Encuéntrame en una canción.

Un almuerzo con caída de postre.

Derek podría simplemente fingir que lo de ayer no había pasado, que no se había desmayado, que no había escapado del hotel. ni activado media alerta en el equipo de seguridad, pero incluso él tenía límites.

Ahora oficialmente se encontraba “bajo supervisión”, una forma elegante de decir “castigado”. Ni siquiera su madre lo castigaba cuando era niño, y ahora, con veintiún años, alguien controlaba literalmente cuándo podía salir de una habitación.

Llamó a casa antes de que Billy pudiera detenerlo, pues no soportaba seguirle mintiendo a su mamá. Y aunque no le contó todo, dijo lo suficiente como para que ella supiera que estaba en la ciudad. La emoción al otro lado de la línea hizo que la culpa se instalara de nuevo en su pecho.

Cerca del mediodía, Billy apareció con su típica expresión de “compórtate”.

—La producción organizó un almuerzo de bienvenida —anunció—. Será en casa de Tom.

—¿Tom quién? —preguntó Derek

—Tom Whitaker. Es el dueño de la productora.

La residencia era exactamente lo que Derek imaginaba: enorme, impecable, intimidante. Mientras cruzaba el jardín perfectamente cuidado, recordó la casa en la que creció. Más pequeña, más real.

—Compórtate —susurró Billy, está vez con palabras, no con la mirada.

—Siempre — respondió con sarcasmo.

Tom lo recibió con una sonrisa ensayada.

—"Nuestra estrella".

Otra vez esa palabra.
Derek no se consideraba una estrella.
Las estrellas estaban lejos, no se sentían, no se equivocaban.

Le presentaron a productores, estilistas, ejecutivos. Todos hablaban de números, audiencia, impacto en las redes. Él solo asentía, sonreía, cumplía su papel.
Hasta que escuchó una voz que reconocería entre miles.

—Deborah, ¿necesitas los contratos firmados hoy o mañana?.

Kai.

Vestía una camisa blanca ligeramente desabotonada, jeans negros, portafolio bajo el brazo, expresión igual de poco impresionada que la primera vez. Ni una sola mirada hacia él, como si no le importara.
Eso lo molestó más de lo que debería.

Deborah, la esposa de Tom, le dió a Derek una pequeña palmadita en el hombro.

—Eres tan joven, tan fresco. El público va a adorarte.

"Pareces un muñequito". Eso dijo antes. Derek sonrió sin enseñar los dientes, necesitaba aire.

La sala de juegos estaba en el tercer piso. Entró buscando silencio y encontró recuerdos: consolas, mesas de billar, antiguos juegos de arcade. Por un instante, imaginó qué habría pasado si su vida hubiera sido distinta, si hubiera podido quedarse allí, siendo solo un chico más.

—Vaya. No sabía que tenías tiempo libre.
La voz de Kai lo atravesó antes de verlo.

—¿Me estás siguiendo?

—Créeme, si te estuviera siguiendo lo haría con más entusiasmo.

—¿Siempre eres así de encantador?

—Solo con quienes creen que todo les pertenece.

—No creo que nada me pertenezca —respondió Derek, más serio de lo que esperaba.

—Eso no es lo que parece desde afuera.

Había algo en su tono. No era burla, era juicio, y tal vez, experiencia.

—Vamos a trabajar juntos —continuó Kai— Podríamos intentar no odiarnos.

—Yo no te odio.

—Ah, ¿no?

—No odio a las personas, odio lo que representan.

Eso dolió un poco más. Pero antes de poder responder, retrocedió un paso mal calculado y tropezó con la esquina de la alfombra, perdiendo el equilibrio. Kai intentó sostenerlo, pero no tuvo éxito.
Terminaron en el suelo. Demasiado cerca, demasiado rápido, su mano aún sobre la cintura de Derek.

Y por un segundo, muy breve, ninguno se movió. No era romántico, era eléctrico.

La puerta se abrió, y un destello blanco los cegó, seguido del sonido de una cámara resonando como un disparo.

—Ups —dijo una voz femenina desde la entrada— No sabía que esta sala estaba ocupada.

Kai se apartó de inmediato. Derek se quedó inmóvil, entendiendo algo antes de que se lo dijeran. Eso no era solo una foto inocente, era un titular. Y en esta industria, una imagen fuera de contexto vale más que cualquier explicación.

Kai lo miró. No con vergüenza, no con enojo, con advertencia.

—Te dije que odio lo que representas.

Y por primera vez, Derek tuvo la sensación de que el problema no era la caída, era todo lo que vendría después.



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Editado: 05.03.2026

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