—Me mira de una forma extraña, como si... yo fuera algo frágil que proteger y tuviera miedo de que me rompiera en cualquier momento.
Aidan guardó silencio mientras me seguía escuchando atentamente sin apartar la mirada de mí, mientras el sol se filtraba entre las hojas del árbol creando patrones sobre nosotros. Se acercó aún más y me tomó entre sus brazos en un cálido abrazo, permitiendo que mi cabeza pudiera apoyarse en su pecho. Sentí su calidez como si los rayos del sol estuvieran envolviéndome. —Mel, Arlet puede ver que te estás alejando; aunque no lo creas, ella es muy perceptiva, que hay una parte de ti que no puede alcanzar, por eso se esfuerza tanto con los libros de Geografía.
Lo miro confundida, sin ver la relación de las cosas. Aidan me sonríe con una pequeña pizca de tristeza. —Ella cree que sí es más madura... si se vuelve más seria ante tus ojos; finalmente, podrías confiar en ella. Arlet siente que es demasiado inmadura y tonta para que tú le cuentes lo que te atormenta y hay en tu corazón. Quiere ser alguien en quien puedas confiar y apoyarte... alguien de quien sepas que sus consejos valen la pena.
Siento como un frío recorre mi columna al escuchar las palabras de Aidan; nunca lo había pensado ni visto de esa manera. Pensar que Arlet se estuvo esforzando toda la clase del profesor Logán no porque le interesaran las capitales del mundo, sino solo para que yo viera que ella era confiable, me hace sentir que el corazón se me arruga como papel. Me separo un poco del abrazo de Aidan y lo miro a los ojos angustiada.
—¿Ella se siente así? susurré, sintiendo una punzada de culpa en el pecho.
—Arlet te quiere tanto que está intentando cambiar su propia naturaleza solo para que no te sientas sola y te guardes las tristezas en tu corazón. - Aidan toma mi mano y se la lleva a sus labios, dejando un suave y tierno beso en mi dorso que me hace sonrojar, distrayéndome de la tristeza que siento.
—No dejes que su sacrificio te abrume, Mel, ella lo hace porque te ama; ahora come un poco... Milos se moriría si viera que estás dejando un rico soufflé sin comer. Dice sonriendo de nuevo, como siempre hace para apaciguar la tormenta que hay en mi cabeza y corazón.
Aidan se recostó en el césped y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro, mirándolo por un momento para después dirigir mi mirada donde las ramas del árbol parecían querer tocar el cielo.
—Gracias por ser mi sol, Aidan, susurré con una pequeña pero sincera sonrisa mientras cerraba los ojos.
—Siempre, mi querida Mel. Me respondió Aidan entrelazando nuestros dedos. —Pase lo que pase afuera, aquí siempre será nuestra primavera... te lo prometo.
Con los ojos cerrados, deseé que este almuerzo durara para siempre, mientras el sonido de una campana lejana me obligó a abrir los ojos con decepción. Pero por ahora, con el simple hecho de que Aidan estuviera a mi lado, era suficiente para mantenerme tranquila.