Encuentro Inesperado

Capitulo 10

El sol de la mañana se sentía más cálido de lo usual, o quizás era la resaca, no solo del alcohol, sino de la noche anterior. El plan para el día era un paseo en yate, parte de la celebración de cumpleaños de Gael. Nos reunimos todos en el puerto, y la energía del grupo intentó disipar la tensión que, al menos para mí, flotaba entre Hugo y yo.

Subimos al yate, una embarcación de lujo que hacía que el anterior pareciera un bote de remos. Clara y Gael estaban radiantes, riendo y bromeando. Alonso disfrutaba del paisaje, Hugo y yo, sin embargo, nos movíamos con una cautela inusual. Yo intentaba ignorar lo que había pasado la noche anterior, cada fibra de mi ser queriendo borrar las palabras que habían escapado de sus labios y mi cobarde huida. Hugo, por su parte, parecía seguirme la corriente, manteniéndose un paso atrás, respetando mi espacio.

Desayunamos uno junto al otro, sentados en la cubierta, el sonido de las olas un telón de fondo para nuestro incómodo silencio. Nuestras miradas se evitaban, solo se cruzaban por fracciones de segundo antes de desviarse. Nuestras manos, apoyadas en la mesa, se rozaban sin querer cada tanto, enviando una chispa que yo intentaba ignorar. La conversación era general, sobre el mar, sobre el hotel, cualquier cosa que nos mantuviera a salvo de la conversación pendiente. El ambiente era festivo para los demás, pero para mí, la pregunta silenciosa de la noche anterior resonaba con fuerza en cada latido de mi corazón.

La tarde se deslizó perezosamente sobre el yate. El sol, ahora menos intenso, invitaba a la introspección. Me encontraba en una de las cubiertas, buscando un momento a solas, cuando sentí una presencia a mi lado. Era Hugo. Mi corazón dio un pequeño salto, pero su expresión era de genuina preocupación, no de la coquetería habitual.

—Ariadna,— comenzó, su voz suave, — quiero disculparme si anoche te hice sentir incómoda. Solo quería dejarte en claro que en serio te quiero como una amiga, y lo último que quiero es hacer algo para arruinar eso.

Un alivio inundó mi pecho. Las palabras que había estado esperando. —Hugo—, le dije, mirándolo a los ojos, — yo también te quiero mucho, y lo último que quiero es que las cosas cambien entre nosotros. Lamento si me comporté raro, pero hablar de sentimientos... no es lo mío—. Una pequeña risa nerviosa escapó de mis labios.

Él asintió, su mirada comprensiva. —Lo comprendo. ¿Entonces, todo bien entre nosotros?.

Asentí, sintiendo cómo la tensión abandonaba mi cuerpo. Él hizo un gesto juguetón, abriendo los brazos en un ofrecimiento silencioso. No dudé.

Acepté el abrazo, y por un momento, el peso de mis inseguridades y mis miedos se disipó en la calidez de su amistad. Era un abrazo sincero, sin segundas intenciones, y en ese instante, supe que nuestra amistad, por improbable que pareciera, era real.

(...)

El abrazo en la cubierta del yate marcó un punto de inflexión. La tensión se disipó por completo, dejando espacio a una ligereza que ambos parecemos anhelar. La amistad con Hugo, que había comenzado con una serie de malentendidos y suposiciones, se cimentó en ese momento de honestidad. Comprendí que, a pesar de su fama de mujeriego, Hugo valoraba la sinceridad y la conexión genuina. Y él, por su parte, pareció aceptar mi reticencia a los sentimientos complicados, al menos por ahora.

El resto del día en el yate transcurrió con una naturalidad reconfortante. Las risas volvieron a fluir sin esfuerzo. Compartimos historias, bailamos improvisadamente al ritmo de la música que sonaba desde los altavoces del yate, y simplemente disfrutamos de la compañía mutua y la belleza del mar. Hugo y yo nos encontramos en una sintonía que no habíamos anticipado, una facilidad para la conversación que no exigía esfuerzos ni lecturas entre líneas. Era liberador.
Al atardecer, cuando el yate regresó al puerto y las luces de Marbella comenzaron a encenderse, nos despedimos del resto del grupo. Gael y Clara, visiblemente más unidos, se prometieron una próxima cita.
Hugo me llevó de regreso a mi hotel.

El silencio en el coche era ahora un silencio de camaradería, de entendimiento tácito. Al llegar, antes de que bajara, me miró. —Gracias, Ariadna—, dijo, con una sinceridad que me conmovió. —Por ser tú. Y por... por la amistad.

—Gracias a ti, Hugo—, respondí. —Por la honestidad. Y por todo.

Entré al hotel con una nueva perspectiva. La hoja de ruta de mi vida, tan meticulosamente trazada, no había sido borrada, pero ahora tenía una adición inesperada y valiosa: la amistad con Hugo. Una amistad que me desafiaba, me sorprendía y, lo más importante, me permitía ser yo misma sin pretensiones. Era una amistad que, sin duda, prometía seguir rompiendo esquemas.

El vuelo de regreso a Canarias fue una mezcla de cansancio y satisfacción. Mientras el avión surcaba las nubes, Clara, con una sonrisa radiante que no había visto en ella en mucho tiempo, comenzó a contarnos a Alonso y a mí sobre su tiempo con Gael. Sus ojos brillaban al relatar lo mucho que le interesaba y lo bien que se la pasaba con él.

—Me alegro mucho por ti, Clara—, le dije, sinceramente. —Gael parece un buen chico, y te mereces ser feliz.

Alonso asintió, añadiendo un comentario divertido sobre la pareja. Luego, Clara y Alonso, con esa familiar curiosidad que mis amigos siempre me dedicaban, se volvieron hacia mí. —¿Y tú, Ariadna?—, preguntó Clara, su mirada inquisitiva. —¿Te darías una oportunidad con Hugo? el también parece ser un buen chico.

Negué con la cabeza, una sonrisa suave en mis labios. —No. Solo somos amigos, y así estamos bien—. La respuesta, esta vez, no fue una evasiva, sino una verdad que había descubierto en Marbella. —Me he dado cuenta de lo mucho que quiero a Hugo y lo mucho que me gusta pasar tiempo con él, como nos divertimos cuando estamos juntos. El poder hablar de cualquier cosa, con esa libertad... Es una amistad muy valiosa.

Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. — No quiero la responsabilidad que conlleva una relación. No quiero el miedo constante de que cualquiera de los dos pueda arruinarlo. Con Hugo, es diferente. Es una conexión sin presiones, sin expectativas, y eso, para mí, es perfecto.




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