Cuando llegamos a casa, la situación empeoró. Los empleados de Alexander estaban descontentos con la idea de reformar la propiedad, aunque debo admitir que hasta el momento habían hecho un excelente trabajo. Hice señas a Boris para que llevara a mis hermanos adentro, aunque parecía que Alex deseaba que yo también entrara. Por supuesto, lo hice, pero me escondí tras las cortinas de uno de los ventanales para poder espiar lo que sucedía.
—Entonces —comenzó Alexander con tono molesto—, ¿qué les pasa ahora?
Uno de los hombres, el que me había mirado mal antes, se acercó a su jefe con la cabeza en alto y la mandíbula apretada, al igual que sus puños, en un claro intento de intimidar a Alexander. Algo que, a simple vista, no logró. Alexander se mantuvo sereno y a la espera del reclamo de su empleado, pero yo sabía que detrás de esa aparente calma aguardaba una tormenta.
—Como sabrá, Sr. Prescott, nosotros cumplimos cualquier trabajo que nos encomienda en tiempo y forma, pero en este caso se nos hace difícil.
—¿Y eso por qué? Por lo que veo, están haciendo un excelente trabajo.
—Como siempre. Somos profesionales y ese es nuestro trabajo, pero en este caso la incomodidad nos supera a todos. Mis compañeros y yo no podemos seguir trabajando en este proyecto sabiendo que esa gentuza se quedará aquí.
Lo último que dijo fue como un golpe en el estómago e incluso sentí la bilis subiendo. Hice de tripas corazón y seguí escuchando mientras me convencía de no salir a arrancarle los pelos a ese imbécil descarado.
—¿Y tú estás seguro de hablar por todos? —preguntó Alexander echando un vistazo al resto de sus peones—. Porque a simple vista podría decir que eres el único “incómodo” con este trabajo.
El hombre refunfuñó mientras se volteaba en busca del apoyo de sus compañeros. Obviamente, todos lo ignoraron y se hicieron los desentendidos, algo que lo fastidió aún más.
—Eso es porque sabemos que todos aquí necesitamos el trabajo —dijo al fin el desgraciado volviéndose a su jefe—, y por esa razón aceptamos esto, pero ya no lo soporto. ¿Cómo es que tú sí? ¡Tú más que nadie deberías odiar a esas personas!
—Te lo advierto, Malloy, cállate.
—¿¡Por qué!? ¿¡Es que acaso temes que los demás también noten que estás babeando por esa astuta trepadora!?
Hasta ese preciso momento, Alexander había tolerado la falta de respeto de su empleado, pero al escuchar el insulto hacia mi persona, perdió el control. En segundos, su puño conectó con la mandíbula del sujeto y este se tambaleó unos pasos hacia atrás. No tuvo tiempo de recomponerse cuando Alex ya le embestía otro puñetazo, dejándolo caer de culo al suelo húmedo.
—No vuelvas a insultar a Eva. Ella y su familia son personas decentes y amables, algo que no puedo decir de ti. Toma tus pertenencias y vete de aquí, estás despedido.
No le dio tiempo a retrucar, simplemente se apartó del sujeto y se dirigió al resto de sus empleados.
—¿Alguien más que esté incómodo con el trabajo?
Nadie dijo nada y, en cambio, se pusieron manos a la obra mientras su jefe pasaba junto a ellos. Yo entré en pánico, no sabía dónde meterme y comencé a pasear de un lado a otro hasta que me decidí por una pequeña sala similar a una biblioteca. Las pinturas de la Edad Media, otras de la época victoriana y unas pocas religiosas me sorprendieron, pero lo que más me fascinó fue la pintura en la cúpula del techo. En el centro, una hermosa flor había sido tallada con tal delicadeza que incluso parecía tener vida. Escuché el picaporte de la puerta principal y eso me sacó de mi trance. No podía quedarme parada allí, aún estaba cerca de la entrada. Corrí hacia la chimenea que estaba junto a una de las bibliotecas repletas de libros, pero al mirar en su interior descubrí que estaba demasiado sucia y que no había suficiente espacio para esconderme. Me erguí rápidamente y seguí buscando un lugar para refugiarme. Justo en ese momento, un pequeño ratón pasó corriendo entre mis pies. De la sorpresa y el asco, salté hacia atrás y una baldosa en la esquina detrás del borde de la estufa cedió. Escuché un ruido extraño, como de algo corriéndose pesadamente por el suelo y, acto seguido, fui engullida por la oscuridad, dejando el eco de un grito tras de mí.
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Editado: 16.02.2025