💖 CAPÍTULO 24 — CAROLINA.
Cuando entro en el local, ya lo veo. Está en una mesa pequeña, al fondo, con una botella de agua y el plato del día delante. No está mirando el móvil. Está simplemente ahí, esperando, como si no estuviera esperando.
Me acerco, y en cuanto levanta la vista, se le nota en la cara que me ha visto venir.
No lo dice con efusividad. No lo celebra. Solo lo nota.
—Pensé que no vendrías —dice.
—Yo también —respondo, y me siento frente a él—. Pero al final he bajado.
Me mira un segundo, como si quisiera decir algo, y luego no lo dice.
—¿Ya has pedido? —pregunto.
—Sí, pero llegas a tiempo.
Levanto la mano al camarero y pido lo mismo que él, sin mirar la carta. No quiero estar ahí dudando como si esto fuera algo importante. No lo es. Es un almuerzo. Punto.
—No te imagino comiendo aquí —comento, para llenar el aire.
—Vengo más de lo que parece.
—Eso explica muchas cosas —digo, y se me escapa una sonrisa pequeña.
Comemos los primeros minutos en silencio, pero no es incómodo. Es como cuando trabajamos: no hace falta hablar todo el rato para estar bien. Aun así, yo no tardo en meter el dedo donde siempre meto.
—Rodrigo dice que comes fatal. —dice y levanto las cejas.
—Rodrigo es un exagerado.
—No creo que sea tan exagerado —responde—. Dice que sobrevives a base de café.
Él mastica, traga, y me mira como si fuera una acusación seria.
—El café me ayuda.
—Eso no es una dieta.
—No he dicho que lo sea.
—Pues cambia —dice, sin pensarlo mucho. —sonríe un poco.
—¿Me estás regañando tú ahora?
—No.
—Sí.
—No —repite—. Solo… digo que tanto café no es sano.
—Lo sé.
—Claro.
Esa forma suya de decir “claro” me desespera un poco. Porque no sé si me está tomando el pelo o si simplemente es así.
—¿Siempre analizas tanto a la gente? —le pregunto.
—Solo a los que me llaman mucho la atención —responde, me dedica una mirada indescifrable.
Me quedo un segundo quieta con el tenedor en el aire.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunto, fingiendo que no me afecta.
—Depende del día.
—Hoy —digo— parece un día normal.
Él me mira un momento.
—Hoy te veo más… suelta.
—No digas tonterías —respondo rápido.
—No lo digo como algo malo.
—Yo tampoco lo digo como algo malo —contesto, aunque no sé ni qué estoy diciendo.
Martín no insiste. Y eso me alivia.
Terminamos de comer y pagamos. No me deja pagar a mí. Lo hace sin discutir, sin hacer show.
—Oye —le digo al salir—. No hacía falta.
—Sí hacía falta —responde—. Te he invitado yo, pago yo.
—¿Has invitado tú? —repito, mirándolo.
—Te he dicho “si te apetece” —dice—. Eso es invitar.
—Eso es sugerir.
—Bueno —responde—. Pues he sugerido y ha salido bien.
Me muerdo la lengua para que no me vea sonreír más de la cuenta.
Caminamos de vuelta a la empresa. Hace frío y se nota el aire en la cara, pero a mí me viene bien.
—Gracias por bajar —dice de pronto.
—No lo digas como si te hubiera hecho un favor.
—No lo digo así, solo que me agrada que hayas decidido venir.
—Pues no lo digas de ninguna forma. —Se le escapa una risa baja y corta que hace que se me revuelva el estómago.
—Vale.
Antes de entrar, me detengo porque me sale.
—Martín…
—Dime.
Lo miro un segundo. No quiero entrar en un debate. No quiero abrir una conversación que luego no se pueda cerrar. Pero tampoco quiero quedarme con esto dentro.
—Lo que dijiste… —empiezo, y ya me arrepiento. —Lo de enamorarme…
—Sigue en pie.
—Yo… —Martín no se mueve, no me mete prisa para hablar ni me saca palabras. Solo espera. —Esto… solo ha sido un almuerzo. No creas cosas que no son —digo al final, y me sale más seco de lo que quería.
Él ladea la cabeza y sonríe.
—No creo nada.
—Pues parece que sí.
—¿Por? —Ahora sonríe abiertamente como si se burlara de mí.
—Por esa sonrisa. —digo y me cruzo de brazos sintiéndome como una niña malcriada haciendo un berrinche.
—Carolina… —dice él, y lo dice suave, sin reñirme, sin hacerme sentir pequeña—. No estoy hablando de relaciones.
—¿No? —Frunzo el ceño.
—No —repite—. Estoy hablando de ti y de mí. De que me dejes conocerte un poco. De que me dejes invitarte a un almuerzo sin que parezca que te estoy pidiendo matrimonio.
Me quedo callada porque odio cuando tiene razón sin decirlo como si tuviera razón.
—A mí no me gustan esas cosas —murmuro.
—Ya lo sé.
—Y no creo en...
—También lo sé.
—Entonces…
—Entonces deja que te consienta un poco —dice, tan normal, como si fuera lo más simple del mundo—. Si no te gusta, me lo dices. Y ya está.
Lo miro. No sé qué contestar sin que se note que me está tocado por dentro.
—No me vas a cansinear —le digo, intentando que suene a advertencia.
—No tengo intención de hacerlo —responde.
Me entra un calor en la cara que odio.
—Eres muy pesado cuando quieres —digo.
—Eso me han dicho —contesta, y ahí sí sonríe de verdad—. Pero esa táctica no la uso con cualquiera.
Me quedo quieta dos segundos. Luego resoplo, como si me molestara.
—Vamos a subir —digo.
—Vamos.
Entramos. En el ascensor hay gente, así que no hablamos. Mejor, a mí me viene bien ese silencio. Porque si abro la boca, igual digo algo que no quiero.
Cuando salimos, cada uno va hacia su mesa. Antes de que yo llegue a la mía, lo escucho detrás.
—Carolina.
Me giro.
—¿Qué?
Martín me mira de arriba abajo un instante, sin descaro, sin provocar, pero lo suficiente para que yo lo note.
—No te lo he dicho nunca, pero el pelo suelto te queda muy bien —dice
Me quedo clavada.
No es un “estás guapa”. No es un piropo de esos que te sueltan para quedar bien. Es una frase simple y concreta, lo ha pensado de verdad.