Enamorada por casualidad.

|Capítulo 31|

—Gracias. —Decidí romper el silencio y susurré.

—¡No debiste detenerme! —Golpeó el vidrio y me sorprendió que éste no se haya roto.

—Ibas a matarlo.

—¡De eso se trataba! —Se miró frustrado. —¿Estás bien, te hizo daño?

—Llegaste justo a tiempo. —Tomó mi mano y la besó.

—Perdóname. —Me abrazó.

—¿Por qué?

—Por ser un imbécil, no quería decirte eso ayer pero estaba molesto, sé que no jugarías conmigo ni con nadie, tú no eres así.

Mis dudas se habían resuelto.

—Hey.

—Dime.

—Necesito darte las gracias por no irte a pesar de todo y por lo que hiciste hoy.

—Haría cualquier cosa por ti sin importar que cosa fuese, te amo. —Besó mi mejilla.

—¿Por qué hueles a tabaco? —Dejé de abrazarlo.

—Tenía ansiedad.

—Y, ¿por qué no trabajas en eso?

—Sólo me pasa cuando no estoy junto a ti.

—Tu estado de ánimo y tu ansiedad no puede depender de alguien más. —Peiné su cabello.

—Te amo tanto. —Acarició mis labios y sentí escalofríos.

Tomé la mano de Esteban y de verdad no quería soltarla, él se dispuso a besar la mía repetidas veces, no sé qué hubiera sido de mi si no hubiese llegado.

De repente lloré por lo sucedido ayer con él, por lo de Sebastián, por lo lindo que ha sido Esteban conmigo a pesar de todo y por lo tanto que extraño a Carlos.

—¿Qué pasa? —Me atrajo hacía él, jugó con mi cabello y frotó mi espalda para consolarme.

—Gracias. —Limpió algunas de mis lágrimas.

—¿Por qué, cielo?

—Por llegar en el momento adecuado y por no cumplir lo que dijiste ayer. —Comencé a reír.

—Eres tan tierna. —Me besó hasta el cansancio.

—¿No irás a trabajar?

—Hoy no, mi niña quiero pasar el día junto a tí.

—Debes ir a trabajar. —Limpié todas mis lágrimas.

—No iré, muñequita, pasaremos un día increíble.

—¿Cómo me dijiste? —Reí.

—Muñequita.

—Deja de decirme esos apodos bobos.

—De acuerdo, bomboncito. —Estallé de la risa.

—Ya basta.

—Me encanta cuando te ríes. —Tomó mi mano. —Ya vámonos a disfrutar. —Asentí.

Bajamos del auto, caminamos de vuelta a la plaza y entramos a un lugar donde habían muchos brincolines y albercas de esponjas.

Esteban me dio mis calcetines para no derraparme, me los coloqué, subimos a los brincolines y saltamos.

—Mira esto. —Dio una marometa. —Inténtalo.

—Mejor intenta esto. —Hice un arco gimnástico.

—¡Wooow! ¿Cómo lo hiciste? —Le guiñé el ojo.

—Es muy fácil, recuéstate, flexiona las rodillas, arquea tus brazos y levántate. —Tomé su espalda y lo levanté.

—Estás muy fuerte.

—Es uno de mis talentos. —Sonreí, cayó al soltarlo. —Inténtalo de nuevo.

Él daba miles de marometas de distintos ángulos mientras que yo hacía pasos gimnásticos, Esteban se sorprendía con cada uno de ellos.

Nos lanzamos a la alberca de esponjas, me hundió así que un niño comenzó a empujarme hasta que salí.

—Gracias. —Lo abracé. —¿Cómo te llamas?

—Eddie, señorita.

—Hubiese muerto sin tu ayuda, Eddie. —Despeiné su cabello.

—Hey, ¿por qué te abrazó mi chica? —Rodé los ojos.

—Salvé a su chica, debería agradecer, ¿no es así? —Levantó los hombros.

—Tienes razón, gracias, campeón. —Chocaron sus puños y Eddie se fue debido a que sus padres lo llamaron.

—Deja de decir que soy tu novia. —Me senté en una esquina.

—Es imposible no presumirte. —Saltó a mi lado provocando que subiera y bajara.

—Además estoy molesta porque me hundiste allá. —Comenzó a reír.

—Fue por diversión.

—De acuerdo, ya entendí. —Lo jalé hasta la alberca pero ésta era de pequeñas pelotas, lo empujé y le lancé pelotas hasta que lo cubrí por completo y reí.

—Esto es incómodo. —Miré que sacó su cabeza.

—Pero es divertido, ¿no es así? —Fue mi turno de reírme.

Seguimos lanzándonos, brincando una y otra vez hasta que ambos quedamos agotados.

—Señora. —Llamó la atención de una abuelita.

—Dime hijo.

—¿Puede tomarnos una foto? —Le entregó su celular.

—Sonrían. —Eso hicimos. —Ya quedó.




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