🎊 Capítulo 28 — Martín.
El ascensor sube con esa lentitud exasperante que parece burlarse de nosotros. Carolina está a mi lado, rígida, mirando los números cambiar como si fueran una cuenta regresiva. Yo mantengo las manos en los bolsillos, aunque cada fibra de mi cuerpo me pide alcanzar su mano, asegurarle que esto está bien. Pero no lo hago. Sé que necesita este silencio, este espacio para decidir.
Cuando llegamos a su piso, busca las llaves con una torpeza que no le conozco. Normalmente es precisa, metódica, pero ahora sus dedos tropiezan con las llaves como si nunca antes las hubiera tocado. Observo cómo se muerde el labio inferior, ese gesto que solo hace cuando está realmente nerviosa.
—¿Quieres tomar algo? —pregunta, yendo directo a la cocina como si necesitara algo que hacer con las manos.
—Lo que tú tomes —respondo, quedándome en el umbral. No quiero invadir. No todavía.
Sirve el vino con movimientos mecánicos. Cuando me pasa la copa, nuestros dedos se rozan, y ella retira la mano demasiado rápido, como si el contacto le quemara.
Nos sentamos en el sofá. Hay un espacio entre nosotros, pero es mínimo, casi ridículo. Bebe un sorbo de vino y mira hacia la ventana, evitando mi mirada.
—No sé por qué te pedí que subieras —dice al fin, rompiendo el silencio.
—Tal vez porque no querías estar sola —sugiero.
—O tal vez porque no quería que te fueras —responde, y esta vez me mira directamente.
Sus palabras me golpean en el pecho. Es la primera vez que admite algo así, que reconoce que quiere que me quede.
—Tengo miedo —confiesa, más baja ahora.
—¿De qué?
—De que esto lo estropee todo. Funcionamos bien así, Martín. Nos entendemos. Eres el mejor amigo de mi hermano. No quiero perder eso.
Me acerco un poco, solo lo suficiente para que note mi presencia, pero sin invadir.
—Las cosas ya están cambiando —digo—. Desde hace tiempo. Y no tiene por qué ser malo.
Ella bebe otro trago de vino, más largo, como si necesitara valor.
—¿Y tú qué quieres? —pregunta, y hay algo en su voz que suena vulnerable, casi frágil.
Es la pregunta que llevo esperando.
—Quiero lo que funcione para los dos —respondo—. Pero quiero que sea real. No algo de lo que te arrepientas mañana porque creas que fue el alcohol o el momento.
Ella asiente, lenta, pensativa. El silencio se instala de nuevo, solo roto por el tictac del reloj en la pared. Luego, sin previo aviso, se inclina y me besa.
Este beso no es como el del coche. No hay vacilación, no hay esa duda inicial. Es un beso que dice *"esto es lo que quiero"*, claro y firme. Cuando nos separamos, los dos estamos sin aliento.
—¿Y ahora? —pregunta, y su voz tiembla apenas.
—Ahora vamos paso a paso —respondo—. Sin etiquetas, sin prisa.
Ella se acerca y apoya la cabeza en mi hombro. Nos quedamos así un momento, en silencio, hasta que nuestros labios se encuentran de nuevo. Esta vez es más lento, más deliberado. Sus manos buscan mi camisa, mis dedos se enredan en su pelo. El vino queda olvidado en la mesa, y el sofá se convierte en nuestro único mundo.
Nos dirigimos sin prisa hacia su habitación. La ropa desaparece sin prisa, como si cada prenda fuera una barrera que decidimos derribar juntos. Su piel bajo mis manos es cálida, real, y cuando finalmente nos unimos, es con esa mezcla de urgencia y cuidado que solo nace cuando dos personas saben que esto importa.
Después, nos quedamos entrelazados, sin hablar. Su cabeza está sobre mi pecho, y mis dedos trazan círculos lentos en su espalda.
—¿Sigues teniendo miedo? —pregunto al fin.
Ella levanta la cabeza para mirarme, y hay algo nuevo en sus ojos, algo más tranquilo.
Niega sin responder, pero ese simple gesto es suficiente para que una ola de alivio me inunde. La acerco un poco más hacia mí, sintiendo el ritmo de su respiración contra mi costado. En la penumbra de la habitación, el perfil de su rostro parece más suave, despojado de esa coraza que tanto trabaja en mantener durante el día.
Me pregunto cuánto le costará sostener esta apertura. Cuántas veces dudará, intentará retroceder, pondrá a prueba mi paciencia con excusas o distancias. Lo hará, porque es su naturaleza. Porque ha aprendido que es más seguro no esperar nada de nadie. Ahí está mi verdadero desafío: no solo quererla, sino esperar. Esperar a que se acostumbre a la idea de que no voy a huir, de que esto no es un capricho, de que puedo ver sus grietas y no por eso la encuentro frágil, sino más bien humana.
Sé que no será fácil. Habrá días en que parecerá que hemos vuelto al principio, días en que esa muralla se levantará más alta que nunca. Pero ahora sé lo que hay del otro lado: esta paz, este silencio compartido, esta piel caliente contra la mía. Y eso vale cualquier batalla.
Por ahora, mientras ella duerme confiada a mi lado, esto es suficiente.
Más que suficiente, por fin creo que es el principio de todo...