🌹 Capítulo 22 — Martín
Hoy he cambiado mi rutina. O, mejor dicho, la he roto un poco. Hemos quedado para tomar algo fuera de la empresa. Nada especial, solo una cafetería de barrio, de esas con mesas de madera gastada, café decente y gente hablando de su vida como si el mundo terminara en su propia mesa. Entro buscando con la mirada y lo veo enseguida. Rodrigo ha llegado antes que yo. Está sentado junto a la ventana y ya hay dos cafés esperándonos sobre la mesa, como si hubiera sabido exactamente lo que iba a pedir.
—Has tardado —dice.
—Cinco minutos —respondo, dejando el abrigo en el respaldo de la silla.
—Cinco minutos tarde —corrige.
—Eso sigue siendo llegar —me defiendo.
—Pero tarde. —Sonríe un poco y empuja una de las tazas hacia mí.
—Gracias.
—De nada. Hoy invito yo.
Nos quedamos en silencio un momento, los dos dando el primer sorbo. Se nota que ninguno ha venido solo a hablar del tiempo.
—¿Cómo estás? —pregunta al final, apoyándose en la silla—. Te he notado raro hoy.
—Bien —respondo por inercia—. Bueno… normal.
—Eso no es una respuesta —dice.
Niega con la cabeza, pero no insiste de inmediato. Me deja espacio, como siempre hace cuando intuye que voy a hablar.
—Ayer estuve en la clínica con mi madre.
Rodrigo baja un poco la mirada, sabe que este no es mi tema favorito de conversación.
—¿Cómo está?
—Igual —respondo—. Hay días mejores, otros peores. Hoy me ha reconocido al principio… pero luego se ha perdido en su mundo.
No lo dramatizo. No hace falta. Rodrigo lo entiende igual.
—Lo siento —dice.
—No hace falta —respondo—. Es lo que hay.
—¿Sigue Celia tan activa como siempre? —pregunta intentando aligerar.
—Demasiado —resoplo—. Hoy decía que tenía una cita y que necesitaba maquillarse. Laura no sabía si reír o pedir ayuda. Quería salir por la puerta sí o sí.
Rodrigo sonríe un poco.
—Eso es muy de tu madre —asiento. —No le gustaba estar encerrada.
—Luego estuvimos hablando de tonterías. De la comida, de la gente de allí, de cualquier cosa. Lo importante es que estaba tranquila.
—Eso es lo que cuenta —dice él—. Aunque no se acuerde de todo, lo importante es que se sienta bien.
—Exacto.
Doy otro sorbo al café y me quedo mirando la taza unos segundos.
—¿Y qué vas a hacer en Nochebuena? —pregunta de repente.
—En principio la pasaré con Lucía —respondo—. Como siempre dice que ella se encarga de todo y que yo ayude en lo que pueda.
—¿En su casa?
—Sí. Ya sabes cómo es, no quiere romper la rutina de Nico, todavía es pequeño para hacerlo trasnochar. Así que ir a un restaurante queda descartado. Dice que mientras estemos juntos, da igual el lugar donde nos reunamos o el menú.
—Eso es muy de hermana mayor —dice.
—Mucho —sonrío cabizbajo. —Es una segunda madre para mí.
Rodrigo se remueve en la silla, y cambia de tema. No quiere que entremos en el tema que tanto me angustia. Ver desaparecer a tu madre poco a poco, es algo que nadie puede llevar bien.
—Oye, mi madre me ha dicho hoy que te invite a cenar un día de estos —suelta de golpe. —dice que lleva mucho sin verte. —Levanto la vista
—¿Ah, sí?
—Sí —dice—. Lo ha dicho como quien dice “mañana va a llover”. Muy convencida de que si te invita no vas a rechazar la invitación.
—No sabía qué se acordaba tanto de mí.
—Pues lo hace —responde—. Y mucho, le caes muy bien.
—Eso me halaga —sonrío.
—Dice que hace tiempo que no te ve y que le gustaría verte.
—Dile que cuando ella quiera me paso a verla encantado.
—Se lo diré —asiente—. Le hará ilusión.
Hay un silencio breve. Rodrigo me observa con atención.
—Bueno —dice—. Y ahora viene la parte incómoda. Carolina.
—Lo sabía. Sabía que no era solo una cerveza.
—Pues no.
No hago como que no me importa y tampoco exagero. Simplemente asiento.
—¿Qué pasa con ella? —pregunto.
—Nada o todo —responde— Depende de cómo lo mires.
—Eso me aclara mucho —ironizo.
—Te pregunto en serio —dice—. ¿Qué piensas hacer respecto a ella? —Me recuesto un poco en la silla.
—Invitarla a tomar una copa —respondo y Rodrigo parpadea incrédulo.
—¿Así nada más? ¿Sin rodeos?
—Sí. Sin rodeos. —digo—. Creo que es lo mejor.
—Vaya… qué valiente eres.
—No creo que sea valentía —respondo—. Supongo que es lo normal. No voy a marearla con juegos raros. Sí al final dice que no, pues será que no.
—Carolina no dice que sí o que no tan fácilmente —dice él—. Carolina es más de esquivar.
—Lo sé.
—Se protege mucho.
—También lo sé. —Rodrigo suspira.
—Mi hermana es dura por fuera, Martín —dice—. Pero tú no la conoces del todo, en el fondo es un algodón.
—Eso también lo sé, Rodrigo —respondo—. Se le nota.
—¿Se le nota? —arquea una ceja.
—Sí. Cuando cree que nadie la mira —digo—. O cuando baja la guardia unos segundos. —Rodrigo sonríe despacio.
—Veo que la tienes calada, pero te aviso de que te estás metiendo en un terreno complicado.
—Ya estoy dentro —respondo—. Desde hace tiempo.
—¿Y si te manda a paseo?
—Lo asumiré —digo—. Pero no me quedaré con la duda. —Rodrigo se queda callado unos segundos.
—No te voy a mentir —dice—. Me preocupa, tú eres mi mejor amigo y ella es mi hermana…
—Lo entiendo y no pretendo fallarte.
—Pero, también te digo una cosa —añade—. Si alguien puede manejarla sin romperla, eres tú.
—No quiero manejarla —respondo—. Quiero conocerla.
—Siempre tan correcto. —Eso le hace gracia.
—Estoy siendo sincero.
Rodrigo se levanta y deja unos billetes en la mesa.
—Me gusta cómo piensas, amigo —dice.
—Eso no pasa todos los días. —Niego.
—No —ríe—. Y oye… si la invitas a tomar algo y te dice que no, no te hundas, que no tenemos tiempo para borracheras.
—No lo haré.
—Y si te dice que sí… —sonríe—. Prepárate para lo que viene.