San Francisco olía igual.
O tal vez era su memoria convenciéndose de que nada había cambiado.
El recibimiento de Derek en el aeropuerto fue ensordecedor. Gritos, pancartas, cámaras. Sonrisa comercial, saludos amables.
Firmó cuántos autógrafos como pudo, hasta que su equipo prácticamente lo empujó dentro de un vehículo blindado.
Su ciudad, a pocos metros, y aun así inalcanzable.
El hotel era tan lujoso que dolía. Desde la ventana podía ver varias cuadras, y también a un pequeño grupo de fans esperando abajo.
No sabía si sentirme querido o vigilado.
Intentó descansar, pero fue imposible.
Intentó escribir algo, tampoco pudo.
Su pecho volvió a tensarse.
No era dolor físico, era esa sensación de estar atrapado incluso cuando nadie te está tocando.
Decidió subir a la piscina del último piso. Molly insistió en avisar a seguridad, pero Derek no quiso, dijo que no hacía falta.
Error.
Apenas abrió la puerta del área de spa, un par de huéspedes lo reconocieron, luego otros, y otros.
En cuestión de segundos, el espacio se volvió demasiado pequeño.
Demasiadas voces.
Demasiadas manos.
Demasiadas cámaras.
El aire comenzó a escasear.
Sintió el suelo moverse bajo sus pies.
—Derek —la voz de Billy sonó cerca, firme— Mírame.
Pero él ya no podía enfocarlo.
Luego, luz blanca.
Se despertó en una camilla, con el olor a desinfectante clavándose en su nariz.
— ¡Te desmayaste!—dijo Billy sin rodeos.
—No dramatices.
—No estoy dramatizando. Estrés, falta de sueño, bajada de azúcar. ¿Te suena algo?
La cabeza aún le daba vueltas. Se pasó una de sus manos por el rostro.
Perfecto.
Si esto se filtraba, los titulares serían hermosos.
“Preocupación por la salud de Derek Green.”
“¿Demasiada presión?”
—No llames a mi madre —murmuró.
—No lo hice. — Billy suspiró.
Eso dolió más de lo que esperaba, porque significaba que también estaba aprendiendo a ocultar cosas.
Pasaron dos días.
Demasiada vigilancia, demasiado control,
demasiado tiempo para sobrepensar.
Revisó el contrato del programa hasta memorizar cada cláusula e indicación sobre qué decir y qué no, cómo reaccionar ante los participantes, que tanto sonreír.
Cuando Billy salió para una reunión urgente, decidió que necesitaba aire, por lo que convenció a los guardaespaldas de que caminaría solo un par de cuadras. Siempre escoltado por ellos, claro.
Eso funcionó durante cinco minutos, hasta que divisó a lo lejos un callejón vacío, sin flashes, sin gritos.
No lo pensó, solo caminó.
Y siguió caminando más rápido.
De un momento a otro, dejó de reconocer las calles. El barrio era distinto, casas pequeñas, puestos de comida, niños jugando en la acera.
Y entonces lo sintió.
Aroma a manzana caramelizada.
Fue absurdo lo fuerte que el recuerdo lo golpeó. De repente tenía ocho años otra vez, regresando a casa de sus clases de música.
Una sonrisa escapó de sus labios sin darse cuenta. Y ahí fue cuando chocó contra alguien.
—¿Es tradición tuya atropellar a las personas así o es que hoy es mi día de suerte? —dijo una voz áspera.
Alzó la vista.
Ojos grises, muy intensos.
Lo escanearon por un segundo, pero no como un fan mira a su ídolo, no como a una celebridad.
Lo miraban como estorbo.
—Disculpa, yo…
—Si, sí, no digas más, no es la gran cosa... Ah, excepto por el hecho de que llegaré tarde al trabajo.
—Podrías intentar no ser tan grosero.
—Podrías mirar por dónde caminas.
El extraño le arrebató las hojas de las manos, sin siquiera agradecer y continúo su camino.
Derek lo siguió sin saber muy bien por qué.
—¿Se te perdió algo? —preguntó sin mirarlo.
—Mi dignidad, probablemente.
—No eres de aquí, ¿Cierto? — Lo estudió de arriba a abajo.
—¿Es tan obvio?
—Mucho.
—Solo necesito llegar al centro para tomar un taxi.
El chico de ojos grises dudó por un segundo, luego asintió. Caminaron en silencio unos minutos, y por primera vez desde que llegó a la ciudad, nadie lo adulaba, nadie le pedía nada.
Se sentía normal, demasiado normal.
Cuando el ruido de la avenida volvió, también volvió su realidad. Una enorme marquesina con su rostro anunciaba la próxima gira.
Mal momento para haber bajado su capucha.
La mirada del chico pasó del anuncio a Derek.
Y se quedó ahí, no con emoción, no con admiración, solo reconocimiento.
—Espera… ¿Ese eres tú?
Murmullos alrededor, gente señalando.
—Sí. Derek Green, un gusto — dijo resignado . Ahora, si quieres burlarte, hazlo rápido y ayúdame a salir de aquí.
—Tienes un concepto interesante de ayuda
Pero lo tomó de la muñeca.
Y corrieron.
No como celebridad y desconocido, solo dos chicos escapando de algo.
Ninguno sabe exactamente cuánto tiempo les tomó llegar, pero cuando se detuvieron para respirar, ya estaban frente al hotel.
—Aquí está su castillo —dijo el extraño de ojos grises y cabello alborotado.
—No es mío.
—Claro.
Y lo miró de nuevo, más despacio esta vez, más analítico.
Algo en su pecho hizo un movimiento extraño.
—No me dijiste tu nombre — Añadió Derek estabilizando su respiración.
—Kai Morris — hizo una breve pausa. — Asistente de dirección de A viva voz, el placer es todo tuyo.
Ah.
Así que el destino si tenía sentido del humor,
pensó Derek mientras ordenaba las ideas en su cabeza.