—Mel, yo... Susurro Arlet, antes de que volviera a hablar interrumpiéndola.
—Eres la persona más maravillosa que conozco. Digo separándome lo suficiente para verla a los ojos, que ya empezaban a cristalizarse.
—No tienes por qué cambiar, Arlet, por favor, no tienes que volverte más inteligente de lo que ya eres para que yo te considere un ancla... Lo que yo siento es complicado, pero no por eso quiero que cambies para decírtelo... Te quiero tal y como eres, alegre, divertida y bromista. Siento tanto haber sido tan mala amiga para cerrarme... Es solo que...
Me detuve al pensar en la decepción que temía ver en sus ojos y en los de Indivar. Si supieran la verdad de cómo me siento realmente. Lo sentí como un abismo imposible de cruzar. —Es solo que aún hay cosas que todavía me cuesta sacar... Terminé diciéndole, bajando la mirada.
Arlet me miró por un largo momento, para luego sonreírme con esa ternura que me hizo sentir de cristal pegando su frente con la mía de manera suave.
—Ay, Mel... qué tontita eres por sobrepensar tanto las cosas. Me dijo soltando una risita suave mientras me limpiaba una lágrima con el pulgar. —No me importa si no me cuentas todo hoy o mañana, incluso en un mes. Pero me basta con saber que me quieres aquí y que estas dispuesta a dejar que te ayude, siendo la misma Arlet distraída de siempre.
Esa calidez, el roce de su frente contra la mía, hizo que el nudo en mi garganta se aflojara, aunque no desapareciera por completo. Cerré los ojos un segundo, permitiéndome el lujo de no ser la Melania que siempre tiene que mantener la compostura. Y por un instante, el abismo que sentía entre mi realidad y lo que ellos conocían parecía menos profundo.
—Gracias, Arlet. Murmuré, mi voz apenas un hilo, casi perdido contra su respiración. —De verdad, gracias por no odiarme y dejar de ser mi amiga.
Ella se separó un poco para tomarme de las manos. Sus dedos estaban algo fríos, pero su tacto era firme, un ancla real por eso momento que me impedía flotar hacia la deriva de mis propios pensamientos.
—No tienes que agradecerme nada. Me dice, y su tono perdió la ligereza de hace un segundo para volverse seria, protectora. —Solo prométeme que, cuando el abismo sea demasiado grande para saltarlo sola, me dejarás lanzarte una cuerda. No pretendo que seas tú quien cargue con todo el peso, Mel. Ni tú, ni Indivar… nunca las dejaría solas.
—Lo prometo. Dije, y aunque mi mente todavía me advertía sobre el peligro de ser descubierta, mi corazón se sintió, por fin, un poco más ligero. —Pero dame tiempo, ¿sí? Solo un poco más de tiempo.
Arlet asintió, satisfecha, y me envolvió en un abrazo que sentí como un refugio momentáneo. Me quedé allí, apoyada en su hombro, sintiéndome aliviada pero triste al no poder ser sincera aun con ambas.
Después de un largo silencio, Arlet se separó y, con un cambio de humor tan drástico que me hizo sonreír a pesar de mis lágrimas, se sacudió la ropa y me miró con picardía.
—Bueno, basta de dramas por hoy, que esta versión es Premium. Dice dándome un empujoncito con su hombro soltando una risita—. Si seguimos así, terminaremos deshidratadas. ¿Qué te parece si vamos a buscar algo de comer y de beber? Siento que estoy por auto digerirme.
Solté una carcajada genuina, esa que ella siempre lograba sacarme incluso cuando el mundo se me caía encima.
—Tienes razón, Arlet. Vamos, antes de que te comas la mesa —le dije mientras me limpiaba los restos de las lágrimas en mis mejillas. – ¿además que hay con esa versión Premium, como la consigo? Digo sacando mi billetera, abriéndola mientras asomo mi tarjeta y ambas reímos más fuerte.