Quizá fue el frío tacto a la encimera. O que la aguja llegó al final del disco de su memoria, rebobinándose de inmediato, pero dejando el tiempo suficiente para regresar al presente y tomar rumbo de nuevo.
Su cuerpo permanecía erguido, reposaba sobre si misma con una quietud antinatural, casi mortuoria, mientras parecía dudar de su propia existencia.
La conciencia, fragmentada en hebras imperceptibles, flotaba en un limbo sin contornos. No había tiempo, ni secuencia, solo una dilatación absurda donde los segundos se estiraban hasta volverse irreconocibles, como si el reloj hubiese sido sumergido en una sustancia viscosa.
Los residuos en los surcos, donde venía grabado su vida entera hasta aquel día, seguían manteniéndola atrapada, los ecos inconclusos, frases truncadas que no alcanzan siquiera a nacer. Todo parecía como gotas de tinta roja que se disuelven en el agua antes de tomar forma. Inasible.
Su mirada no se posaba en nada.
Permanecía abierta, expuesta, pero vacía de anclaje, como si los ojos olvidaran el acto esencial de fijar el mundo. Sus dedos, pálidos y ajenos, aún se aferraban a la botella que sostenía inclinada.
El vino descendía en un hilo fino, constante, hasta que la última gota toco el borde y se dejó caer sobre la copa que se desbordaba.
El vínculo con la realidad regresó de golpe. Sus dedos se contrajeron apenas, una sensación fría la llevo a observar un pequeño charco que se había formado alrededor de sus pies descalzos.
"Un problema que seguro resolveré luego", pensó encogiéndose de hombros para sí misma y precipitándose a tomar la copa hacia sus labios deseosos de beberlo gota a gota hasta que el alcohol en sangre la noqueara por completo. Y de forma inmediata de ser posible.
Se dirigió hacia el baño acompañando el sepulcral silencio, que ya sentía demasiado cómodo y demasiado suyo, con sus pisadas sobre la cerámica, dejando señas de un rojo profundo y viscoso. Abre la puerta y la mantiene así, ya no tiene el valor de cerrarla, esta no.
Al girar la cabeza lo primero con lo que se encuentra es con la figura de una delgada muchacha, que la mira con mucha atención y sorpresa. Ella no baja la vista y parece carecer de vergüenza alguna. Parece estar luchando para no despegar la mirada como si no tuviera toda la culpa.
Porque era su culpa ¿No es así?
Dos cuencos vacíos reemplazaban sus ojos, sin una pizca de vitalidad. Las sombras moradas caen de los cuencos como si la idea del sueño siempre fuera pesadilla. La piel pálida adherida a la forma exacta de su esqueleto estaba cubierta por la gruesa capa de tela blanca de la bata de baño.
Se ve así o la percepción de su espectadora se dejó llevar por las emociones que le causa verla, y que prefiere evitarlo lo más que pueda.
Gira y se encamina hacia la tina, eludiendo a su compañera. Una bata parecida cae al suelo con un eco sordo y sumerge su cuerpo, el agua parece abrazar su piel, y poco a poco desaparece de la superficie. Estira su brazo para volver a acercar la copa de vino y beber hasta la última gota para luego dejarse hundir por completo haciendo que el nivel del agua sobrepase sus límites y el sonido por fin empieza a apagarse.
El agua, su mejor escondite, funciona como un amortiguador de la sonoridad que tanto la atormentaba.
Cierra los ojos y se deja llevar por la tranquilidad que pocas veces puede lograr. Quizás por eso no cambiaría su baño de tina por nada, si ha sido fiel aportador de paz en sus incontables días entre estás paredes.
Pero, sin darnos la oportunidad de irnos tan lejos, ni de impacientarnos si quiera, esa tranquilidad de hace más de una década se vio brutalmente perturbada.
Incluso bajo el agua, donde la densidad todo lo desdibujaba y donde su mente solo se permitía pensar en cuánto tiempo pasaría y resistiría hasta volver a tomar una gran cantidad de aire para recuperarse, ese sonido...ese infernal sonido que la mantenía cautiva empieza a manifestarse. Cortando todo silencio al instante.
Sus ojos se abren de golpe, y la desesperación invade cada nervio de su cuerpo. Con sus manos se impulsa hacia la superficie, tomando una bocanada de aire.
Lo escucha de nuevo.
!Bang¡ !Bang¡ !Plaf¡
Tumba y útero, desvaneciéndose frente a sus ojos.
La habían encontrado.