Ender [pausada]

CAPÍTULO 4.

ORSON.

 

Sus ojos brillantes, llenos de un regocijo, un amor a la vida que es envidiable, ¿cómo pude conseguir que aquella chica tan impresionante se convirtiese en mía? Ella es lo único bueno en mi vida. Angie es una puerta para entrar a un mundo que es diferente al de mi padre, Ezequiel Dimas.

Desde niño, nunca fui el prototipo de hijo perfecto para mis padres, ellos querían a alguien que siguiese su ejemplo, que fuese el orgullo de la familia Dimas. Simplemente, alguien que fuese capaz de imponer respeto.

No querían a un escritor, a nadie que fuese como yo.

Un trago amargo sube por mi garganta, asfixiándome, mi cuerpo entero emite una alarma que destruye cada uno de mis órganos hasta volverlos cenizas. Estoy hecho un completo desastre, un costal de huesos rotos.

Toso con fuerza intentando disminuir esas sensación de ahogo, como si estuviese nadando dentro del más grande y mortífero océano. Mis manos sujetan mis costillas como instinto.

— Shh… — susurra una voz alentadora. Mi cuerpo entero se tensa al escucharla, como si fuese un canto celestial en el mismísimo infierno —. No te muevas.

Un par de pequeñas manos se instalan en mis hombros y me obligan a regresar a mi sitio, un gemido escapa de mis labios al escuchar el choque de los huesos, uno contra otro como si fuesen un par de varillas.

El aire llega con dificultad a mis pulmones, dificultando la tarea de respirar para tranquilizar mi ritmo cardiaco. No puedo dejar de pensar en la forma en que fui injuriado, como si fuese un muñeco de trapo tan fácil de someter. Nunca me he declarado como un Ares, sin embargo, resultó un completo daño no sólo a mi cuerpo sino parte de mi ego.

Abro los ojos como impulso, lo último que quiero recordar es la sonrisa gustosa de aquel malnacido al igual que la forma tan despreciable en la que me miraba su acompañante, como si fuese un ser inferior a ellos. Un simple mortal entre dioses.

Mi pecho sube y baja, mis ojos van de allá para allá inspeccionando cada parámetro de la habitación, como si fuese un extranjero en un país desconocido. Paredes lisas de un tono grisáceo, una puerta de hierro forjado y por último, una chica que me mira con detenimiento, como si fuese un extraterrestre.

Alejo mi cuerpo como instinto al encontrarla tan cerca.

Sus mejillas se encienden como las luces de un árbol de Navidad, parece una niña en una de sus más grandes travesuras, como si no estuviese familiarizada con el hecho de estar con un chico.

Sigo con la mirada sus movimientos, encontrando una bandeja llena de algodones con sangre seca, una botella de alcohol y el más improvisado kit de primeros auxilios. Un par de pinzas se encuentran en una de sus manos.

Ella se gira hacía mí sin mirarme un solo segundo, ésta avergonzada por haberla encontrado in franganti mirándome con suma atención, como si fuese una artesanía en exposición. Casi quiero reírme del adorable tono de sus mejillas.

— ¿Sabes lo que haces? — pregunto fanfarrón al verla acercarse con algodón en mano. Detiene su camino y me mira de cerca, tiene unos ojos azules brillantes, como el más impresionante de los zafiros, casi puedo fundirme en ellos como si estuviese viendo el océano —. No quiero tener una marca y perder mi finta de galán.

Una suave carcajada escapa de sus labios.

Deposita los artefactos de limpieza dentro de la bandeja y me mira como si fuera una niña pequeña a punto de escuchar el cuento de hadas más espectacular de la historia.

Su reflejo me llama en un canto de sirena, ella es bonita de la misma manera que lo es un ángel, un diosa. Su rostro perfecto me es conocido, como si la hubiese visto con anterioridad, entorno los ojos, intentando recordar aquellos zafiros que tiene por ojos, las pestañas espesas que caen con suavidad o aquel cabello tan negro como la noche.

Trago saliva con fuerza.

La chica de la camioneta.

Su viva imagen me golpea, ella estaba inconsciente, casi muerta mientras sus ropas escurrían de agua por doquier. Miro el rostro de la pelinegra, encontrando una tranquilidad y serenidad en ella que parece fuera de este mundo, no se asemeja en nada a mi recuerdo, a aquella mujer mortífera y osada.

— Es increíble que pese a las circunstancias tengas un sentido del humor tan embustero — comenta, por fin.

Una sonrisa escapa de mi rostro, no puedo evitarlo, ella parece tan ajena a lo que nos rodea, como fuese capaz de sacar la mejor parte de los peores sucesos inesperados. ¿Cómo un ángel como ella puede pertenecer al mismísimo infierno?

Tal vez, ella es un demonio disfrazado de ángel. Su sonrisa es insidiosa, su rostro tiene una belleza proveniente de otro mundo; su belleza es engañosa y no tiene corazón. Tal vez ella es igual de fría como todo aquel me rodea.




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