🌸 Capítulo 21 — Carolina.
Mi madre me mira de arriba abajo nada más abrir la puerta y frunce el ceño como si acabara de detectar una tragedia nacional.
—Cada día estás más delgada, Carolina.
Ni hola, ni buenas tardes. Directa, como siempre.
—No estoy delgada, mamá —respondo entrando—. Estoy normal.
—Normal dice —murmura cerrando la puerta—. Normal es como estabas hace dos años. Tú ahora cada día estás más flaca. ¿Has comido hoy?
—Sí. —Me mira y niega porque claramente no me cree.
—¿El qué?
—Comida, mamá. —Me clava esa mirada suya que significa “no me tomes el pelo” y se da la vuelta hacia la cocina.
—Ahora te preparo un plato de caldo de pollo calentito —dice—. Y no me discutas, que te veo la cara y ya sé que te has comido seguro cualquier cosa rápida de esas que venden en la cafetería.
—No me ves la cara, solo me ves el abrigo.
—Pues también me vale —contesta sin girarse.
Dejo el bolso en la silla del comedor y me quito el abrigo. Su casa huele a siempre a limpio, a hogar, a esos guisos que se hacen despacito, y a mí se me baja un poco la tensión del día solo con estar aquí. Mi madre vive sola desde que se divorció hace años y, aun así, su casa siempre parece lista para recibirnos, como si en el fondo nunca se hubiera acostumbrado a que el silencio mande.
—¿Te quedas a cenar? —pregunta desde la cocina.
—No pensaba a quedarme, pero si te apetece, me quedo.
—Me parece estupendo —responde—. Y así me quedo tranquila.
Me acerco a la encimera y la veo removiendo algo en una olla.
—¿Qué haces?
—Guiso para mañana, así te llevas un plato —dice—. Y no pongas esa cara, que te he visto. Te hace falta comer cosas decentes.
—A mí no me hace falta sopa o guiso, me hace falta dormir.
—Pues te doy una sopa y luego duermes —sentencia—. Es una orden. —Me río por lo bajo y me apoyo en la pared. —Por cierto —añade—, tenemos que hablar de la Nochebuena.
—Todavía queda para Nochebuena.
—Queda poco —me corrige—. Y quiero saber si vienes o si te vas a apuntar a alguna de esas comidas raras que organizáis.
—¿Comidas raras con quién?
—Con tus compañeros de trabajo —dice—. Esas comidas se alargan muchísimo y luego llegáis aquí rendidos
—No son para tanto —digo—. Pero no te preocupes que vendré por la tarde, solo iré a tomar una copa con Lina y Jenna.
Mi madre resopla justo cuando la puerta se abre de golpe.
—¡Mamá!
Rodrigo entra con una energía que envidio, como si no existiera el cansancio, se quita la chaqueta a medias y se lanza directo a ella. Le da un beso exagerado en la mejilla, luego otro, y remata con un abrazo que casi la despeina.
—Pero bueno —dice mi madre entre risas—. ¿A qué viene tanta efusividad?
—A que tengo la mejor madre del mundo —responde él, apoyando las manos en sus hombros como si estuviera presentándola en una gala—. A que eres preciosa, a que hueles bien, a que cocinas como los ángeles y a que si yo fuera un hombre rico te pondría una corona.
—Tú ya estás tonto —dice ella, riéndose más—. Suéltame, que estoy con la sopa de tu hermana.
—La sopa para mi hermana puede esperar, tú no.
Yo lo miro con cara de “por favor” y él me guiña un ojo, encantado consigo mismo.
—Y tú —dice señalándome—, mírate, ya está bien que hayas venido a que mamá te regañe y te alimente.
—He venido a verla —respondo—. Lo de regañarme viene de serie.
—Pues yo he venido a lo mismo —dice, y vuelve a besar a mi madre—. ¿Ves? Aquí todos tenemos un objetivo.
Mi madre lo empuja suave con la cuchara.
—Anda, pesado, siéntate. ¿Habéis comido?
—Yo sí —responde Rodrigo—. Carolina no lo sé, pero tiene pinta de haber comido aire.
—Rodrigo… —advierto, le gusta meter cizaña.
—Es broma, es broma —dice levantando las manos—. No me mires así, que luego mamá me regaña y yo soy un niño sensible.
—Tú, sensible no eres —dice mi madre—. Tú eres un teatrero.
—Un teatrero con buen corazón —contesta él, poniéndose la mano en el pecho.
Me siento en una silla y Rodrigo se sienta frente a mí, todavía con esa sonrisa socarrona de quien viene con ganas de chisme.
—Bueno —dice—, vengo a contaros una cosa importante.
—¿Te han dado un premio? —pregunta mi madre, seria de repente.
—Más importante —dice Rodrigo.
—No puede ser.
—Sí puede —insiste—. Ya está todo preparado para la cena de empresa. —Mi madre me mira incrédula.
—Ah, bueno. Eso era lo importante.
—Para mí sí —dice Rodrigo sin vergüenza—. Porque si sale bien, todo el mundo estará contento. Si sale mal, me miran a mí como si hubiera escogido yo el menú como el jefe que los odia.
—¿Cuándo es? —pregunto.
—La semana que viene —responde—. Está cerrado el sitio, la hora, la lista, todo. Y antes de que preguntes sé que el nuevo lugar te va a gustar.
—¿Y si te digo que no me gusta y no voy?
—No puedes —dice mi madre desde la cocina—. Que luego te quedas en casa y te aburres. Además, es la cena de la empresa donde trabajas, y la empresa de tu hermano.
Perfecto. Como siempre lo defiende y Rodrigo se ríe, contento con el respaldo.
—Además —añade él mirándome—, hoy he hecho una cosa bien.
—Eso ya es noticia.
—Te voy a ignorar porque soy un ser de luz —dice, y se inclina hacia mí—. He hablado con Martín.
Solo escuchar su nombre algo se remueve dentro de mi. Mi madre por su parte, gira la cabeza al escuchar el nombre, como si le hubieran puesto música.
—¿Martín, Martín? —dice—. Ay, ese chico me cae tan bien.
Rodrigo me mira, satisfecho. Y no pienso darle el gusto de sentir curiosidad.
—Sí, mamá. Martin Salazar. —Se gira a mirarme sonriente. —¿Ves? Mamá piensa cómo yo.
—A mamá le cae bien cualquiera que me dé problemas —respondo.
—No, no —dice ella—. Es que Martín es muy educado y muy correcto. Se le nota que es buena persona.