Encerrados (el Fin De La Confianza)

Capítulo 4

Esa tarde, después del boletín, la casa se sintió distinta. No se sentía con ese silencio normal, se sentía mucho más denso.

Mis pies, involuntariamente, hacían un golpe pequeño y repetitivo contra el suel.

Fifi no apareció a la hora que solía hacerlo. Al principio no lo noté. Pensé que estaría durmiendo en algún rincón ya que ella siempre encontraba un sitio nuevo, pero después de un rato el silencio sin su ronroneo se volvió incómodo.

Papá subió al ático sin decir una palabra. Antes ni se acercaba ahí, decía que el olor a encierro lo mareaba. Pero ahora subía todos los días, como si hubiese encontrado allá arriba algo que lo obligara a quedarse horas y horas. La escalera crujió cuando lo escuché subir, y luego, unos segundos después, se oyó un golpe seco. Uno solo. Después, nada. Pensé que tal vez había tirado alguna caja. Pensé... pensé en demasiadas cosas. Unos minutos más tarde bajó. La expresión de su rostro era una combinación que nunca le había visto: cansancio, angustia, culpa. Su ropa tenía pequeñas manchas marrones en las mangas, pero las ocultó enseguida pasando los brazos detrás del cuerpo.

—¿Papá? —murmuré.

No respondió. Pasó de largo, caminó hacia la cocina, abrió la canilla y dejó correr el agua durante mucho tiempo. Más del que hacía falta.

Yo seguí pensando en Fifi. Ella nunca tardaba tanto en aparecer…

Mamá estaba en la sala, sentada frente a la ventana cubierta con tablones de madera. Esa ventana se había convertido en su nuevo lugar favorito. La luz que se colaba por los bordes iluminaba apenas su figura. Tenía la misma bufanda entre las manos, una lana gris que llevaba días tejiendo. O eso creía. Miré mejor: no era que la bufanda crecía... era que ella la tejía y la destejía. Una y otra vez. La lana pasaba por sus dedos con un ritmo automático. Tejía unas filas, luego fruncía el ceño, respiraba rápido y comenzaba a deshacer todo lo que había avanzado. El ciclo se repetía sin que pareciera darse cuenta. Su pelo estaba recogido en un rodete flojo, desordenado. Tenía ojeras profundas, como si hubiese llorado durante horas. Su remera, que solía estar impecable, tenía manchas de café y arrugas que antes jamás habría permitido. La observé unos minutos. Era como si ya no estuviera del todo ahí.

Llegué incluso a preguntarme si era mi mamá.

—¿Mamá, viste a Fifi? —pregunté finalmente.

Sus manos se detuvieron. Por un momento pensé que iba a responderme, pero después volvió a tejer. Como si no me hubiera escuchado.

. . .

Esa noche, papá entró a mi habitación. No tocó la puerta; ya nadie tocaba la puerta últimamente.

—David —dijo—, estuve revisando la casa. Por seguridad. Es mejor que no busques a Fifi por un tiempo.

—¿Por qué? ¿La encontraste? ¿Está bien?

No me miró. Sus ojos estaban clavados en el piso.

—Solo... Haceme caso, ¿sí? Quédate en tu cuarto cuando no estés con nosotros.

Sentí un nudo en la garganta.

—Papá, la extraño.

Su mandíbula tembló. Apenas un segundo, pero lo noté. Abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió. No dijo nada y se fue. Escuché cómo apoyaba la frente en la madera del pasillo. Y luego escuché cómo respiraba, entrecortado. Como si contuviera un llanto. No entendía qué estaba pasando. Creo que no quería entenderlo.

Días después, un día en específico mientras desayunábamos, papá tenía las manos temblorosas. No comió casi nada. Mamá tampoco. La comida ya no estaba siendo elaborada, ni rica. Mamá solo tenía las latas de reserva y las ponía en la mesa.

Ella seguía con su bufanda de lana gris; ahora solo quedaba un ovillo pequeño, como si hubiese destruido más de lo que había tejido.

Yo volví a preguntar por Fifi, con un hilo de voz. Ellos solo se miraron. ¿Por qué se miraban así? Pero nadie respondía. ¿Nadie iba a responder?

Tragué saliva, sintiendo un hueco enorme en el pecho. No sabía qué había pasado exactamente. No podía imaginarlo del todo. Pero el aire de la casa, pesado y triste, me lo decía.

Fifi no iba a volver, aunque yo no lo entendiera del todo, el mundo afuera y ahora también adentro estaba lleno de cosas que imitaban lo que más amábamos hasta que dejaban de serlo. ¿Cómo un mundo puede imitar lo qué más amo?

Después de ese pensamiento empecé a sentir que la casa ya no era la misma, y que quizá ninguno de nosotros tampoco lo era.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.