La luz entraba oblicua por la ventana, recortando mi habitación en ángulos perfectos. Iluminaba la cama, mis libros y las migas de galletas desperramadas por el suelo, pero siempre se detenía justo antes de llegar al suelo debajo del escritorio. Era una pequeña esquina de sombra compacta. Me daba miedo.
Cada vez que me acercaba, esa oscuridad me provocaba un escalofrío ridículo. Ojalá fuera un bombero. De esos con nervios de acero que no le temen al fuego, que salvan a bebés y gatitos de estructuras que se desmoronan. Si yo fuera uno, tendría el valor de acercarme a ese rincón tenebroso y corroborar, como siempre hace Papá, que no hay absolutamente nada que me pueda atacar. Pero no lo soy. Aún me faltan años para ponerme el uniforme, y con el mundo convertido en esta caja cerrada, dudo que alguna vez haya bomberos vivos para enseñarme el oficio y no creo que papá quiera hacerlo.
"Están trabajando con los militares para salvarnos," me dijo Mamá. Pero nunca me dice qué son esos monstruos de afuera. Esa intriga me perfora más que el miedo.
Benjamín, mi amigo vecino, cree que son zombis. Yo siempre le digo que lee demasiados cómics. Aunque lo entiendo. Los cómics de terror se hicieron virales en el colegio, pero ahora, me pregunto si alguien querrá siquiera volver a ver una portada. Deben tener suficiente miedo ya. Al menos, yo sí.
Lo bueno de este encierro, como siempre dice Mamá, es que Benjamín y yo somos vecinos. Me basta con deslizar un poco la ventana para verlo. Desde que comenzó el encierro hace dos semanas, nos hemos vuelto inseparables. Como no podemos hablar fuerte (regla fundamental), enviamos mensajes en cuadernos por una cuerda que conecta ambas ventanas.
Benjamín era divertido y tenia muchos juegos. Creo que era mi mejor amigo. Su hermano mayor, Darío, era lo opuesto. Siempre molestaba a Benja porque era adoptado y tenia los ojos rasgados como los coreanos. En el colegio, Darío y sus amigos lo llamaban "chinito" hasta que volvía al aula llorando. Yo, hijo único y aburrido, me dedicaba a repasar mis libros, intentando estudiar antes de que todo esto sucediera. Nunca defendí a Benjamin. No tenia la valentia de los bomberos. Siempre me arrepentí por ello.
La puerta de mi pieza se abrió con un leve crujido, y Mamá asomó su cabeza.
"David," llamó con esa voz dulce y baja que ahora usamos todos. "Corazón, ya te dije que no estudies en la cama. Vas a dañar los libros."
Apreté el lápiz entre mis dedos, avergonzado. Ella se acercó y se sentó en el borde del colchón.
"¿Aún le tienes miedo al escritorio?" preguntó, con una paciencia infinita.
"Sí," susurré, sintiéndome estúpido.
Alcé la vista. El cabello lacio y castaño de Mamá, que ella misma se cortaba y peinaba, contrastaba con mis rizos indomables, que Papá insistía en alisar sin éxito. Mamá desordenó mi cabello con un toque juguetón.
"Tranquilo. Pero intenta estudiar en el escritorio la próxima vez," dijo con una sonrisa. Se retiró, avisando que el almuerzo estaría listo pronto.
Me distraje dibujando, hasta que me llamó para que pusiera la mesa. Me levanté y miré por la ventana. La cuerda estaba cortada. No la vi desgarrada, solo un extremo suelto balanceándose. ¿Viento? ¿O Benjamín? Tenía que preguntar.
Bajé las escaleras saltando de dos en dos (una costumbre que me costó un diente, pero que nunca aprendí a evitar).
En la cocina, Mamá estaba de espaldas, con su delantal color durazno sobre el vestido largo y amarillo que la hacía parecer un girasol. Al verme, sonrió, pero su rostro reflejaba el cansancio de estas semanas.
"Corazón, ¿puedes llamar a Papá? El almuerzo está listo."
Asentí. Papá estaba en su sillón rojo oscuro, leyendo su copia eterna de Moby Dick. Aclaré mi garganta, y él alzó la vista, tranquilo.
"¿Ya está?" preguntó levantándose. Me revolvió el cabello con cariño mientras pasaba.
Lo seguí, pero justo antes de que saliéramos de la sala, una melodía lejana y melancólica de violines flotó hasta nosotros.
Papá se detuvo en seco. Su rostro pasó de ser apacible a una máscara de pura preocupación. Miró la ventana, inútilmente cubierta con tablones.
"¿Los vecinos... han puesto música?" preguntó, con un hilo de voz.
Nos quedamos inmóviles. Solo se escuchaba el violín. No era alto, pero en el silencio absoluto de la cuarentena, sonaba como un grito. Papá me alzó bruscamente y corrió con Mamá hacia el único cuarto sin ventanas de la casa: la habitación de mis papas.
Estuvimos ahí, apretados y en silencio, durante casi una hora, escuchando la melodía etérea.
Cuando el sonido cesó, bajamos. La sopa estaba fría. El silencio que siguió al violín era más pesado que el ruido.
Mi mente estaba llena de preguntas sin formular. ¿Por qué un violín está prohibido? ¿Quién o qué está afuera para que tengamos todas las ventanas del primer piso selladas con madera? ¿Significa que los monstruos vienen por el suelo?
Comí en silencio, escuchando a mis padres hablar sobre la prohibición y sobre un amigo de Mamá que, paranoico, construyó un búnker.
Era extraño. Desde el encierro, hablamos en susurros. Papá, que antes era un hombre extrovertido, con una voz alta que podía llenar un teatro y al que conocían todos en la ciudad, ahora apenas articulaba. Mamá, tranquila y reservada, se parecía más a mí. Solíamos bailar en la sala con el tocadiscos. Ahora, el tocadiscos era solo una capa de polvo en la esquina.
La noche trajo un viento fuerte. El ruido de las ramas azotando la casa era ruidoso acompañando al silencio del exterior.
Tenía que hablar con Benjamín sobre la música. Agarré mi cuerda de saltar, até un gancho y lo lancé con puntería hacia su ventana. Se enganchó al primer intento. La línea de comunicación estaba restaurada, pero él no apareció.
Me puse el pijama. Mi gata, Fifi, que había estado toda la tarde afuera, entró maullando, hambrienta. Bajé a la sala para buscar su comida cerca de la puerta.