🌸 Capítulo 27 — Carolina
No sé en qué momento exacto dejo de fingir que estoy tranquila, tal vez es después de la segunda copa, o cuando me doy cuenta de que llevo más de diez minutos mirándolo desde la otra punta de la mesa sin haber participado en la conversación, o cuando una de esas chicas del departamento de cuentas se inclina demasiado hacia él para contarle algo que no tiene ninguna gracia y él sonríe, educado, correcto, como siempre — demasiado correcto.
Me muevo en la silla, cruzo las piernas, las descruzo, doy otro sorbo al vino y me digo que no pasa nada, que Martín no es mío, que yo no tengo ningún derecho a sentir absolutamente nada — no somos nada, no hemos pactado nada, no hemos prometido nada, y aun así hay algo que se me enrosca por dentro cada vez que alguien le toca el brazo con demasiada confianza o le habla al oído aprovechando el ruido del restaurante.
Rodrigo está enfrente, entretenido con un cliente, Lina se ha levantado para saludar a alguien de otra mesa y yo me quedo sola con mis pensamientos, que son un desastre.
—Estás muy callada —dice alguien a mi lado.
Levanto la vista — es Martín, en algún momento ha vuelto a sentarse cerca de mí y no me he dado ni cuenta.
—Estoy observando —respondo.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —admito, y le sonrío sin pensar demasiado.
Me mira de esa forma suya, tranquila, como si no tuviera prisa por llegar a ninguna parte — tiene la chaqueta colgada en el respaldo de la silla, la camisa remangada y el pelo un poco despeinado, justo lo suficiente como para que no parezca preparado, aunque sé que lo está.
—¿Te lo estás pasando bien? —pregunta.
Miro la mesa, las copas, la gente hablando a la vez.
—Supongo que sí.
—Eso no ha sonado muy convencido.
—Es una cena de empresa —digo—, tampoco hay que exagerar.
—Tú exageras poco —responde—, lo justo.
Le doy otro trago al vino, esta vez más largo.
—Te están reclamando mucho esta noche —comento, sin mirarlo directamente.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—No me había dado cuenta.
Lo dice sin ironía, y eso, por alguna razón, me molesta más.
—Pues deberías —respondo.
Ahora sí me mira de frente, con atención.
—¿Te molesta?
La pregunta es directa, demasiado, y yo no estoy acostumbrada a que me pregunten las cosas así.
—No —respondo rápido—, ¿por qué iba a molestarme?
Martín asiente despacio, como si aceptara mi respuesta sin discutirla, aunque no se la crea del todo.
—Vale.
Ese "vale" suyo me desarma un poco porque no insiste, porque no me empuja, porque me deja espacio incluso cuando me gustaría que no lo hiciera.
La cena sigue, platos que van y vienen, brindis, risas, discursos improvisados, yo apenas pruebo la comida, bebo más de la cuenta y empiezo a notar ese punto peligroso en el que las decisiones se vuelven más fáciles, o más difíciles, no lo tengo claro.
En algún momento, una mano se posa en mi espalda — es Lina.
—Te estás perdiendo la mitad de la noche —me dice al oído—. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Claro —responde—, nada con nombre y apellido.
Me enderezo.
—No empieces.
—No empiezo —sonríe—, solo observo, como tú.
Se va antes de que pueda contestarle — la odio un poco por conocerme tanto.
Vuelvo a mirar hacia Martín — está de pie ahora, hablando con dos mujeres que no conozco — una de ellas se ríe demasiado fuerte, la otra le toca el antebrazo como si fuera algo natural.
Aprieto la copa con más fuerza de la necesaria.
¿Qué estás haciendo, Carolina? No te comportas así, no reclamas, no te incomodas, no te importa — y, sin embargo, me importa.
Me levanto sin pensarlo demasiado y camino hacia él — no sé qué voy a decir, no tengo un plan, solo sé que no quiero seguir sentada.
Cuando me ve acercarme, algo cambia en su expresión — es mínimo, pero lo noto — se excusa con educación y da un paso hacia mí.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —respondo—, solo… necesitaba moverme un poco.
—¿Quieres salir a tomar el aire?
Asiento antes de pensarlo.
Salimos a la calle — el frío me despeja un poco, pero no lo suficiente — nos quedamos en silencio unos segundos, uno frente al otro, con la luz del restaurante detrás.
—Has bebido más de lo habitual —dice, sin reproche.
—Puede ser.
—¿Te apetece que te lleve a casa?
Lo miro, de verdad lo miro.
—Sí —respondo—, creo que sí.
El trayecto es tranquilo, demasiado — la ciudad pasa por la ventanilla y yo me dedico a contar farolas para no pensar en su mano sobre el volante, en lo cerca que está, en lo fácil que sería cruzar una línea.
Cuando aparca frente a mi portal, no me muevo enseguida — me quedo sentada, con el cinturón puesto, como si no supiera qué hacer a continuación.
—Gracias por traerme —digo al fin.
—De nada.
Silencio otra vez, pero este pesa más.
—Martín…
—Dime.
Trago saliva.
—No quiero… —empiezo, y paro—, no quiero que pienses cosas raras que no son.
—No pienso cosas raras —responde.
—Yo no quiero relaciones —añado—, ya lo sabes.
—Lo sé.
—Y aun así… —resoplo—, aun así, esta noche me ha costado más de lo normal.
No dice nada, no se acerca, no se mueve.
—¿Te ha costado qué? —pregunta.
Me quito el cinturón despacio.
—No mirarte. No estar pendiente de ti...
El silencio se rompe solo con mi respiración — Martín apoya una mano en el respaldo de mi asiento, sin tocarme todavía.
—Carolina…
—No digas nada —le corto—, si lo dices, me voy a arrepentir.
No me da tiempo a pensar más — me inclino y lo beso.
Es un beso lento, inseguro al principio, como si ninguno quisiera asustar al otro, luego se vuelve más firme, más real. Su mano llega a mi mejilla y me sostiene como si yo pudiera desaparecer si me suelta.
Cuando me separo, siento que tengo el corazón desbocado.