CAPITULO 28
Todos los ojos sobre ella y lo único en lo que Sarah podía pensar era en que su hermana mayor era una ruina para su familia.
A Penélope no le importo llegar y sembrar la semilla de la discordia.
—¿Vas a hablar?
—No. — le dijo a su mejor amigo. Tony frunció el ceño y espero. —no puedo ahora.
Ella subió a su habitación y se encerró.
Se oculto de las personas que más había querido en toda su vida.
¿Qué podía hacer? ¿Como podía dejar de respirar de forma tan acelerada? ¿Como podía evitar echarse a llorar como estaba a punto de hacerlo?
No. Definitivamente no tenia idea de como hacerlo.
—¡Abre la puerta, Sarah! — le grito Danny. —vas a explicarme ahora mismo a lo que se refiere.
—No puedo. —susurro.
Ella sabia que su hermana menor no le había escuchado. Que aquella por la cual ella estaba dispuesta a sacrificar todo, incluso su propia felicidad, que ella, esa que vio crecer y convertirse en esa hermosa adolescente, ella no iba a creerle.
Nadie le creería que había hecho las cosas solo por su familia.
Sin embargo, su mente se fue de inmediato a aquella mañana.
Esa mañana en la cual había sucumbido a la ira, al dolor, a la desesperación, ella le había llamada a Penélope. Le había pedido ayuda.
Económica.
Personal
Había esperado durante dos horas a que su hermana le respondiera.
Danny debía tener poco mas de diez años.
Ella recién salida de la universidad.
Las cosas no le iban bien.
—¿Qué quieres? —le pregunto Penélope cuando ella levanto el teléfono al ver el nombre de su hermana. — No puedo ayudarte.
—Ya leíste mi mensaje. —no era una pregunta, era todo lo contrario, era la respuesta a su solicitud.
—Es tu hermana también.
—Tu te has encargado de alejarla de mí.
—Nos dejaste a ambas! —chillo ella.
—Eso es lo que siempre te has dicho y lo que le has dicho a ella.
No era así. Jamás haría tal cosa. Pero Penélope dejo de llamar, dejo de enviarle postales, dejo de buscarlas, era como si ella estuviese cavando una zanja en medio de las tres, alejándose para nunca más volver a Crosville.
—No puedo seguir. — le dijo casi en un susurro. —no puedo más.
—Tengo una vida, Sarah. Tengo derecho a la libertad.
—¿Y yo que? ¿Yo no tengo derecho a ser feliz?
—Con quién? ¿Con Mark? — su hermana soltó una carcajada. — lo mejor que puede pasarte es que ese hombre te deje.
—No sabes lo que hablas.
—Lo sé, Sarah tesoro, lo se porque yo ya estuve en tu lugar.
—Te fuiste de Crossville. Te largaste y me dejaste toda la responsabilidad. Dieciocho años tenía.
—Han pasado cuatro años y lo has estado haciendo a la perfección.
—No tengo con que pagar la hipoteca. He gastado todos mis ahorros. Todo lo que…
—¿Lo que nos dejaron ellos?
—Ellos no, nuestros padres. No son personas particulares, Penélope.
—Da lo mismo. Te gastaste todos nuestros ahorros, nuestra herencia.
Era cierto. Sarah lo había hecho. Le había prestado dinero a Mark y este nunca se lo devolvió.
Se rasco la cabeza y se levanto de la cama para cerrar la puerta.
—El va a devolverlo. — dijo con voz cargada de dudas.
—Sigue esperándolo.
—No te metas en eso. — le dijo. Ella sabía que podía confiar en Mark. Al menos eso pensó en aquel momento.
—Gastaste nuestra herencia.
—El lo necesitaba. Solo se lo presté. Lo ayude.
—ayudaste a tu novio y no a tus hermanas.
—Tu no necesitabas mi ayuda.
—Pude haberla necesitado.
— No. — dijo ella. — no vas a venir con eso ahora. Fue hace mas de un año.
—No tengo dinero, Sarah.
—Perderemos la casa.
—Perderás la casa. —le corrigió ella. — es tu casa. Tu encárgate.