Enamorada? Pero... Si no es primavera.

CAPÍTULO 26.

🌸 Capítulo 26 — Carolina

Me he cambiado tres veces de ropa antes de decidir que ponerme.

No porque nada me convenza, sino porque todo me parece demasiado evidente. Demasiado arreglada. Demasiado informal. Demasiado “me importa”.

Y eso es justo lo que intento que no se note.

Al final me quedo con algo sencillo. Un vestido que ya he usado, que sé que me favorece y que no parece elegido para impresionar a nadie. Me digo que es una cena de empresa. Que no es nada más. Que Martín va a estar ahí, sí, pero que eso no cambia nada.

Me miro en el espejo.

No veo a alguien que va a una cita.

Veo a alguien que va a una cena.

Y eso debería bastarme.

Me suelto el pelo.

Y ahí está el problema.

Recuerdo perfectamente cómo me miró el otro día cuando lo llevaba así.

Y ya no estoy tan tranquila, porque entiendo que en el fondo sus palabras me llegaron.

Suena el timbre.

Me quedo quieta un segundo, respiro, camino hasta la puerta y abro.

Es Martín.

No es solo su atractivo, hay algo más. Lleva una camisa blanca remangada y un pantalón negro de pinzas. Nada exagerado, nada forzado y aún así, se ve impecable.

Levanta la vista y se toma su tiempo para mirarme. No me mira de arriba abajo, no me analiza. Solo me mira como si mereciera toda su atención.

—Hola.

—Hola Martín.

Hay un segundo suspendido entre los dos.

—Estás muy bien —dice, con calma. Como si fuera un hecho.

—Gracias.

—No lo digo para incomodarte.

—No me incomoda. —Y es cierto, sólo que últimamente delante de él, no sé cómo actuar.

Me observa un instante más, como si supiera que sí.

Bajamos las escaleras juntos. No me toca ni invade mi espacio. Pero siento que lo tengo demasiado cerca y eso me pone nerviosa.

En el coche no pone música al principio.

—¿Quieres tu algo de música de fondo? —pregunta.

—No, así está bien. Gracias.

Arranca.

—Rodrigo hoy va a estar insoportable —comenta y eso aligera el ambiente.

—Lo sé. Cuando organiza algo, se cree mejor que un director de orquesta.

—Y a nosotros nos mueve como si fuéramos sus instrumentos.

—Exacto. —Sonreímos. Es cada vez más fácil hablar con él. Demasiado fácil...

—La verdad —añade— es que me alegra que vengamos juntos.

Lo dice sin insinuar nada, sin segunda intención, es evidente, y aun así, mi pulso se acelera un poco.

—Lo bueno, es que vivimos cerca —respondo.

—Sí. —No añade nada más. Llegamos al restaurante. Hay movimiento, luces cálidas, risas que se escapan hacia la calle.

Se baja primero y me abre la puerta. No es un gesto exagerado. Le sale natural, como si no supiera hacerlo de otra manera. Y entramos.

Lina nos detecta al instante.

—¡Hombre! —dice acercándose con esa sonrisa que anuncia comentario incómodo—. Pero si os habéis coordinado.

—Buenas noches, Lina —respondo.

—Carol, estás guapísima. —Luego mira a Martín—. Y tú… siempre eres un bombón, pero hoy inteligente elección.

—¿Elección de qué? —pregunta él.

—De logística —dice ella riéndose—. No lo entenderías. Luego hablamos.

Se va antes de que pueda contestarle.

Rodrigo aparece por detrás.

—Ya era hora. Pensaba que ibais a entrar por separado para disimular. —Ríe con ganas.

—Rodrigo…

—Es broma —dice—. Os he guardado un lugar en esa mesa —la señala—. Y os he sentado juntos. Así veo todo lo que pasa en primera fila.

Martín niega con la cabeza y apoya su mano en mi espalda un segundo para indicarme el camino. Es firme, breve, seguro. Y al contrario de lo que esperaba, no molesta, no me aparto.

Cuando por fin nos sentamos, empiezan los brindis, camareros traen la comida y empiezan las conversaciones cruzadas.

Martín está pendiente de mi sin hacerlo evidente. Me acerca el agua antes de que tenga que pedirla. Cambia el plato cuando ve que apenas he tocado el primero. Se inclina para preguntarme si estoy bien sin que nadie más lo note.

No siento que me vigila, siento que me cuida.

Y eso es lo que lo hace un hombre peligroso, peligroso para mí corazón.

Sienna aparece antes de lo que me gustaría.

—Martín —dice inclinándose más de lo necesario—, ¿has visto lo que han preparado al fondo?

Le toca el brazo. Se ríe antes de que él diga nada.

Él responde educado, correcto y además mantiene la distancia. Incluso creo que lo incómoda, pero ella vuelve. Vuelve una y otra vez.

Y yo no digo nada, no somos nada. No tengo derecho.

Pero cada vez que se acerca, siento algo que no me gusta nada.

No es rabia.

Es… ¿posesividad?

No. Ridículo.

Bebo más vino del que debería.

—¿Estás bien? —me pregunta Martín cuando Sienna se aleja otra vez.

—Perfectamente.

—¿Seguro?

—Seguro. ¿Por que no lo estaría?

Me sostiene la mirada.

Y sonríe apenas.

Como si me estuviera leyendo.

—Vale.

La cena avanza. Rodrigo da un buen discurso. Lina aplaude con exageración, demostrando que está contenta de más.

Las copas se llenan otra vez. La gente se levanta, unos hablan con otros y el ambiente se anima.

En algún momento me doy cuenta de que llevo varios minutos mirando a Martín desde el otro lado de la mesa. Está hablando con dos compañeras. Una se inclina demasiado hacia él y la otra le toca el antebrazo mientras se ríe.

Él no se mueve. No alimenta su coqueteo, pero tampoco las aparta con brusquedad.

No las tiene porque apartar. Y me doy cuenta que eso es lo que me molesta.

¿Qué estás haciendo, Carolina?

Tú no te comportas así.

No reclamas.

No compites.

No te importa.

Y, sin embargo, te importa.

Lina cómo por arte de magia vuelve a aparecer a mi lado.

—Te lo estás perdiendo todo esta noche —me susurra.

—Estoy observando.

—Claro. Observando a alguien con nombre y apellido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.