CAPITULO 23
—Sarah, ¿Qué haremos? — preguntó Danny con voz trémula. — ¿Qué tal que ella quiera llevarme?
—Nadie va a llevarte. —dijo ella con voz fuerte.
Aunque en verdad no lo sabía.
No tenía idea.
Si su hermana mayor iba a Crosville con intenciones de reclamar la custodia de Danny, ella iba a necesitar ayuda, y mucha, para poder evitarlo.
Joder, las cosas comenzaban a complicarse demasiado y ella sentía que en cualquier momento perdería la cabeza.
Pensó en llamar a su amigo, su único amigo, pero Tony le diría lo que ya ella sabía, debió de haber resuelto eso hace muchos años.
—No te preocupes. Nadie va a alejarte de mí. — asevero. — eres mi hermana.
—Eres mas que eso para mi y lo sabes. — dijo Danny y se echo a sus brazos. Sarah le apretó fuerte pues entendía que eso era lo que ella necesitaba. Una persona que le abrazara, que le tranquilizara, que le dijera que todo iba a estar bien.
Una persona que le dijera que todo iba a salir bien, que a pesar de los inconvenientes que estaban apunto de caerle encima.
Sin embargo, no podía darle la certeza de que así sería.
No tenía el corazón para asegurarle a su hermana de que nadie iba a dejarla de ella.
Pero por la salud mental de ella, lo hizo. Lo hizo para brindarle escasos minutos mas de tranquilidad mientras aguardaba lo peor.
El miedo le estaba poniendo el de gelatina, la estaba convirtiendo una persona incapaz de asegurarle lo más importante a un niño su seguridad. Al menos asegurarlo con pura certeza.
Su hermana solo tenía intenciones de destruir lo que con mucho esfuerzo ella había construido, ella que se había alejado de todos, ella que las había dejado solas a la intemperie, sin padres, un niño con otro niño, las dejó a la buena de Dios.
—Vamos a arreglarte, date una ducha, deja que el agua te calme. —le dijo fingiendo una sonrisa. — colócate un buen vestido y pon tu mejor cara para cuando nuestra querida hermana llegue.
Ella le dio la orden y aunque Danny tardo un poquito más en asimilar lo que le decía, la terminó por entender y se retirar con dirección a las escaleras que conducían a su habitación.
—Todo saldrá bien. —le gritó en un intento de darle tranquilidad.
Sin embargo, su voz rota la de la tos y su hermana la miró azorada.
—Ambas sabemos que no será así. — si ella viene, y si ella…
—Tranquila.
—Si ella viene es porque quiere llevarme, es porque quiere alejarme de ti. ¡No sabemos de lo que es capaz!
—Vete a duchar. — fue lo único que pude responderle.
Mientras ella dejó qué su hermana pequeña se alejara, que se perdiera pasos arriba en el segundo piso, su cerebro pensó en una y mil formas de poder recoger todas sus cosas, a su hermana y llevársela lejos de aquí, antes de que Penélope llegara a la casa.
Su llegada era algo que ella no entendía.
Penélope se marchó y nunca más miró a atrás.
No pasó de un par de llamadas esporádicas a Danny atreves de los años.
Pero había una razón que ella no estaba viendo por la cual su hermana mayor había decidido ir después de tanto tiempo al pueblo que le vio crecer.
Su teléfono sonó y ella se puso tensa de inmediato. Buscó el móvil en su bolso y respondió.
—¿Sí? — preguntó nerviosa.
Llena de incertidumbre.
—Soy yo. — Tony.
Era un mago, un brujo, uno que sabía el momento exacto en que ella lo necesitaba.
—Te necesito. — dijo soltando el miedo finalmente. Exponiéndolo.
—¿Dónde estás? — fue la única pregunta que hizo y ella se lo agradeció en silencio.
—En casa. — murmuro a punto de perder el aire.
El oxigeno se escapaba de sus pulmones.
—Llego en cinco minutos.
Y así sucedió, en menos de lo pensado, Tony llegó y abrió la puerta, encontrándola a ella sentada en uno de los sofás, mirando a la nada.
—Sarah, linda, ¿Qué sucede? — Preguntó arrodillándose frente a ella.
Pero Sarah no hablo.
Estaba pensando en aquella vez que Danny se cayó del tejado, una vecina fue quien la vio, tenía siete años, decía que deseaba alcanzar a su madre que estaba en el cielo.
Siete años.
Casi muere.
Salió vuelta un manojo de nervios cuando la Sra. Pitcher le avisó a gritos.
—Penélope. — dijo Danny y eso le llevó al presente a Sarah.
Danny estaba aun con el pelo recogido en un moño desflecado y Tony miró de una a la otra.
—¿Penélope está bien?