Capítulo 47:
Huésped
Kevin
La bruja murió, esta vez para siempre.
Ese cuerpo prestado se vuelve un charco de podredumbre tan rápido que cuesta creer que hace nada estaba allí, con esa ennegrecida mirada amenazante dirigiendo una réplica de las sombras, pero de vejucos. Los mismo que se han deshecho con el final de su existencia. Una maraña vegetal que ahora cubre las ruinas.
Una pequeña victoria que a la mitad de una batalla que parece no tener fin. La fuente perdió fuerza, mitad de sí misma se ha deteriorado, la otra parte sigue luchando, aferrándose a Agadria.
Mis alas me elevan lo suficiente para ver como una inmensa entrada revela una tierra donde la helada no ha llegado del todo, donde las hojas siguen estando unidas a los árboles en un verde tan intenso, tan vivido que no tiene lógica que mi hermana siga atrapada entre las ramas.
Su corte resplandece en un poder que podría arrasar con toda la helada.
El fuego, el elemento que da fuerza y predomina en la corte de verano se siente muy vivo, ardiente, furioso y con un latido dominante, como si una temible bestia estuviera a punto de despertar. Lo siento al igual que puedo sentir a invierno a pesar de la distancia, y no se trata del desborde de la helada en casi todo Encantus. No. Es que puedo sentirlas a todas, unas con mayor intensidad que otras. Asumo que las otras tres es por el daño que ocasiono la enfermedad, que apenas y están allí, dormitando hasta que puedan ser desatas de nuevo.
El vínculo con Yira es algo nuevo, inesperado y de lo que no me puedo deshacer. Olivia lo dejo muy claro sin que mis labios pronunciaran las palabras para expresar mis dudas, miedos e irracionales ideas que me llevaran directo a cuando mis traicioneras emociones no me ataran de por vida a ella.
—Es evidente que te importa mucho más de lo que demuestras —fue su gran explicación. Lo que no es una mentira. Así como no lo es el hecho de que Agonía se aferra a la helada, como un nuevo combustible que pueda reemplazar la ausencia de la bruja. Como el veneno de una víbora se esparce por mis venas, devorando lo que puede e intentando anclarse a mí. Mis alas se desvanecen y la caída es una trampa hacia las fauces de una bestia hecha de raíces y una magia de muerte que lucha por sobrevivir.
Resbalo sobre el hielo, una capa delgada formada por instinto a pocos centímetros de la retorcida planta, sin tener en cuenta en qué dirección ir y venir las esquirlas. Hay un montón de ellas atravesando la fuente, y quienes vinimos a salvar siguen allí dentro. Atrapados y quizás… sus rostros atravesados por mis cuchillas heladas y la sangre son lo único en lo que puedo pensar.
Una criatura envuelta en fuego intenta controlar mi desastre. Chispas crepitan en el aire, tantas que parece una fuente de fuego eterna entre la nieve.
—¡Kevin! ¡Kevin! —alguien grita, una voz aterrorizada que se dispersa entre un silencio abrupto.
A pesar de la escarcha cubriendo mis manos, sudan y mi corazón galopa en medio de un bosque donde solo se respira una mezcla de putrefacción y sangre, mucha sangre. No entiendo. Lo que veo no coincide con el velo, la carnicería no es de los miembros de la hermandad. Son hadas. La nieve en un cementerio de cuerpos despedazados, una colección de alas y en el medio se encuentra Yira, de espalda con las alas extendidas.
Nadie más se encuentra en pie, solo ella, en medio de toda esa mortandad.
Sus oscuras alas abren dos ranuras, unos ojos verdes tan oscuros y brillantes, y asustados, atrapados. Me recuerdan a los suyos. Se da vuelta, despacio, manos salpicadas de sangre hasta los codos y las uñas hechas garras. Ella lo ha causado y no hay remordimiento en los dos torbellinos de oscuridad que es su mirada. Ya he visto esa imagen en el pasado, me recuerda a Darah. Tenía esa misma imagen una vez que fue a una de las tantas peleas a las que me vi obligado a participar.
—La has perdido —la voz distorsionada, una mezcla entre la de Yira y Maritza, ambas ocupando un mismo cuerpo. Como ya había sucedido, con la diferencia que es la bruja quien tiene completo control.
Lo que no puede ser real. Está muerta. Nada de esto tiene sentido. Si está muerta como es que sigue tejiendo pesadillas. Como consiguió alcanzarla.
—No eres real —refuto con la duda palpando mi lengua.
—Búscala a través del vínculo a ver si la encuentras.
Lo intento y me cuesta sentirla, algo se interpone entre los dos. Una bruma hace de barrera. No todo está perdido, en esencia Maritza ha regresado a ese estado espectral en el que se encontraba con los Duants, sin un cuerpo físico propio al que volver, pero con un único lazo que la sigue atando.
La puerta entre ella y Yira que se creía cerrada, ha liberado sus cerrojos. En el peor momento. Sin darnos cuenta le dimos la oportunidad de retomar su plan inicial. Tener a la heredera de los selváticos, los desvíos solo fueron un juego, casi parece que cada paso que dimos nos llevó hasta aquí. Ella tomando a Yira.
—Te atrapare —las esquirlas se abren paso entre el hielo y la rodean por completo, la escarcha alcanza la punta de sus alas.
—Tendrías que lastimarla. ¿Podrás hacerlos, Kevin? —sonríe, con la plena certeza de que me ha puesto entre la espada y la pared—. ¿Serán todos ustedes capaces de sacrificarla, para acabar conmigo, con Agadria, con la hermandad? Lo dudo.
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Editado: 04.02.2026