Eva.
Mientras escuchaba la historia de Alex, una repentina claridad me invadió. Todo lo que Eliza me había estado intentando decir tenía sentido ahora. La respuesta estaba en la historia de Alexander y el cántico del pueblo. Mis labios susurraron casi sin querer: “La flor…”.
Recordé el cántico que Alex había interpretado con tanto sentimiento. En ese fragmento, hablaba de cómo mi tío había cortado la flor y cómo esto había traído la maldición sobre el pueblo. De repente, todo encajó: la flor aún estaba en la mansión. Comencé a pensar frenéticamente en dónde podría estar escondida.
Entonces, vino a mi mente la imagen de la pequeña habitación que servía de biblioteca. En el arco del techo, había una flor tallada con tanto detalle que parecía real. Me levanté de golpe y salí corriendo escaleras abajo, con el corazón martillando en mi pecho. Llegué a la biblioteca y miré hacia el techo. Ahí estaba, la flor tallada.
Debía corroborar si la flor estaba allí enterrada, pero no sabía cómo hacerlo. En ese momento, el espíritu de Eliza apareció nuevamente. Su presencia me infundía una mezcla de tranquilidad y urgencia.
—Debes ir hacia la habitación secreta —me dijo Eliza con su voz suave y etérea—. Sube por la escalera que va hacia el techo. Desde allí, sube al techo y busca una pequeña cúpula de cristal. Es ahí donde se oculta la flor.
Asentí y me dirigí apresuradamente hacia la habitación secreta. Mis pasos resonaban en el silencio de la casa, y la adrenalina corría por mis venas. Subí por la escalinata de piedra, tratando de mantener la calma, aunque el miedo y la emoción se entremezclaban en mi interior.
Una vez en el techo, la fría brisa de la noche me envolvió. A pesar del miedo, comencé a buscar a tientas la pequeña cúpula. La luna llena iluminaba el cielo, y su luz sobrenatural me permitió encontrar la cúpula de cristal. Brillaba con un resplandor casi mágico.
Al tocarla, sentí una conexión profunda con Eliza y con la historia que había descubierto. Sabía que tenía que liberar la flor y, con ella, la esperanza del pueblo. La emoción me inundó, y mis manos temblaban ligeramente mientras me preparaba para desenterrar el tesoro oculto.
El peso de la responsabilidad y la emoción de estar a punto de desentrañar un misterio antiguo se mezclaban en mi mente. A pesar del frío y el miedo, me sentí decidida y llena de esperanza. El futuro de Evergreen Hollow dependía de este momento, y estaba lista para enfrentar lo que viniera.
Logré sacar la flor con un cuidado extremo, sosteniéndola entre mis manos como si fuera el tesoro más preciado. Eliza apareció nuevamente, su presencia etérea y reconfortante en medio de la noche.
—Debes devolverla a su hogar —me dijo con suavidad.
—¿Dónde y cómo? —pregunté, desesperada por entender.
—El hogar es el árbol donde todo comenzó —respondió Eliza con un brillo de tristeza en sus ojos.
Asentí y busqué la manera de bajar del techo sin volver a entrar a la casa. Con Eliza como guía, nos sumergimos en el bosque. La oscuridad era profunda, pero la luna llena brillaba en el cielo, iluminando nuestro camino.
Cuando llegamos al lago, el gran árbol se alzaba majestuoso bajo la luz de la luna. Eliza me indicó que debía subir para colocar la flor en una de las ramas.
—Esto restablecerá su conexión con el árbol —dijo—, pero a cambio, tendrás que realizar un sacrificio.
La miré sin comprender, el miedo comenzando a apoderarse de mí. Eliza, con tristeza en su voz, explicó:
—El árbol cobró vida y cumple deseos porque fallecí en el lago y le entregué mi alma. Pero cuando Bartolomé cortó la flor, cortó algo más que eso. Para restablecerlo, debes hacer un sacrificio.
Comprendí entonces lo que Eliza deseaba decirme, pero el miedo se instaló en mi corazón.
—El árbol juzgará tu alma. Si eres digna, te dejará ir y la maldición será levantada del pueblo —me dijo Eliza, tratando de tranquilizarme—. Sé que eres digna, por eso te escogí.
Tomé coraje y asentí, comprendiendo que si me sacrificaba por el bien de todos, sería lo mejor. Comencé a subir con gran dificultad las ramas del viejo árbol. Cada movimiento me acercaba más a mi destino, y a medida que ascendía, la flor se iluminaba más y más, guiándome con su resplandor sobrenatural.
Cuando llegué a la quinta rama, el árbol emitió unos destellos, como lazos luminosos que sujetaron la flor y la unieron a él nuevamente. Sentí una sacudida, y el árbol comenzó a temblar violentamente. A pesar de mis intentos por sujetarme, resbalé y caí hacia el lago.
La capa de hielo se quebró bajo mi peso, y caí bajo el agua congelada. El frío me envolvió por completo, y una mezcla de terror y resignación llenó mi corazón. Mientras me hundía, pensé en mi familia y en el pueblo, esperando que este sacrificio trajera la paz que tanto necesitábamos.
Alex.
Después de hablar con Sebastián, bajé y le pregunté a Boris si había visto a Eva. Él negó con la cabeza y dijo que pensó que estábamos juntos. Una sensación de inquietud me recorrió el cuerpo. Miré por la ventana y noté un movimiento fuera de la mansión. Le pedí a Boris que se quedara con los niños mientras yo salía a investigar.
Al salir, vi a Eva adentrándose en el bosque, siguiendo una silueta luminosa. El pánico se instaló en mi pecho y quise gritarle, pero algo me lo impidió. Decidí correr tras ella. A pesar de mis esfuerzos, la escasa luz y la enramada del bosque dificultaban mantenerle el ritmo. Cada paso me llenaba de desesperación.
Finalmente, llegué al claro donde estaba el lago y el árbol, justo a tiempo para ver cómo Eva se caía bajo el hielo. Sentí un doble déjà vu, recordando el día en que mi hermana falleció en ese mismo lugar y el día en que rescaté a Eva allí. El pánico y el miedo de perder a la mujer que amaba se aferraron a mi corazón y lo aprisionaron, pero decidí no ceder ante el miedo esta vez. Corrí hacia el lago y me lancé directamente hacia el agujero que había dejado Eva al atravesar el hielo.
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Editado: 16.02.2025