Pasaron tres días completos sin que ocurriera nada fuera de lo normal. El puerto permaneció tranquilo y no hubo movimientos que llamaran la atención de nadie. Valeria siguió con su rutina: revisaba las cuentas, hablaba con los encargados y se aseguraba de que todo estuviera en orden, tal como le habían enseñado.
Una tarde, uno de los guardias entró con prisa a la casa para dar el aviso:
—Señorita Valeria, los hermanos Arango han llegado al puerto. Dicen que vienen solo a hablar, sin armas, para cumplir con lo que quedaron en la última reunión.
Valeria escuchó y se dirigió a buscar a Rodrigo rápidamente. No quería tomar decisiones importantes sin decirle primero.
—Padre, han venido los Arango —le contó—. Dicen que quieren proponer algo para seguir trabajando sin pelear. ¿Qué me recomiendas hacer?
Rodrigo asintió con calma y le respondió brevemente:
—Ve y escúchalos. No te niegues, pero no aceptes nada que nos haga perder terreno. Mantén la calma y dime todo lo que digan al volver.
—Así lo haré —contestó ella
Antes de ir, los hermanos Arango ya habían hablado entre ellos para ponerse de acuerdo:
—Vamos a ir con claridad —dijo Santiago—. No queremos pelea, solo queremos que el trabajo siga sin riesgos para nadie.
—Tienes razón —agregó Alejandro—, pero no bajemos la guardia. Cuidado con lo que proponen, que no nos quieran poner condiciones desfavorables.
—Yo estaré atento a cada detalle —añadió Tomás—. Si noto algo raro, lo digo de inmediato.
Al llegar al puerto, ambos grupos se encontraron en el mismo lugar de siempre, manteniendo distancia para no generar tensión. Santiago fue el primero en hablar:
—Gracias por venir. No buscamos problemas, solo queremos un acuerdo para que podamos usar este lugar sin estar siempre enfrentados.
Valeria lo miró con firmeza y respondió:
—Eso me parece bien, pero que quede claro, no aceptaremos que nos quiten lo que hemos ganado. ¿Qué es lo que proponen exactamente?
Después de explicar las condiciones, llegaron a un trato sencillo: ambos podrían usar las instalaciones, pagando una cuota para su mantenimiento, y cada uno vigilaría su propia zona. Cuando terminaron, los hermanos comentaron entre ellos:
—No puso trabas innecesarias —dijo Tomás—. Aceptó lo justo sin exigir más de lo razonable.
—Es verdad —respondió Alejandro—. No es como los demás que solo quieren imponerse. Aunque siga siendo de la familia contraria, habla con claridad.
—Mantengamos la calma —dijo Santiago—. Esto es solo un trato de negocios. Veremos si lo cumplen con el paso de los días.
Al volver a sus casas, ambos contaron lo justo a sus padres sin extenderse demasiado.
—Llegamos a un acuerdo temporal —le dijo Santiago brevemente a Marcos—. Todo sigue en orden por ahora.
—Bien —respondió Marcos—. Solo vigilen que se cumpla lo acordado.
Del otro lado, Valeria también le explicó a Rodrigo:
—Quedamos en usarlo en común y pagar el mantenimiento. Parece algo justo para ambos.
—Está bien —dijo él—. Pero recuerda, no confíes ciegamente. Vigila cada paso.