Entro al salón con el corazón acelerado, todavía sintiendo el pequeño rastro de sus dedos rozando mi nuca. Me senté en mi lugar, sacando el cuaderno y abriéndolo en el pupitre. Pero mis ojos se quedaron fijos viendo a la nada mientras me acuerdo de la sonrisa de Aida sonriendo de forma boba.
—¿Mel? ¡Tierra llamando a Melania! La voz de Arlet me saca de mi trance. Estaba inclinada sobre mi pupitre, moviendo una mano frente a mi rostro con una expresión algo preocupada y curiosa. —¿Pasó algo en el pasillo? ¿O paso algo en tu casa antes de venir? Es que entraste con una expresión rarísima y te quedaste congelada por un momento mirando a la nada. Me dice con creciente preocupación en su voz.
—Nada de eso, estoy bien tranquila, le respondo rápido, tratando de ocultar mi nerviosismo bajando la mirada hacia mi cuaderno. —Es solo que mi familia llegó ayer del extranjero, así que no pude descansar muy bien por... la emoción de... volver a verlos.
Arlet pone una cara que siempre hace cuando no me cree. —Sabes que puedes decirme lo que sea, ¿verdad? ...A veces te pierdes tanto en tus pensamientos que me das miedo. Me insiste, bajando el tono. —Pareces... tan sola incluso si estoy aquí. Si hay algo que te esté pasando en casa, puedes decírmelo, y si no confías lo suficiente en mí, también está Indivar; aunque esté en otra clase, en los recesos puedes hablar con ella o con ambas, como prefieras. Me dice con preocupación.
Suavizo la mirada al encontrarme con sus ojos, y el pecho me arde con una punzada de culpa. Pero, ¿cómo explicarle que me siento sola incluso cuando me sostiene la mano? Las palabras se me quedan atoradas en la garganta. Si le digo que Aidan es el único que logra callar el ruido de mi corazón y mi cabeza, sentiré que estoy haciendo de menos todo el cariño que ella me da y no soportaría verla decepcionada. Me obligo a tragarme lo que estoy sintiendo. Prefiero seguir habitando este silencio solitario antes que arriesgarme a lastimarlas; o al menos hasta que aprenda a nombrar este vacío sin que suene a traición.
—Lo siento... no quería asustarte... sé que nunca estoy sola si estás tú, le digo suavemente, sujetando su mano y dándole un suave apretón para autoconvencerme de que no la estoy perdiendo a ella también.
Arlet guarda silencio unos segundos, observando nuestras manos unidas sin convencerse del todo, mientras suspira y se inclina hacia delante, apoyando su frente contra la mía.
—Está bien, Mel. No voy a obligarte a hablar ahora. Murmura mirándome a los ojos, pero con un destello persistente de preocupación en su mirada. —Pero no te acostumbres a ese silencio, que retienes, ¿okey?, porque tarde o temprano vas a necesitar aire. Aquí estaré cuando te sientas lista para soltarlo. Al terminar de decir eso, me dedica una sonrisa reconfortante y se separa de mí, pero sin apartar la mirada aún.