Estaba sentado en mi cama, sintiendo el vacío de la mañana. Escribí en una hoja con mi letra temblorosa: ¿Monstruos?. Era mi última idea de comunicación con Benjamin.
Doblé el papel en forma de avión y, conteniendo la respiración, lo lancé. Lo impulsé a través de la ventana abierta, buscando aterrizar en la alfombra roja de Benjamín.
fallé.
El avioncito no logró la distancia. Cayó suavemente, sin hacer ruido, en el pequeño jardín de césped seco, sin vida, que separaba ambas casas. Ahí se quedó, a la vista, blanco y vulnerable.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Si el mensaje no llegaba, si era encontrado...
Me incliné hacia la abertura de la ventana, sintiendo el aire quieto y pesado de la cuarentena. Estuve a punto de rendirme y retractarme, pero entonces, lo escuché.
Desde la casa de Benjamín, no un golpe, sino un sonido seco , como si alguien arrastrara algo pesado y por el suelo de madera. Luego, un silencio tan profundo que me dolieron los oídos.
El miedo me paralizó, y volví a recordar el escritorio oscuro y esa cara sonriente de mi madre. Esto no es un juego, David.
Mis manos se aferraron al marco de la ventana. Respiré hondo. Me imaginé con un casco rojo y un hacha, enfrentando las llamas. Un bombero nunca deja a nadie atrás.
No soy un cobarde. No soy un cobarde.
Agarré otro papel. Escribí el mismo mensaje, esta vez con una letra más firme. Calculé la fuerza, ajusté el ángulo y pensando en el valor que se necesitaría para entrar en un edificio en llamas, impulsé el segundo avión con toda voluntad.
Esta vez, el papel voló más alto, cruzó el espacio y aterrizó suavemente en la alfombra roja de la habitación de Benjamín.
Nadie se movió para agarrarlo.
Me quedé ahí, inmóvil, mirando. Diez minutos. Treinta. Una hora, tal vez. No lo sé. Solo sé que estuve demasiado tiempo fijando la vista en la casa de al lado, buscando desesperadamente cualquier signo de vida normal.
Benjamin no estaba.
Las preguntas me taladraban el cerebro: ¿Estaría bien? ¿Se habrían ido? ¿Habría entrado uno de esos Entes a su casa y lo habría atrapado?
Mi pánico se detuvo de golpe. Me di cuenta de que no era el único mirando por la ventana.
En la cocina de Benjamín, justo frente a su ventana, estaba su mamá. Quieta. En absoluto silencio. Estaba mirándome. Solo podía ver un perfil parcial de su rostro, pero eso bastaba.
Siempre me había dado escalofríos. Jamás conversé con ella, pero la había visto antes, inmóvil, observando la calle vacía durante horas. Pero ahora no miraba la calle, me estaba mirando a mí. El miedo y la incomodidad se dispararon. Benjamín me había dicho que ella estaba rara, pero no quiso darme detalles.
En ese instante, lo supe con una certeza fría: Mi amigo no volvería.
Con manos temblorosas, desaté la cuerda que seguía enganchada en la pared. Me acerqué para cerrar la ventana, y cuando mis ojos volvieron a la casa de al lado, el horror me hizo retroceder.
La mamá de Benjamín ya no estaba en la cocina.
Ahora estaba observándome desde la ventana delantera de la sala de estar. Más cerca. Su rostro completo era visible, y era aterrador. Sus ojos fijos, oscuros, no parpadeaban. Su piel tenía un tono enfermizo, tan blanco que parecía brillar. Lo peor era su boca: una sonrisa ancha y antinatural, que parecía estirarse demasiado en su rostro como si dos pinzas la agarraban en cada esquina de su rostro. Provocando que esa sonrisa sea aún mas macabraba.
Tiré de las cortinas con tal fuerza que el riel de metal sonó. El impacto del encierro fue tan repentino que sentí que mis piernas se volvían gelatina, y caí de espaldas al piso con un golpe seco.
Mamá irrumpió en mi habitación, pálida por el ruido.
"¡David! ¿Estás bien?" Me levantó de un tirón y me sentó en la cama. Sus ojos pasaron de mí a la ventana cubierta y volvieron a mí, llenos de terror contenido.
"¿Estabas viendo por la ventana, David? ¿Qué viste? ¿Había alguna de esas criaturas en el patio?" Su voz era un susurro roto, pero exigente.
Mi mirada cayó sobre la esquina oscura bajo el escritorio, y por primera vez, el miedo al rincón y el miedo a la mujer se sintieron igual. Como si la oscuridad maligna no estuviera solo en mi cabeza, sino en todas partes. Como si el silencio retumbara como gritos en mis oidos.
"¡David, respóndeme!" gritó Mamá, su compostura finalmente quebrándose.
Papá entró con el ceño fruncido, su mano tocando inconscientemente el bolsillo de su abrigo. "¿Qué está pasando, Grace? ¿Por qué gritas?"
"David estaba junto a la ventana. Está asustado. No sé qué vio," musitó Mamá, acercándose a Papá en busca de seguridad.
Papá adoptó su postura falsa de control. "Está bien, Grace. A veces los niños inventan cosas. Se asustan solos," dijo, dándome una mirada severa. "Y tú, jovencito, sabes que está terminantemente prohibido acercarse a la ventana. No lo hagas de nuevo, o te quedas sin jugar por una semana."
Asentí, bajando la cabeza. No inventé nada. Vi a esa mujer. Y esa sonrisa no era de una persona.
Tiempo después con el corazón pesado, agarré un lápiz. Dibujé a Benjamín y a mí jugando al escondite. Éramos muy buenos en ese juego. ¿Estará escondido? Una lágrima caliente cayó sobre el papel, emborronando el dibujo. ¿Y si le mando una carta, los monstruos sabrán leerla?
Se me ocurrió la locura de saltar a su ventana para rescatarlo. Pero mi plan tenía dos grandes agujeros: No soy nada atlético, y lo más importante, ¿y si esa mujer o algo más me agarra a mí? No tengo diez años para usar el arma de Papá.
Decidí abortar la misión. En ese momento, sentí de nuevo esa extraña sensación de ser observado. Levanté la vista. Era Fifi, mi gata, en la puerta, con sus ojos curiosos.
"Hola, Fifi. ¿Sabes cómo rescatar a alguien?" Le di mimos y me reí ligeramente. "Sí... yo tampoco sé."