Encerrada

Capítulo 2

Caminaba sin dirección clara, de extremo a extremo. Recorrió el cuarto de baño dando vueltas, una y otra vez, como si al hacerlo el movimiento pudiera desgastar el miedo o mantenerlo detrás de ella el tiempo suficiente para poder tomar una pequeña bocana de aire para sobrevivir. A pesar de su esfuerzo por calmar su mente, el sonido seguía ahí, acompañándola. No resaltaba por la fuerza con la que se presentaba, y quizá por eso resultaba peor.

Debemos dar mérito a la renuencia de dicho sonido, estoy seguro de que proviene de algún sitio de este departamento, porque hasta yo puedo oírlo. Se singulariza por su completa contumacia siendo un eco seco y metálico. Un recuerdo deformado de una bala introduciendo en la piel.

En ocasiones, parece venir de las paredes. Otras veces, del techo. Luego demasiado cerca de su oído. Para terminar incrustado en su cabeza, haciéndola latir y agrandarse hasta llegar a ser insostenible.

No entendía como tal cosa podría ser posible, como es que irrumpió donde le dio a entender que estaba a salvo. Parecía haber sido todo un juego de aquel sonido, le había enseñado lo que era tener un refugio para luego poder arrebatárselo de las manos.

Los recuerdos empezaron a caerle encima. A dar vueltas a su alrededor. Sus pasos seguían acelerándose, aún más torpes e irregulares. El poco aire que lograba atrapar ya no le alcanzaba, inhalaba aún más rápido, superficialmente, como si sus pulmones olvidaran su función de un momento a otro.

«No estoy aquí, váyanse», intento pensar, pero el pensamiento no tenía fuerza alguna para imponerse. Desde aquel entonces, nunca lo había tenido.

Conocía ese sonido, y lo conocía bien. Sabía por qué estaba ahí y de donde provenía. Sabía quién accionó el arma, y a quién pertenecía la piel en la que fue incrustada la bala. No entendía su propio asombro. Sí la verdad la había tenido siempre, solo estaba perdiendo el tiempo, sintiéndose miserable por haber perdido sabiendo quién fue el culpable. Prefiriendo esconderse entre cuatro paredes.

Sus brazos rodearon su cuerpo, tratando de contenerse. Trataba de abrazar lo que quedaba de sí misma con intensidad. Sus sentidos se agudizaron y sus ojos se detuvieron para verla.

Estaba frente a ella, cada una de un lado del cristal. Por primera vez en quince años, quería consolarla, pero no podía. Le dolía verla.

La muchacha estaba ahí, a pocos pasos, viéndola fijamente, con su cabello desordenado y húmedo. Empapada del agua de la tina o quizá del sudor frío que sentía desprenderse de la delgada capa de piel.

Inhalaba como si el acto fuese ajeno a lo humano y cada exhalación no terminaba del todo, en un silbido gutural que escapaba de unos labios agrietados y teñidos de un blanco descolorido.

Luego de unos segundo, ella misma se redujo a una masa de carne temblorosa, un despojo humano que inspiraba una conmiseración casi impúdica. No tenía de donde sostenerse, ni cómo acurrucarse para intentar contraerse hasta desaparecer de la existencia, buscando otra asfixia protectora contra lo invisible.

No había dignidad en su tormento. De sus ojos fijos, parecían ya haber caído en su propio delirio. Era la viva imagen de la orfandad, un ser desprovisto, quebrado por un horror tan absoluto que verlo provocaba una profunda e insoportable pena.

El sonido se volvió a abrir paso. El miedo, al alcanzar su cenit absoluto, dejó de ser un peso para convertirse en un combustible primitivo. Algo en su arquitectura mental encajó con un crujido, la sumisión pusilánime se evaporó cuando el dolor rebasó los límites de lo que había podido tolerar en todo este tiempo.

La lástima que le inspiraba se transformó instantáneamente en espanto. El temblor lastimero se petrificó y, de repente, sus músculos se tensaron con fuerza. Sus ojos destellaron con un furor icoroso. Cada segundo que pasaba solo duplicaba su tormento, con un alarido que rasgó el silencio, descargó el primer golpe directo al centro del cristal. El impacto hizo ceder el vidrio con un crujido seco, abriéndose en una telaraña de grietas plateadas que deformaron su rostro en mil fragmentos aberrantes. No hubo pausa ni rastro de dolor físico, la adrenalina había anestesiado sus terminaciones nerviosas en una rigidez catatónica.

Volvió a golpear una y otra vez con una fuerza sobrehumana, ajena por completo a la fragilidad de su propia carne. Sus nudillos, ya lacerado y teñidos de su sangre, continuaron percutiendo contra la superficie, astillando los restos. Los fragmentos de cristal caían al suelo como una lluvia de cuchillas relucientes, mientras ella, poseída por el frenesí, buscaba destruir de manera obsesiva la mirada de la muchacha, como si al destrozar su reflejo pudiera, por fin, escindir y aniquilar lo que había hecho.

La ira se apagó tan rápido como se había encendido, dejando tras de sí un vacío absoluto. La tensión que la sostenía se disolvió de golpe, dejándola a merced de sus piernas temblorosas, que de manera inmediata cedieron haciéndola caer directo al suelo. El impacto de sus rodillas contra la superficie cubierta de escombros planteados produjo un pequeño crujido, un sonido húmedo que marcó el fin de su frenesí.

Bajo el peso de su cuerpo, las lascas de vidrio más afiladas se incrustaron profundamente en su carne blanda. La piel, antes encendida por el furor, comenzó a manar hilos rojos que se abría camino entre el polvo y los fragmentos esparcidos. No hubo un grito de dolor físico, su mente estaba tan saturada que el daño tardó en registrarse, presentándose primero como una quemadura fría y punzante en sus articulaciones.




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