CAPITULO 31
Sarah Wright
—¿Qué es lo que tienes? ¿qué te pasa? — preguntó.
Ella se asustó de inmediato, verle así era algo que le preocupaba y estar consciente que jamás lo había visto en tales condiciones le puso peor. El qué siempre estaba presto para trabajar, un hombre que no le tenía miedo al trabajo.
Así que verle con la cabeza entre las manos, ocultando su rostro, sufriendo en silencio, le alteró de inmediato.
Ella se acercó a la silla de él y colocó una mano en su hombro. El dio un ligero salto al sentir su toque.
—¿Qué es lo que pasa? — le volvió a preguntar ella.
—Estoy jodido. —murmuro él y ella a duras penas le entendió. —No se como pude ser tan tonto.
—¿Jodido? ¿A qué te refieres? —preguntó sin comprender.
¿Será que estaba enfermo? ¿habrá descubierto que tiene alguna enfermedad terminal?
Esos fueron los únicos pensamientos que pasaron por la cabeza de Sarah mientras intentaba de cifrar el silencio garrafal de su mentor.
Se le había olvidado de repente la razón por la cual había regresado a la oficina, aunque cuándo salió de alli no tenía ninguna intención de volver aquel mismo día.
Pero su corazón se preocupó más por Marcus Piettro, aunque se le caía a ella misma el mundo encima.
—Háblame, dime cómo ayudarte, dime qué hacer Pietro. — le pidió con voz tranquilizadora, un tono muy bajo que usaba para tranquilizar a su hermana menor cuando está perdía los estribos por la muerte de sus padres.
La muerte trágica de los padres era algo que ningún niño superaba, aunque pasaran añales, eso seguiría allí. Esperando un recuentro. Esperando despertar que descubrir que todo fue un sueño.
—No hay nada que puedas hacer, no hay nada que puedas cambiar. — farfulló. —la decisión la tomé hace días y ahora estoy pagando las consecuencias.
—¿Qué decisión? ¿de qué estás hablando?— el levantó el rostro y la miró, sus ojos estaban empeñados, tristes, completamente desolados. .
—Dulce niña no tienes idea de las cosas que he hecho. — fue lo único que el argumentó.
Aquella frase le asustó aún más.
Aunque él le había ayudado bastante a lo largo de su vida, aunque le había prestado el dinero para pagar la hipoteca y ella trabajar durante meses ganando el salario mínimo para compensar la deuda que había conseguido gracias a su ex novio, Marcus Piettro jamás había utilizado apelativos cariñosos para referirse a ella, había mantenido esa línea, aunque ella sabía que él la consideraba la hija, su sangre, aunque no compartieran la misma.
—Comienzas a asustarme. — murmuró ella. — háblame de una vez.
—No tienes de que asustarte, al final de todo, tú estarás bien, tú y ese bebé van a estar bien.
—No te preocupes por mi hijo. Yo soy quien ahora está preocupada por ti. —dijo ella interrumpiéndole.
El se levantó de repente y camino hacia el minibar, pero en el instante en que el caminó lejos de ella, el mal olor a puro alcohol se metió por su nariz y la hizo hacer un gesto de puro asco.
—Piettro. —le llamó — creo que ya has tomado suficiente hoy.
—No me vengas con esas tonterías, Sarah. Tomare las veces que quiera. — el se sirvió el trago y dándose la vuelta, mirándola a los ojos, como si la estuviese retando, le dio dos sorbos al trago y lo finalizo.
—Algo te esta torturando. — dijo ella acercándose a él. — Habla conmigo para que así pueda ayudarte.
—¿Qué es lo que quieres? — dijo el. —¿A que viniste a mi oficina?
El sacudió la cabeza y volvió a servirse un trago.
—Creo que ya es suficiente. —ella se acercó a el y le arrebató la botella media de Whiskey y lo estrelló contra el suelo. —¡Deja el jodido alcohol! ¿No ves cómo estás? — Le preguntó temblando. —¡Estás borracho!
—¡Tengo derecho!
—¡No a esto! — Gritó ella y la puerta de la oficina se abrió de repente.
—No hagas que pague mis remordimientos contigo. — le amenazó Piettro. — vete a casa. —le ordenó.
—Estas perdiendo la cabeza. — dijo ella con voz temblorosa. No sabia si era preocupación o miedo al verle tan descompuesto. — Lo que sea que te esté torturando, solo quiero ayudarte, Marcus…— ella jamás había tenido la osadía de llamarle por su nombre. Para Sarah, Piettro representaba casi un padre para ella.
—¡Déjame en paz! — gritó el y golpeó el minibar, tiró su vaso contra la pared y este se hizo añicos.
Sarah se echó hacia atrás y su corazón latió de prisa.
—¿Qué diablos esta pasando?
El corazón a Sarah se le congeló al ver a Steven allí parado en la entrada de la oficina viendo seguramente la cara asustada de ella y la escena que se estaba desarrollando en aquella oficina.