Enamorada? Pero... Si no es primavera.

CAPÍTULO 25

🌹 Capítulo 25 — Martín.

En casa hay silencio, pero no del que me relaja. Es un silencio raro, de esos que te hacen escuchar constantemente tus propios pensamientos. Cierro la puerta con cuidado, dejo las llaves en el mueble de la entrada y me quedo unos segundos quieto, como si así pudiera ordenar este sentimiento que tengo encima desde que salí de la oficina.

La mañana ha sido intensa, pero no por el trabajo. El proyecto de San Valentín, está bastante bien encarrilado, Rodrigo no ha parado de hablar de la cena de empresa y Carolina… Carolina ha estado ahí a mi lado todo el rato, como siempre, sin hacer nada concreto y haciéndolo todo a la vez.

Me quito el abrigo y lo dejo sobre la silla. No me siento, voy directo al dormitorio, abro el armario y me quedo mirando la ropa sin pensar demasiado en que ponerme. No quiero darle vueltas, porque si empiezo, no paro.

Elijo algo sencillo. No porque no me importe, sino precisamente porque me importa demasiado lo que puede pasar esta noche como para exagerar.

Bajo el agua de la ducha consigo relajarme un poco. Luego, me cambio tranquilamente, me miro un segundo al espejo y me digo a mí mismo que es solo una cena, una cena de empresa como las que organiza Rodrigo cada año.

Pero no lo es.

El móvil vibra sobre la cómoda. Es mi hermana.

—Hola Lucía. —contesto.

—Hola tú —dice—. Hoy es el día de la cena ¿No? —Asiento aunque sé que no puede verme. —¿Cómo vas?

—Bien. Estoy vistiéndome.

—Mentira, algo pasa —responde sin dudar—. ¿Ya estás en casa, entonces?

—Sí. He llegado hace unos quince minutos.

—Perfecto. Entonces no me mientas, más. ¿Qué pasa? No me has llamado ni me has escrito en todo el día. —Resoplo bajo. Esta mujer me conoce mucho más de lo que quiero admitir.

—No pasa nada, solo que he quedado en pasar a recoger a Carolina en un rato.

—No me lo creo —dice—. ¿Carolina Serrano ha aceptado ir contigo a la cena de empresa y tú dices “en un rato” como si nada?

—Lucía…

—Vale… —Se ríe—. ¿Por qué no te adelantas y pasas a recogerla ya?

—Te he dicho que iré en un rato, hemos quedado sobre las ocho.

—Vale, vale —cede—. Pero déjame disfrutarlo un poco, ¿no? No todos los días mi hermano se pone nervioso por alguien.

—No estoy nervioso por eso.

—Claro que no —ironiza—. ¿Por qué deberías estarlo? ¿Solo porque la mujer por la que llevas prendado desde la universidad te ha empezado a dar chance? —Niego y río a la vez, porque mi hermana es la única persona que cada vez que intenta relajarme, consigue ponerme más nervioso.

—¿Y Nico? ¿Cómo está el campeón? —Pregunto evitando entrar más en el tema de Carolina.

—Vale, no quieres hablar más—dice—. Tu sobrino está con un coche en cada mano y otro en la boca. Con sus coches, está feliz.

—Me alegro. Oye —pregunto, bajando un poco el tono—. ¿Cómo está mamá? —Me apoyo en el marco de la puerta. ¿Has ido a verla hoy?

—Sí y está igual. Hay días mejores y días peores. Laura me ha dicho que ayer, le decía que tenía que la dejara salir para ir a casa, porque su madre la iba a reñir si no llegaba a cenar. Pero hoy, la he notado tranquila.

—Eso es lo importante. Que consiga estar tranquila.

—Sí. —Se hace un pequeño silencio —. Bueno —dice—. Volvamos a lo importante, aunque me llames cansina. Carolina.

—Sabía que no desistirías…

—Eso es evidente —responde—. Me gusta aconsejar a mi hermanito. Solo te diré una cosa y quiero que la recuerdes.

—¿Cuál?

—No la fuerces. Ella es fuerte, pero también se protege mucho.

—Lo sé.

—Ve con cuidado y enamórala poco a poco, sé que tú puedes hacerlo. Y otra cosa que sé que no te va a gustar escuchar, pero te quiero demasiado como para no decírtelo. Si después de estos días con ella, sientes que no vas a conseguir su amor, aléjate Martín. Date otra oportunidad con alguien más.

—Lucía… —No puedo molestarme por querer protegerme—. Yo también te quiero.

—Ahora vete —añade—. Que si llegas tarde por mi culpa, me voy a sentir fatal.

No me da tiempo a despedirme cuando ya ha colgado.

Me quedo un momento mirando el móvil apagado en mi mano y luego lo dejo sobre la cómoda. Respiro hondo, tomo la chaqueta, las llaves y salgo.

El trayecto hasta su casa se me hace corto porque voy perdido en mis pensamientos. Aparco cerca de su portal, bajo del coche y miro hacia arriba sin saber muy bien qué busco. Me coloco bien la chaqueta y pulso el timbre.

Espero.

El portal se abre y sale una vecina que me mira con curiosidad y me dedica una sonrisa, antes de desaparecer calle abajo. Yo me quedo ahí, quieto, con las manos en los bolsillos y el corazón funcionando a mil por hora.

De nuevo oigo pasos. Y esta vez sí es ella.

Carolina aparece en la puerta, preciosa, con un vestido amarillo brillante y su cabello suelto. Durante un segundo se queda parada al verme, No sonríe exageradamente, ni se muestra diferente a otras veces, pero hay algo en su forma de mirarme y de sonreír, que me deja claro que esta noche le importa tanto como a mí.

—Hola —dice.

—Hola. Vaya, ese vestido te sienta espectacular. —Creo escucharla susurrar un gracias por su parte—. ¿Vamos?

—Claro. Si llegamos tarde a mi hermano le saldrá una úlcera en el estómago. —Le abro la puerta del coche y ella sube.

—Rodrigo ya debe estar nervioso —comento.

—Siempre lo está cuando algo le importa —responde.

Conducimos unos minutos en silencio.

—Si te apetece irte antes, me dices —Me mira de reojo—. No estás en la obligación de aguantar toda la noche aquí por mí.

—No me he arreglado tanto esta noche para huir, has venido a por mí y tendrás que llevarme a casa —dice.

—Mejor, no me gustaría que fuese de otra forma.

Ella va a contestar cuando paro el coche en la puerta del restaurante. Hay gente en la entrada, voces conocidas, risas.

—Ya estamos aquí —digo.




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