Encantus. Alas de hielo (libro 5)

Capítulo 49: Alma desprendida

Capítulo 49:

Alma desprendida

Gerald

Miro de nuevo mi mano, con los dedos extendidos, solo para asegurarme que la alianza que compartía con Maritza no haya regresado. A pesar de que estuvo muy cerca de la muerte y que su cuerpo fue destruido, la bruja sigue tan viva como lo estuvo por años, unida a Yira.

Desde que cruce la puerta entre el velo y verano, temía que, en cualquier momento, la marca volvía estar allí, contra mi piel. Atándome a esa mujer desalmada, con la que voluntariamente me case. El alivio de que solo las sombras estén allí, es hasta un poco egoísta por mi parte. Me liberé de ella, pero Yira no.

Ambos tomamos decisiones arrinconadas por proteger a otros, no tengo dudas que la joven heredera de los selváticos, se vio atrapada al igual que yo.

Debería intentar encontrarla, intentar… Recuerdo que para liberarse de las garras de la bruja tuvo que estar muy malherida. ¿Lastimarla? Es esa la única vía que tenemos de recuperarla.

¿Qué tanto daño habría que causarle esta vez para que Maritza se desprenda de ella? Dudo que se lo ponga sencillo, al final lo ha conseguido, estar en el cuerpo que eligió para proliferar su vida como reina de Encantus.

Las sombras se agitan al otro extremo, donde las llamas se dan un festín con el enemigo. Bordean toda la zona por donde la criatura de fuego se desplaza y se enfocan donde los condenados comienzan a tener ventaja.

Demasiados muertos, demasiada sangre derramada.

Agadria es la única hada en el cielo, como una estrella fulminante y desafiante sobre el firmamento. Sus alas negras se baten al viento manteniéndola casi en el mismo lugar. Observando la matanza, la sangre y cadáveres que deja la batalla.

Evito encontrar conocidos entre los cuerpos replegados en el suelo. Evito distinguir si son elfos oscuros, de luz o hadas guerreras. Intento más que nada, no caer de la cuerda floja al enorme abismo de oscuridad que me rodea.

Nunca había convocado tantos espectros. Nunca los había dejado vagar por Encantus demasiado tiempo. Nunca permití que ocasionaran muerte, que se deleitaran con ella. En este punto cada una de las sombras ha estado por su cuenta, apenas atadas a mí para evitar que lastimen a mis aliados, tanto como he podido.

El aire se siente pesado, cada aspiración es como cuando he estado en contacto directo con la enfermedad, intenta aferrarse a mí, adormecer mi conciencia, no me afecta demasiado, entre la sanación que ya es parte de mí y las sombras arrastrándome a la oscuridad, la enfermedad no tiene cabida. En cambio, los que han estado demasiado cerca de los condenados caídos parecen estar teniendo problemas de equilibrio.

Aunque en un principio parecía que teníamos ventaja, ahora perece más bien una condena. Una sentencia de la hermandad, aunque pudiéramos ganar no sería realmente una victoria, no si todos mueren. Veo como cada avance se convierte en debilidad.

No importa a cuantos los espectros de sombras hayan asesinado, al igual que ellas, parecen provenir de una fuente interminable.

—Gerald —pestañeo ante el inesperado golpe en mi frente—, no te distraigas.

Su voz emerge distorsionada por la tela que cubre la mitad de la cara, evitando por completo exponerse a la fetidez que emerge de los cadáveres. Son pequeños focos de enfermedad, la muerte es el detonante final.

El elfo que una vez estaba tan asustada de sostener mi mirada ahora me reta con esos ojos verdes tan vibrantes.

—¿Ya no tiemblas, pequeña? —le doy una sonrisita ladeada. Me aferro con todas mis fuerzas a los recuerdos, a esos días en que mi camino se cruzó con la pequeña Suri, y muchas otras memorias después de eso. Como un ancla atada a mis pies, impidiendo que la oscuridad me arrolle con todo su poder.

—Tus ojos platas no me asustan —asevera. Una pequeña sombra se asoma por su derecha, con los ojos tan brillantes como los míos, garras afiladas raptando por su hombro. Ella sin mirar atrás le da un golpe con el arco, una réplica del que seguro me dio a mí. La sombra se retira con un gruñido ronco—. Y tus acompañantes, mucho menos.

Retrocede y da un giro, se mueve entre las sombras con confianza y prepara una flecha. Ella y Cris se pegaron a mí desde que atravesé la puerta de cristales, desde que la oscuridad se desparramó por todo el campo de batalla. Los elfos oscuros más allá de la sorpresa continuaron eliminando al enemigo, el resto se detuvo a experimentar el miedo a lo desconocido.

Ambos se han encargado de mantenerme con cierta claridad, controlar las sombras me desequilibra un poco. Por pequeños instantes, olvido quien es realmente el enemigo, y las sombras se dispersan para atacar a quien sea que se les cruce por el camino, sin importar si son guerreros de las cortes o no. Aunque lo que realmente reclama mi atención con ímpetu es la batalla, la muerte y las pérdidas a las que nunca me había visto obligado a participar.

Sacudo la cabeza y busco mi enfoque, tenemos un plan, otro que sucede sobre la marcha. Uno tan estúpido como el que trazamos la serpiente y yo para acabar con Maritza.

Con un poco de suerte, esta vez, tendremos éxito.

Un silbido rápido me hace mirar hacia arriba, justo a donde una cadena interminable de sombras asciendes para alcanzar a Agadria, que ha estado distraída. ¿Ir hacia ella o traerla hasta nosotros?




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