El cuarto estaba oscuro. Solo podía escuchar mi respiración agitada y el incesante, repetitivo sonido del reloj haciendo “tic tac”
Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac.
Mi labio tiritaba levemente. Cerraba los ojos fuertemente y agarraba con fuerza la sábana con la que me cubría.
Mi mirada se fijó en la oscuridad del escritorio que se encontraba en una esquina de la habitación.
Extrañaba mucho a Fifi. Ella se movía por la habitación con valentía a pesar de que no había ninguna luz prendida. Me hacía pensar que todo estaba bien y que podía dormir tranquilamente.
¿Pero cómo poder dormir con todo lo qué estaba pasando?
Tenía miedo de cerrar los ojos. Ver plena y total oscuridad. No tener conciencia de lo que sucede a mi alrededor. Estar vulnerable en una casa que ya no se sentía segura.
Entonces, el reloj dejó de ser el único sonido.
Scratch... scratch...
Me congelé. El pulso se me aceleró tanto que sentí un zumbido en los oídos. No venía de la ventana.. El sonido venía de adentro de la casa, justo en la base de la puerta de mi habitación. Alguien, o algo, estaba raspando la madera desde el pasillo.
Scratch... scratch...
Era un rasguño suave, idéntico al que hacía Fifi cuando quería entrar a dormir conmigo. Por un milisegundo, la parte más desesperada de mi cerebro quiso saltar de la cama, abrir la puerta y abrazarla. Pero la voz del locutor de la radio resonó en mi mente: “Pueden replicar patrones de comportamiento... No confíen”.
¿Y si lo que estaba del otro lado no era ella? ¿Y si era lo que mi papá había estado ocultando en el ático? ¿Y si era una trampa?
El debate interno me carcomía, pero el miedo ganó. Decidí no abrir.
De repente, el raspado cesó. El silencio volvió a reinar, pero duró poco. Escuché el arrastrar de unos pasos pesados y lánguidos, alejándose por el pasillo en dirección a la cocina. Ahí me di cuenta. No eran las pisadas ligeras de un gato. Era algo mucho más grande.
Esperé unos minutos en la oscuridad, temblando. Lleno de dudas y con angustia supe que no podía quedarme ahí sin hacer nada. Necesitaba saber qué estaba pasando.
Me deslicé fuera de la cama con el mayor cuidado posible. El piso estaba helado. Caminé de puntillas y abrí la puerta apenas unos centímetros. El pasillo estaba en penumbras. Al pasar por delante de la habitación de mis padres, noté que la puerta estaba entornada. Espié rápidamente: la cama estaba vacía y las sábanas revueltas. No había nadie.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Giré la cabeza hacia el final del pasillo y el corazón se me detuvo por completo. La trampilla del ático estaba abierta. La escalera colgaba hacia el suelo y, desde el rectángulo oscuro del techo, se filtraba una luz tenue, amarillenta y parpadeante.
Subí el primer escalón. Crujido. El sonido me pareció ensordecedor. Subí el segundo. El olor a encierro del que hablaba mi papá me golpeó la nariz, pero ahora venía mezclado con algo más... un olor ferroso, dulce y metálico. Olor a sangre.
Cuando mis ojos quedaron al nivel del suelo del ático, la luz de una vieja lámpara me permitió ver el desastre. Había un olor nauseabundo. Había cajas volcadas y, en el centro, un gran charco oscuro. Me acerqué temblando, conteniendo las náuseas. En medio del líquido espeso carmesí brillaba algo metálico.
Me agaché y lo levanté Era un collar rojo, con un pequeño cascabel plateado que no emitió sonido porque estaba pegado por la sangre seca. El collar de Fifi.
Se me cortó la respiración. Todo encajaba de la peor manera. Antes de que pudiera procesar el dolor, un ruido abajo me hizo dar un salto.
¡BZZZZZZZZZZZZZ!
En la planta baja, la radio de la cocina se encendió sola. La estática llenó la casa, distorsionada y violenta. Y entonces, a través del ruido blanco, una voz fuerte y clara resonó desde la cocina.
—¿David? ¿Hijo? ¿Estás en tu cuarto? —era la voz de mi papá. Sonaba preocupado, normal, idéntico a la de siempre.
Sentí un segundo de alivio, pero antes de que pudiera gritar para responderle, un nuevo sonido me congeló la sangre en las venas.
Justo abajo de la escalera del ático. En el pasillo.
Crujido... Crujido...
Unos pasos pesados, idénticos a los que había escuchado antes, empezaron a subir los escalones de madera, uno a uno, viniendo desde la oscuridad directa hacia mí.
La voz de mi papá seguía llamándome desde la cocina, abajo. Pero alguien, con el mismo peso y la misma silueta de mi papá, estaba terminando de subir al ático en ese mismo instante.
¿Quién demonios estaba en la cocina? ¿Y quién estaba subiendo?