En cuanto Valeria entró a la casa, Rodrigo salió a recibirla. Se dio cuenta al instante de que su hija no traía la misma expresión de siempre; parecía pensativa y un poco confundida. La miró con atención y le preguntó en seguida:
—¿Qué pasó en el puerto? Dijiste que hablarían, pero veo en tu cara que no saliste tranquila de allá. ¿Te dijeron algo que te molestó o te confundió?
Valeria se sentó en una silla del recibidor y suspiró antes de responder. No quería ocultarle nada, pero tampoco sabía cómo explicar esa sensación rara que sentía:
—Hablamos, no hubo pelea, pero ellos dicen cosas diferentes a lo que tú me has contado. Dicen que el puerto es suyo desde hace mucho tiempo y que no quieren que les quitemos lo que es de su familia.
Rodrigo frunció el ceño y se acercó un paso, hablando con voz firme pero sin gritar:
—Escúchame bien, Valeria. Esa es su forma de actuar. Saben que si te hacen dudar, ya ganan terreno. Te dicen palabras bonitas y frases confusas para que dejes de confiar en nosotros. No creas nada de lo que salga de sus bocas.
Ella lo miró a los ojos y se atrevió a hacer la pregunta que le rondaba la cabeza desde hacía días:
—Padre, entonces dime tú la verdad. ¿Qué pasó realmente entre ustedes y los Arango? ¿Por qué nos odiamos tanto y no podemos estar en paz? Quiero saberlo para entender por qué tenemos que pelear siempre.
Rodrigo guardó silencio un momento, como si estuviera eligiendo con cuidado qué palabras usar. Luego respondió despacio:
—Hace muchos años, cuando tú aún no estabas con nosotros, ellos nos atacaron sin razón. Nos quitaron tierras y negocios, y nos hicieron mucho daño. Desde ese día supimos que no se puede confiar en ellos. Esa es toda la historia, no hay nada más que contar.
Valeria no quedó satisfecha con esa respuesta, pero no quiso presionarlo más por ese momento. Se levantó y se fue a su habitación, pensando en lo que le habían dicho los hermanos Arango. Mientras caminaba por el pasillo, se cruzó con una de las sirvientas más antiguas de la casa, una mujer que llevaba allí más de veinte años.
—Señorita Valeria —le dijo la mujer con voz suave—, ¿todo está bien? La veo muy pensativa hoy.
Ella se detuvo y, sin pensarlo mucho, le preguntó con cuidado:
—Dime algo, tú que llevas aquí tanto tiempo. ¿Recuerdas cómo llegué a esta casa? A veces me pregunto si mi historia es tan sencilla como me la han contado.
La mujer se puso pálida de inmediato y miró a todos lados con miedo. Le respondió bajito:
—No puedo hablar de eso, señorita. El señor Rodrigo nos prohibió decir nada. Solo sé que usted es parte de esta familia y que aquí tiene un lugar seguro. Por favor, no me haga preguntas que no puedo contestar.
Dicho esto, la mujer se apresuró a seguir su camino, dejando a Valeria con más dudas que antes. Se sentó en el borde de su cama y se dijo a sí misma: Todos me dicen que no hay nada que saber, pero todos actúan como si escondieran algo.
Al día siguiente, en la casa de los Arango, también hablaban del encuentro. Santiago, Alejandro y Tomás se reunieron para comentar lo que habían visto y oído:
—Esa joven no es como los demás hombres de los Ortega —dijo Alejandro—. Tiene una mirada diferente y no parece estar llena de odio como ellos.
—Sí —agregó Tomás—, y lo más extraño es que me resultó muy familiar. No sé por qué, pero al mirarla sentí como si ya la hubiera visto antes, aunque sé que es imposible.
Santiago asintió con seriedad y concluyó:
—Sea quien sea, por ahora es la enemiga. Pero no debemos presionarla. Si realmente empieza a dudar de lo que le han contado, con el tiempo ella misma buscará la verdad. Solo tenemos que esperar y no cometer errores que nos afecten.