Encanto Navideño.

10-Celos.

De mis pobres uñas ya no quedaba ni la sombra de lo que habían sido; ya no recordaba cuando había sido la última vez que les dedique tiempo para arreglarlas. Creo que había sido durante el verano cuando Dalia, mi amiga y compañera de curso, insistió en cortarlas, limarlas y pintarlas, para lucirlas bajo las luces de una discoteca a la que finalmente, nunca asistí. Luego, sucedió lo de nuestros padres; fue cuando comencé a masticarlas. La pintura color coral traslúcido y turquesa, comenzaron a cuartearse y, acto seguido: a descascararse. Ahora, las miro y ya no las reconozco, solían tener un largo promedio y su corte era recto, pero en ocasiones las redondeaba, en cambio ahora, sus bordes eran irregulares y estaban escaneadas, sin calcio y sin vida.

—¿Estás bien? — Es la tercera vez que Alex me hace esa pregunta en los últimos cuatro minutos y, pienso responder lo mismo que las últimas dos, pero él me interrumpe antes de decirle “estoy bien” — Se que es tu hermano, por lo que estoy más que seguro de que lo que haya sucedido, se trata de un error.

—Espero que estés en lo cierto.

Son mis únicas palabras antes de desviar la mirada de mis uñas maltratadas, hacia el paisaje de un pueblo en decadencia. En mis recuerdos, el sitio era un lugar de ensueño, incluso parecía sacado de un cuento de hadas, y en cambio, ahora: parece salido de una novela de terror con una morbosa mezcla de melancolía.

Al pasar frente al pequeño mercado de “Mary’s”, dónde solía pedir mi dotación de dulces, mis ojos se humedecen al descubrir lo decadente que se ha vuelto. Sus alegres paredes, ahora no son ni la sombra de lo que fueron en sus años de gloria, e incluso, los pequeños juegos de monedas fuera del local se han quedado en el tiempo, y sin mantenimiento. Al divisar a Popy, el pequeño caballo canela al que me subía cuando papá entraba a comprar la bolsa de dulces, mis lágrimas se escurren con rapidez. Su pintura descascarada no es nada en comparación con el óxido que lo corroe y el polvo que lo cubre.

—¿Cuándo se convirtió esto en un pueblo de zombis?

—Hay una historia que respondería tu comentario a la perfección — comentó distraído Alex — aunque, no es el momento de escucharla.

Llegamos a la estación de policía y al bajar comprendí, que si tuviera que auto describirme de alguna manera cómica, diría que estaba más cercana a la apariencia de una bola de estambre, que de una persona. Mis nervios eran tal que, casi olvidó que los gemelos estaban en la camioneta. Ellos bajaron junto con Bella, quien inmediatamente le pidió upa al pobre Alex y, esté aceptó encantado.

—Rory, Theo: quiero que se comporten ahí dentro.

—No puedo mentir Eva, por lo que solo diré que: lo intentaré, pero no prometo nada.

La astuta respuesta de Rory solo logró ponerme aún peor. Y es que, para ellos, la situación podía parecer graciosa e incluso una anécdota para contar dentro de unos años, pero para mí, podía significar perder su tutela si lo que Sebastián había hecho era muy grave.

—Todo va a está bien.

Sonreí ante el intento de motivación y el apoyo de Alexander. Su cálida mano apoyada sobre mi hombro fue lo que me dio la fuerza para ingresar al edificio.

—No, señor, usted es el que parece no comprender la situación. Soy abogado y en este momento este chico es mi cliente y, ya que es menor de edad, no esta obligado a responder nada sin que el adulto responsable de él esté presente.

En el interior se estaba desarrollando una acalorada discusión, pero la voz del hombre que estaba de espaldas a nosotros y con su mano apoyada sobre la espalda de mi hermano, me resultaba demasiado familiar.

—Haber si comprendo bien — dijo un oficial moreno y en sus treinta, que lucía ya muy cansado — ¿Usted va a representar a este joven?

—Si es necesario hacerlo, por supuesto que lo haré.

—Oye — lo interrumpió Seb un tanto molesto — no es necesario que me ayudes ya que yo no hice nada.

—Eso no es lo que me dijo el Sr. Morris.

Mi hermano negó con la cabeza y chasqueo la lengua al tiempo que se encogía de hombros. Conocía de sobra esa expresión y, eso solo me enfadó, llevándose lejos mis nervios. Él se había rendido y ya no pensaba defenderse, pero, yo no pensaba rendirme tan fácilmente y menos si mi hermano era inocente.

—Buenos días oficial — dije con voz autoritaria para llamar su atención y me encamine hacia él estirando mi mano a modo de saludo cordial. Aunque ese sería el último vestigio de educación que obtendría de mi parte si insistía en culpar a mi hermano de algo, que aún no sabía que era — me presento: soy Evangeline Kingsley, la hermana mayor de Sebastián. Me llamaron por teléfono.

—Oh, señorita Kingsley — el oficial se puso de pie y se pasó la palma de la mano por la pierna de su pantalón ante de estrechar la mía — soy el oficial Parker. Es un placer conocerla.

—Lamentablemente, no puedo decir lo mismo.

Le dije tajante. Él soltó mi mano de inmediato al percibir mi hostilidad y se aclaró la garganta tratando de digerir la incomodidad. Por mi parte, me volví para ver al hombre que estaba tan empeñado en defender a mi hermano y por poco salto de la alegría, pero me contuve cuando él me hizo un gesto de negación casi imperceptible.

—Señorita Kingsley, soy abogado y estoy más que dispuesto en representar a su hermano si es necesario.

—No creo que sea necesario llegar a esa instancia — dijo el abogado interrumpiéndolo — claro está, que eso dependerá pura y exclusivamente de su hermano señorita.

—¿Cómo así?

—Vera, el Sr. Morris es el dueño de un local cerca de la plaza principal y… él trajo a su hermano hasta aquí acusándolo de un intento de robo.

—¿¡Qué!?

—¡Pero es mentira!

Mi hermano grito tratando de defenderse, pero una mirada mía basto para que se quedara quietecito.

—El caso es que él Sr. Morris a accedido a no levantar cargos, si su hermano se disculpa con él, pero hasta ahora no he conseguido convencer a su hermano de aceptar el trato. A mí parecer es algo justo y muy amable por parte del Sr. Morris, hablé usted con su hermano e intenté convencerlo.




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