Cerré la puerta de mi habitación mientras me quito los tacones, buscando el suelo frío, y caminé así a mi cama sin encender las luces y arrastrando los pies hasta dejarme caer en ella. Con un suspiro largo y cerrando los ojos digo: —Qué día...
—¿Corea del Sur, en serio? —la voz de Aidan llegó desde el rincón del balcón, con sarcasmo ligero que siempre me hace sonreír a pesar de todo.
—Podrías haber preguntado sobre sus modales inexistentes, pero elegiste el clima, Melania. —Me giro para verlo y le dedico una sonrisa cálida, mientras aún sigo acostada. Lo miro sentado con esa naturalidad de quien nunca se ha ido.
Aidan tenía la misma expresión divertida que recuerdo de nuestras tardes de infancia en el jardín trasero, esa mirada y esa sonrisa que solo me dedica a mí. Se veía exactamente como lo imaginé mientras soportaba las burlas de Kilian durante la cena o la falta de interés de mi padre en convivir con nosotros durante la cena. Aidan... mi refugio de calma en medio de mi constante tormenta.
—Bueno, al menos Milos intentó ser amable. —Le digo de forma agotada. Aidan, sin apartar la mirada de mí y aun sonriendo, se acerca, se sienta en la cama al lado de mí y me acaricia el cabello, inclinándose para darme un beso en la frente y susurra con una voz casi melódica: —Descansa, yo cuidaré de ti y de tus dulces sueños, ahora y siempre.
Abrí los ojos ya siendo un nuevo día; mientras me incorporo, noto que aún llevo puesto el vestido azul del día anterior y pienso. (Estaba tan agotada que se me olvidó quitarme el vestido anoche). Mientras pienso en eso, Eritia toca la puerta y entra.
—Con su permiso, mi señorita Melania... —Cierra la puerta y me mira mientras parpadea un poco sorprendida, pero sonríe diciendo: —Veo que la cena la dejó muy agotada para que olvidara cambiarse el vestido, señorita Melania. —Eritia suelta una risita mientras me ayuda a apararme para después ayudarme con el cierre del vestido para quitármelo.
Suspiro pesadamente mientras dejo que me cambie y me peine. —Si te contara Eritia... Kilian se pasó toda la cena criticando hasta cómo masticaba la comida... y bueno, el resto... Estaba hablando sobre sus propios temas, aunque, como siempre, mi padre nunca participa en las conversaciones y, si le preguntaba algo, me respondía cortante... Aun así, es mejor eso que comer sola todas las comidas y platicar con los cubiertos sabiendo que no van a responder —sueltó una risa melancólica.
Eritia detuvo el cepillo sin terminar de cepillar y me miró a través del espejo. Sus ojos mostraban calidez mientras suavizaba la mirada por completo.
—Ay, mi niña... —Susurró, retomando el cepillado en mi cabello con más delicadeza. —No deje que el joven Kilian le robe la paz ni la hermosa sonrisa que siempre tiene. Tenga paciencia, tarde o temprano el joven Kilian tendrá que madurar de una u otra forma y con respecto a su padre, usted sabe que desde siempre ha sido así con todos; no se lo tome a pecho, la vida adulta muchas veces nos obliga a actuar así, incluso con las personas que más queremos en el mundo. —Termina de ajustar un último broche en mi cabello y me coloca las manos en los hombros para decirme.
—Señorita Melania, escuche... Ahora debe bajar al comedor y volver a enfrentar a su familia, pero usted decide cuánto peso seguirán teniendo las opiniones de cada uno, en especial la del joven Kilian... Tómeselo con calma; como ya se lo había mencionado, sea usted misma y no deje que nadie opaque su encantador brillo, que hace que a todos los empleados de esta casa les guste seguir esforzándose y dedicarse a esta familia a pesar de las diferencias que cada uno tiene y demuestra.