Encuéntrame en una canción.

¿Noche estrellada o estrella eclipsada?

Eran alrededor de las siete de la tarde en las oficinas de la disquera. Billy cruzado de brazos con una expresión de querer matar a alguien.

—¡Tienes diez segundos para explicar qué carajos es esto! —le lanzó a Derek una revista que impactó directamente en su pecho antes de caer al suelo.

La portada hablaba por sí sola: una fotografía perfectamente encuadrada de él encima de Kai. El titular era aún peor: “¿Nueva pareja sorpresa del ídolo pop?”

—Ese ni siquiera se parece a mí —respondió encogiéndose de hombros— Creo que me confundes con alguien más, pero tranquilo, pasa todo el tiempo.
Billy no sonrió.

Un segundo le había tomado a la paparazzi disparar el flash, un segundo le tomó a Derek ponerse de pie y salir de la sala sin decir una palabra. Para cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, ya estaba en la calle, caminando rápido… luego corriendo.
No sabía hacia dónde iba, solo que necesitaba pensar.

Las horas pasaron sin que las notara. El aire frío de la noche despejó un poco su cabeza, hasta terminar en la costa, con el puente Golden Gate iluminando a lo lejos.
Se sentó sobre unas rocas, y el sonido del agua golpeando contra la orilla era constante, casi hipnótico. Por primera vez en todo el día, nadie lo miraba. Solo era Derek.

Alzó la vista al cielo. Las estrellas parecían pequeñas, lejanas e indiferentes. Y sin embargo, se sentía más honesto que cualquier alfombra roja.

Hasta que apareció Kai.

—Tiene que ser una broma — Derek murmuró, sin siquiera girarse del todo — ¿Tú de nuevo?

—No sabía que este lugar era de tu propiedad.

—¿Me estás siguiendo?

— Ya cansas estrellita. Deja de creer que todo el mundo te sigue.

Derek rodó los ojos, pero no se movió, Kai tampoco. El viento sopló más fuerte, el silencio se instaló entre ellos, pesado y extraño. Ya no había público, ya no había flashes, solo el sonido del mar.

—No te cansas, ¿verdad? —dijo Derek al fin.

—¿De qué? — cuestionó Kai.

—De ser tan… bueno, tan tú.

Una sonrisa apenas visible curvó los labios del pelinegro. Derek intentó caminar, pero Kai se interpuso.

—No tan rápido, niño bonito.

—Ah, ¿Así que te parezco bonito? Ahora todo tiene sentido.

—Sigue soñando.

Y entonces sucedió algo incómodo. No discutieron, no se insultaron, nada de sarcasmo inmediato, solo se miraron.
Sus ojos grises reflejaban la luz lejana del puente. No decían nada, y al mismo tiempo parecían decirlo todo. Derek sintió algo extraño en el pecho.

—Bueno… —Kai rompió con el momento— Hay demasiada gente aquí para mi gusto, iré a ser miserable en otro lado.

"Demasiada gente". Eran cinco personas dispersas en toda la costa. Lo lógico habría sido dejarlo ir, volver a su hotel, dejar de complicarse la vida. Pero no lo hizo.

Ya no sabía si corría por orgullo, terquedad o porque no soportaba la idea de que Kai simplemente desapareciera.

—¡Espera! —gritó antes de alcanzarlo.
Y, como si el universo necesitara humillarlo una poco más, tropezó con sus propios cordones y cayó de cara contra la arena. Perfecto.

—Vaya, sí que eres un espectáculo digno de ver.

Derek alzó la vista dispuesto a insultarlo, pero se encontró con algo que no esperaba, una mano extendida.

—¿Cuál es el truco? —preguntó desconfiado.

—Contigo no se puede —bufó Kai—. Pero se ve que tienes todo bajo control.

—No, espera —tomó su mano de un tirón y se puso de pie—. Claramente necesito ayuda. Pero profesional, incluso psiquiátrica, diría yo.

Por primera vez, Kai soltó una risa genuina. No era burla, no era sarcasmo, era real.
Y ahí estaban sus hoyuelos.
Pequeños, traicioneros. Algo en el estómago de Derek dió un vuelco extraño.

—¿Tienes algo que hacer ahora? — Kai preguntó casi en un susurro.

—¿Cómo?

—Olvídalo.

—No —tragó saliva—. Podemos… hacer algo. ¿Qué tienes en mente?

—Nunca dije que quisiera salir contigo, niño.

—Claro, claro. Solo camina antes de que nos dé hipotermia.

Terminaron en un pequeño bar cerca del puerto, donde apenas había gente. Música baja, luces cálidas.
Pidieron cerveza, y hablaron. Al principio solo tonterías, luego cosas más reales.
Derek descubrió que Kai odiaba las fiestas de producción tanto como él, que no soportaba la falsedad. Y que trabajaba ahí por dinero, no por admiración, pues su verdadero sueño siempre fue ser director de cine.

—¿Y tú? —preguntó Kai después de un largo silencio—. ¿Siempre quisiste ser esto?

Ahí está. Él dijo “Esto”. No cantante, no súper estrella.

—Siempre quise hacer música —respondió Derek— Lo demás vino incluido.

—¿Y te gusta lo demás?

No supo qué contestar. Pensó en los contratos, en los patrocinadores, en las sonrisas ensayadas, en la palabra “ídolo”.

—A veces me gustaría ser solo un chico de veintiún años —admitió—. Sin que todo el mundo tenga una opinión sobre mi vida.
Kai le sostuvo la mirada, más serio que antes.

—Eso no te lo van a permitir tan fácil.

Las horas pasaron sin que lo notaran. Cuando el cielo empezó a aclarar, el frío volvió a sentirse. Y con él, la realidad.

Al regresar al hotel, Billy lo esperaba en el lobby con el ceño fruncido. A su lado, el equipo de seguridad, y Molly hablando por teléfono como si estuviera coordinando una evacuación nacional.

—Si valoras tantito tu vida, no digas nada y sube —murmuró Billy entre dientes.
Derek obedeció. Apenas cerró la puerta de la habitación, todo explotó.

—¿Tienes idea de lo que hiciste?

—¿Tropezarme? Sí, bastante claro.

—¡No es gracioso! —golpeó la mesa con la revista—. Hay cláusulas, Derek. Cláusulas de imagen, patrocinadores, un contrato que especifica como debe ser tu comportamiento público.

—No maté a nadie.

—No, pero te fotografiaron encima de un empleado del programa en el que vas a participar. Y luego desapareciste toda la noche. ¿Sabes lo que eso parece?



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Editado: 05.03.2026

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