No tenía idea porque aquella mujer lo hacía sentir de esa forma tan inexplicable. Ella lo hacía sentir como si el necesitará imperativamente protegerla, cuidarla.
Sin embargo sabía que ella era esa clase de mujer que se atrevía a atravesarse en las relaciones de otras personas.
Lo sabía porque la mujer de su mejor amigo, de aquel que ahora mismo estaba en cuidados intensivos en una de las mejores clínicas de Tennessee, ella se lo había dicho, le había puesto en claro la situación que tenían encima con Sarah.
Sarah Wright no era una buena persona.
Sin embargo, una cosa era lo que les decían los demás y otra muy diferente era lo que veía en ella.
Se pintaba como una mujer que intentaba cuidar a los otros, que se preocupaba por la estabilidad, el empleo y la salud de los demás.
Estaba seguro de que si le preguntaba cualquier persona dentro de la constructora todos le dirían que Sarah era una mujer ejemplar.
Sin embargo, él sabía que no sabía reconocer a las mujeres que se pintaban como buenas y al final eran sendas arpías.
Su Juicio jamás le había fallado.
Bueno, si lo había hecho, pero a raíz de aquello había aprendido a evaluar bien a las personas antes de confiar en ellas.
—¿Puedes soltarme?—La voz de ella le sorprendió.
¿Acaso estaba escuchando bien? ¿estaba entendiendo lo que ella le estaba diciendo?
— No te estoy agarrando bonita. — dijo aunque sus brazos seguían abrazándole.
Ella se alejó bruscamente de él y en el instante en que lo hizo se cayó por completo hacia un lado, golpeándose levemente en el hombro.
—¿Estás bien? — preguntó él con voz profunda.
El movimiento hizo que el olor de ella se impregnara aún más en su ropa, este olor a vainilla, a canela y no sabía cuántas especias más le había estado volviendo loco.
—No es tu problema si lo estoy. — Aseveró. — Aléjate de mí de una buena vez. — le ordenó y se levantó dela yo. Sacudiéndose la ropa abrió la puerta del coche y él dio un paso atrás.
— Eres increíble.
— Y tú un jodido pesado.
— Solo intentaba ayudarte. — dijo.
—Hazlo largandote de CrossVille. — dijo y se subió al coche.
Sin embargo los planes de él no era que ella se fuera así de fácil, esa mujer acaba de comenzar una guerra con alguien que ella desconocía como buen contrincante.
Que desconocía en lo absoluto.
Si tan solo la gatita muerta de Sarah supiera que en sus manos estaba su permanencia o salida de la constructora, estaba seguro de que no se comportaría de aquella forma.
Sería igual que todas las demás mujeres que sabían la posición económica en la que él se encontraba.
Sabía muy bien cómo eran las de su clase.
Él había tratado precisamente con una mujer igual que Sara.
Melanie Thomas era una mujer igual de fuerte que Sarah. De esas mujeres que cuando llegan a los lugares todas las cabezas y giran hacia ella. Y él se sintió más que orgulloso de haber sido el foco de atención de Melanie.
Una vez que la rubia de ojos verdes puso la mirada en el se encontró perdido de inmediato.
Se enamoró, se dejó llevar, se cautivó por los rizos de oro de Melanie y luego descubrió que todo era producto de una farsa.
Ella solo quería su dinero, su estatus social, su cuenta de banco.
Lo triste de todo aquello es que quién se lo dijo fue por su propio tío.
—¿Qué es lo que te he hecho para que me odies así?
—No es lo que me has hecho, es lo que representas.— objetó ella.
—¿Qué es lo que representó para ti, Sarah?— preguntó con voz profunda.
—No voy a mantener esta conversación contigo.
—¿Con quién diablos pretendes mantenerla si no es conmigo? — inquirió — si se te ha olvidado, es de mi de quién estás hablando.
—Estoy hablando de ti, es más, no puedo seguir con esto. Aléjate del coche antes de que te lo tire encima. — amenazó.
—No eres capaz de semejante cosa, se te ven los ojos no eres capaz...
Ella no le dejó terminar la frase, desde adentro tiró tan fuerte de la puerta hacia ella que la mano de él, de no haber sido un poco más veloz, habría quedado entre el medio del carro y la puerta y quizás, muy probable le hubiese volado los dedos de un solo golpe.
—¿¡Qué diablos pasa contigo!? ¡Estás loca!— le gritó y esta bajó el cristal de la ventana.
—Te dije que te alejaras, no soy mujer de repetir dos veces las cosas.
Él escuchó como el sonido del coche rugió al ella encender el motor.
—¿Y así sin más te vas a ir? ¿Sin dar una jodida disculpa? ¿ Eso no entra en tu vocabulario?
No podía creerse que esa mujer era tan maleducada y tan desalmada como para no arrepentirse de casi cortarle los dedos con el golpe.
Era peor de lo que había imaginado.
—Cuando digo que no quiero a alguien cerca de mí, me refiero a no quererlo cerca de mi, a no querer verte, a no querer escucharte, a no querer saber ni una sola palabra de lo que tengas que decirme. — le dijo con voz pausada y sin parpadear. — así que permíteme aclararte este punto: no me interesa trabajar contigo, no me interesa verte, no me interesa que me hables y aléjate todo lo que puedas de mi. ¿Te quedó claro?
—¿ Te das cuenta que vamos a trabajar juntos en la misma constructora, verdad?
—De lo que me doy cuenta es que no me interesa seguir conversando contigo.
—Y aún así sigues aquí, aunque hayas tenido la oportunidad de dar reversa y marcharte desde hace rato.
—Estoy perdiendo el tiempo ahora con un bocazas para que comprenda que no me interesa tenerla cerca.
Eso fue lo que ella objetó, sin embargo sus ojos mintieron por ella.
O más bien, se delataron de inmediato al dirigir una rápida mirada a su boca
La mujer estaba deseosa de que él la besara.
Sabía reconocer los pasos. Él era un Casanova empedernido, él sabía acostarse con cuánta mujer viera interesante y nunca más llamarla.