Después de que Valeria aceptó hablar, Santiago dio la orden a sus hombres de mantenerse en su lugar y no moverse sin aviso.
Valeria también hizo lo mismo con los suyos, para que nadie se sintiera amenazado y pudieran conversar con un poco más de calma, ambos bandos se quedaban frente a frente.
Santiago fue el primero en retomar la palabra, con voz firme pero sin agresión:
—Muy bien, hablemos. Pero quiero que entiendas algo desde el principio: este puerto pertenece Pertenece a nuestra familia desde hace más de treinta años. Lo construimos, no es justo que lleguen de repente y quieran quitárnoslo.
Valeria lo miró fijamente y respondió con la misma seguridad:
—Y yo te digo que las cosas cambian. Ahora las rutas pasan por aquí y nosotros tenemos derecho a cobrar por el paso, igual que hicieron ustedes antes. Si quieren seguir usando este lugar, tendrán que llegar a un acuerdo con nosotros, o tendremos que buscar otra forma de resolverlo.
En ese momento intervino Alejandro, que hasta entonces había estado callado observándola con atención:
—Dices que es un derecho, pero ¿no crees que es extraño que todo deba cambiar de un día para otro? Nosotros no hemos hecho nada malo contra ustedes en estos meses. ¿Por qué de repente quieren tomar lo que nos pertenece?
—Porque así funcionan las cosas en este mundo —contestó Valeria sin dudar—. Quien tiene más fuerza y más visión, es quien se queda con lo que vale. Es lo que mi padre me ha enseñado desde que era niña.
Tomás movió la cabeza con desacuerdo y habló con tono serio:
—Tu padre te ha enseñado a ver la vida solo de una forma. Pero la fuerza no lo es todo. También está la verdad, el respeto y la historia. A veces, lo que nos cuentan no es todo lo que realmente pasó.
Valeria sintió que esas palabras le llegaban al pecho, aunque no supo explicar por qué. Se cruzó de brazos y le respondió con un poco más de dureza, aunque sin perder la calma:
—No hables de lo que no sabes. Mi padre me ha dado todo lo que tengo, me ha cuidado y me ha enseñado a defenderme. No tengo ninguna razón para dudar de lo que me dice.
—No te digo que dudes de él —aclaró Santiago de inmediato—, solo te digo que no te cierres a escuchar otras versiones. Cuando hay mucho odio entre dos familias, a menudo se esconden cosas.
Valeria se quedó en silencio unos segundos. Esa sensación extraña que había sentido al verlos volvía a aparecer, como si algo dentro de ella quisiera creer sus palabras, pero su mente le decía que eran enemigos.
Finalmente respondió:
—No voy a creer lo que digan sin pruebas. Pero por hoy, no hay pelea. Nos retiraremos, pero volveremos pronto con una propuesta. Y espero que ustedes también estén dispuestos a escuchar.
—Estaremos aquí —dijo Santiago con un gesto de asentimiento—. Pero recuerda: no aceptaremos condiciones que nos hagan perder lo que nos pertenece.
Valeria dio media vuelta y caminó hacia sus hombres, pero antes de subir al coche, miró hacia atrás por un instante. Santiago, Alejandro y Tomás seguían allí, mirándola con una mezcla de seriedad y algo más que ella no lograba descifrar.
De regreso a la mansión, en el camino, Valeria no dejaba de pensar en lo que habían dicho. ¿Será verdad que hay cosas ocultas?, se preguntaba. ¿O solo lo dicen para confundirme y debilitarme?. Aún no tenía respuestas, pero una pequeña semilla de duda ya había empezado a crecer en su interior.
Al llegar a casa, Rodrigo la esperaba en la entrada, notando en seguida que algo en su mirada era diferente. Sin saberlo, la conversación en el puerto había abierto una puerta que nadie había logrado cerrar en años, aunque todavía faltaba mucho tiempo para que la verdad saliera a la luz.