Enamorada? Pero... Si no es primavera.

CAPÍTULO 23

🌸 Capítulo 23 — Carolina

El día se me está haciendo largo. No por el trabajo, que eso lo tengo controlado, sino por todo lo demás: el runrún de la semana, la reunión del miércoles, la cena de empresa que Rodrigo no deja de repetir y, para rematar, Martín con su calma de siempre, como si nada se le pudiera mover por dentro.

No sé cómo lo hace.

Yo llevo desde que he llegado con el cuerpo en la oficina y la cabeza a ratos en otra parte, y eso me pone de mal humor. Porque odio perder el control. Odio no saber qué me pasa. Odio, sobre todo, que me pase por alguien.

A media mañana he intentado centrarme con el documento del proyecto, he revisado textos, he recortado frases, he cambiado dos titulares que me parecían demasiado blandos, he respondido tres correos y aun así sigo sintiendo que me falta aire. No de verdad, pero sí de esa forma en la que te entra la prisa sin motivo.

Martín está a lo suyo, como siempre. Es el tipo de persona que puede estar con mil cosas y aun así parece que le sobra tiempo. Cuando se levanta para ir a la cafetera de la oficina, no va con prisa. Cuando vuelve, se sienta, teclea, revisa y no se le nota la tensión en la cara. Y eso, en esta agencia, es casi sospechoso.

Yo lo veo moverse por el rabillo del ojo y me obligo a no mirarlo demasiado.

No porque no quiera.

Porque sé que si lo miro más de la cuenta, se me nota. Y a mí se me nota todo aunque intente disimular.

A eso de la una y media, escucho la silla de Martín moverse. Levanto la vista sin pensar, como si mi cuerpo lo hiciera solo. Lo veo coger el abrigo, meter el móvil en el bolsillo y cerrar el portátil con tranquilidad.

Se va.

Y no sé por qué, pero me sale preguntarlo.

—¿Te vas ya?

Él se gira hacia mí.

—Sí —dice—. Voy a almorzar.

Asiento como si eso me diera igual, como si no me interesara. Pero me quedo mirándolo un segundo más de lo normal.

—¿Tan pronto? —digo, porque me sale decir algo.

—Si no lo hago ahora, luego no como.

Eso sí me lo creo. A Martín le da igual el drama del mundo si tiene claro lo que tiene que hacer. Me da rabia que sea así, y a la vez me gusta. No sé por qué me gusta. No quiero ni analizarlo.

—¿Tú no paras? —pregunta él, y lo dice normal, sin presión, sin doble intención evidente.

Me encojo de hombros.

—Dentro de un rato.

Es mentira. No sé si voy a parar. Podría quedarme con cualquier excusa, “tengo que acabar esto”, “me falta mandar aquello”, “Rodrigo quiere que esté pendiente”, lo de siempre. Me conozco. Soy experta en no parar.

Martín asiente despacio, como si supiera lo que estoy haciendo, pero no lo dice.

—Voy a bajar al sitio de la esquina —añade—. El de las mesas pequeñas.

Me quedo callada. Ese sitio siempre está lleno. Y aun así, él lo dice como si fuera lo más normal del mundo. Como si hubiera una mesa esperándolo.

—¿A qué hora vuelves? —pregunto, y en cuanto lo digo me arrepiento un poco, porque parece que lo esté controlando.

—En cuarenta minutos, más o menos.

Vuelvo a asentir, haciendo ver que solo lo preguntaba por organización de trabajo. Me agarro al bolígrafo para no hacer nada raro con las manos.

—Vale.

Me mira, como esperando algo. Yo no le doy nada. No pienso darle nada.

Él no se va aún. Se queda ahí un segundo.

—Si te apetece… puedes bajar luego —dice—. No tienes que quedarte toda la tarde sin comer.

Ahí está. Lo ha dicho bien. Sin dramatismo. Sin ponerse intenso. Sin sonar a “te estoy invitando”. Lo ha dicho como quien sugiere una pausa.

Y aun así, me deja un poco descolocada.

—Ya veré —respondo.

—Claro —dice él—. Ya verás.

Y se va.

Yo me quedo mirando la pantalla y no estoy viendo nada. Veo letras, sí, pero no leo. Tengo un párrafo abierto y el cursor parpadeando como si se riera de mí.

Me obligo a escribir una frase. La borro. Escribo otra. La borro también. Me quedo quieta y resoplo.

No voy a bajar. No tengo por qué bajar.

Pero pasan cinco minutos y me doy cuenta de que llevo el mismo rato sin hacer nada. Y eso, para mí, ya es un crimen.

Me levanto, cojo el abrigo y el bolso. Lina me mira desde su mesa.

—¿Dónde vas? —pregunta.

—A por aire —respondo.

Ella me observa como si entendiera demasiado.

—Ajá.

—No empieces —le digo.

—Yo no he dicho nada —contesta, y sonríe.

Bajo por el ascensor sin pensar demasiado, porque si pienso me vuelvo a subir. Y eso sería ridículo...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.