No recuerdo exactamente cómo todo comenzó. Pero lo que si tengo son vagos destellos de algunos acontecimientos.
Mi trabajo es horriblemente monótono; no requiere el mayor esfuerzo, es aburrido y repetitivo. Es el clásico empleo que no puedes eliminarlo ya que gracias a él, las deudas y todas las necesidades que se requieren para conservar un estilo de una vida relativamente “decente” quedan satisfechas.
Aunque lo que me perturbaba no era ese deprimente bucle en donde mi vida se detenía durante ocho horas.
Existían noches en donde mis obligaciones laborables se extendían, para mi pesar, el ciclo legal de las ochos horas. Papeles que llegaban a último momento, problemas con el mismo pasante que no entendió la importancia de completar un formulario dirigido al vicepresidente de la empresa; entre otras mierdas parecidas.
Y cuando esos “maravillosos” acontecimientos ocurrían, mi culo recibía la sentencia de agregar dos o tres giros extra de la aguja gorda del reloj.
Una vez terminada la tarea. Con la oficina devorada por las tinieblas y el silencio. De intercambiar miradas con el guardia nocturno. De completar mi viaje de treinta minutos desde mi despacho de contabilidad hasta mi departamento. De estacionar el vehículo en la acera porque cada vez que mis obligaciones se extendían, los estacionamientos más cercanos ya estaban ocupados por los demás inquilinos (eso significaba agregar unos metros de caminata antes de que mi cuerpo se desplomara sobre la cama), era donde comenzaba mi verdadero problema.
Los vagos destellos que conservo en la memoria es verlo a lo lejos; observándome. Aunque no pueda jurar que se tratase de él.
Debo confesar que las primeras veces si era algo irritable. Consideraba que no poder llegar rápido a mi hogar después de realizar horas extras por culpa de un tonto perro callejero, era solo otro “cachetazo” del infortunio.
Le acariciaba su cabeza, le rascaba su lomo, e incluso una vez intenté darle los últimos trozos de mi sándwich de jamón solo para obtener su rechazo.
Parecía ser que la misión de aquel ser de cuatro patas era evitar que yo llegase a mi departamento. Sé que suena absurdo pero ese animal, a pesar de que era un perro bastante entrado en edad, mordía con firmeza el lateral de mi pantalón manteniendo mi pierna inmóvil.
Luego de que le realizaba repetidas caricias por todo su cuerpo, y extendiéndome unos minutos extras, el viejo perro ignoraba mi contacto y se quedaba con la mirada clavada hacia arriba. Como si se aseguraba de algo. Aunque lo que más me impresionaba era su capacidad de hacer trabajar esa nariz. La subía, la bajaba, la arrugaba, volvía a su estado natural y luego de unos segundos; el ciclo se repetía.
Con la misma velocidad que todo comenzaba, mi encuentro terminaba. El animal me miraba, ladraba unos segundos y se alejaba a paso firme para perderse en la noche.
Aquellos encuentros tuvieron su auge durante todo el invierno. Yo me estaba agotando de todo aquello. Así que una noche, después de que me llegara un E-mail de la empresa informándome que había cierto formulario, que cierto pasante pasó por alto; supe que mi encuentro con el viejo perro era algo inevitable.
Le dedique mucho más tiempo. A las caricias y jugueteos le agregué una sincera sonrisa. Y al final de todo eso, y de hacer trabajar su sentido olfativo, el perro se marchaba. Pero esta vez había un agregado; lo seguiría.
Extrañamente su destino no era muy lejos de mi departamento. Solo un par de cuadras. Jamás lo había visto antes, no tengo recuerdos de haberlo visto de joven, ni a él ni a su dueña.
Pude colarme hasta el techo de aquel edifico, no era tan alto como el mío pero tenía su encanto. Y desde una posición privilegiada pude tener acceso panorámico al balcón de aquel departamento.
Paredes grises, pisos blancos y limpios; nada de eso me importaba un carajo más que la bandeja plateada que había en el centro. Pude ver al viejo perro acercarse a él y beber su contenido. Y al termina, una de sus patas chocó con esa cosa y dejó al descubierto lo que parecía ser su nombre. Lamentablemente por mi distancia no pude entender lo que decía: “Andrés”, “Ariel”… imposible saberlo. Espere que el perro se fuera y, al ver que no había nadie, saque mi celular y le saque una fotografía. Pensé que seguramente con el zoom podría distinguir aquel nombre.
Pero el destino me tenía algo mas planeado para esa noche. Dos cosas sucedieron para que saliera de ese lugar a toda marcha. Mi celular tenía el flash activado y, en el departamento de al lado, al mismo tiempo que mi celular vomitaba esa puta luz, una mujer se encontraba en su baño lista para entrar a la ducha. Toda la escena me hacia quedar como un pervertido. Sin contar con el grito de horror de aquella mujer.
Por suerte en ese edificio no había porteros o guardias. Recuerdo bajar a toda marcha, casi tropezándome entre escalones (no había tiempo de tomar el ascensor), abrir la puerta de entrada y correr sin parar hasta estar a resguardo en mi departamento.
Pasaron los días y las noches pero ese susto no termina de abandonar mi cuerpo. Hace varias noches que no vía al viejo can. Una noche me reporte enfermo solo para poder ir a verlo desde las alturas, pero esta vez sin fotos. Vi a su dueña fumando en aquel balcón junto a su bandeja, pero él no estaba.
Pensé que tal vez por su avanzada edad, la naturaleza hizo lo suyo. Mi corazón tembló más potente que mi teléfono al vibrar éste en mi bolsillo. Era otro puto E-mail informándome de la metida de pata del pasante. Pensé que en cualquier otra empresa que se considerase “seria” ese tonto recibiría la carta de despido el mismo día que ingresó. Pero supongo que ser ahijado del dueño tiene sus claros beneficios.
Ni siquiera leí la información, solo guardé el celular y volví a concentrarme en la escena que tenia a distancia.
Ella no tenía nada especial. Era simplemente una delgada mujer, tal vez en sus treinta, morena, con un cuerpo que gritaba: "voy al GYM pero también disfruto de los pecaminosos placeres de la vida"