se me ha complicado en la oficina.

—Siempre dices lo mismo —sonríe—. Trabajas demasiado, igual que tu padre.

Me siento a su lado. Huele a colonia de niños y a crema de manos, ese olor que me recuerda a mi casa, aunque ya no sea exactamente casa.

—¿Cómo estás hoy?

—Bien —sonríe—. O eso creo. Aquí los días son todos iguales, pero hoy me han puesto pescado para comer y eso es un cambio.

—¿Bueno o malo?

—Depende del pescado.

Suelto una risa y ella me mira satisfecha, como si hubiera conseguido exactamente lo que quería.

—Te has cortado el pelo —añade, observándome con atención—. Te queda mejor así, te ves más formal.

—¿Formal? —repito—. Eso no suena a cumplido.

—Claro que lo es —dice—. No todo el mundo sabe parecer formal sin parecer un aburrido.

—Me lo apunto.

Asiente, orgullosa de sí misma, y vuelve a mirar por la ventana.

—Hoy está lloviendo —comenta—. Me gusta la lluvia, pero solo cuando puedo verla desde dentro.

—A mí también —digo—. Cuando me pilla fuera, ya no tanto.

—Normal.

Durante un rato hablamos de cosas pequeñas. De la comida, de mi hermana Lucia, de una señora de su planta que, según ella, canta fatal pero insiste en hacerlo cada tarde. Me lo cuenta imitando su voz y no puedo evitar reírme.

—No te rías —me dice—. Bastante paciencia le tenemos ya.

—Lo siento.

—Mentira —responde—. Te encanta reírte con mis cosas.

Tiene razón.

—¿Te quedas mucho rato? —pregunta.

—Un poco más —digo—. Si no te cansas de mí.

—No —responde enseguida—. Claro que no me canso de tener a mi niño junto a mí…

Se queda en silencio unos segundos, mirándome con atención, como si intentara colocarme en algún sitio concreto de su cabeza.

—Perdona —Me observa, dudando.

—. ¿Tú trabajas aquí?

La pregunta cae como un suave puñal. No está alarmada, ni tiene miedo, solo se le nota la confusión.

—No —respondo con calma—. He venido a verte.

—Ah… —dice—. Eso está bien.

Me sonríe, pero ya no es la misma sonrisa. Es correcta, amable, distante.

—¿Vienes a menudo? —pregunta.

—Siempre que puedo.

—Eso es muy considerado —responde—. No todo el mundo se molesta en venir.

—A mí no me cuesta.

—Claro —dice—. Se nota que eres buena persona.

Trago saliva, pero no digo nada. Prefiero quedarme ahí, en ese terreno neutro en el que ella está tranquila.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.