Enima

Capítulo 1

Descubierta

Jade

Nunca he caminado por las calles de Enima, pero sé que existen. Las escucho cada mañana cuando las campanas de la iglesia despiertan al pueblo y me recuerdan, con puntual crueldad, que sigo aquí. Dicen que es un lugar hermoso, lleno de colores, fe y sonrisas. Dicen muchas cosas quienes pueden caminar libremente.

Mi mundo, en cambio, no supera los límites de una habitación. Cuatro paredes impecables, una cama ordenada con exactitud y una ventana sellada cubierta por dos grandes cortinas. Entre sus rendijas apenas se cuela la luz, como si el exterior fuera un privilegio que no merezco.

Mis padres dicen que es por amor.
Dios, con su silencio eterno, jamás me ha dicho lo contrario.

—Fuimos insultados de la peor manera —masculla mi madre mientras coloca los platos sobre la mesa.

—¿Qué sucedió? —pregunto, aun sabiendo que la respuesta me incomodará.

—Uno de los hijos de la familia Blackwood se atrevió a entrar a la iglesia y provocar un escándalo frente a los nuevos hermanos que deseaban entregar su voto al Señor mediante el bautizo.

Los Nilsson siempre han sido un tema delicado en Enima. No todas las familias son devotas, eso es sabido, pero la mayoría guarda respeto por la iglesia y sus normas. Los Blackwood no. En especial sus hijos, jóvenes problemáticos, señalados por su conducta desafiante y su falta de fe.

Solo he visto al menor de ellos. Lo observo algunas noches, escondida tras las cortinas de mi ventana, cuando se escabulle por la calle y sube a un automóvil negro que lo espera con el motor encendido. Del mayor apenas existen rumores: que fue enviado a Francia para estudiar, que sus padres lo alejaron del pueblo porque una pandilla quería asesinarlo. En Enima, la verdad siempre se diluye entre susurros.

Mi padre entra a la cocina y nos saluda con una sonrisa cansada.

—Antes de comer, agradezcamos por este día y por el alimento —dice mi madre, tomándonos de las manos.

Rezamos. Siempre rezamos.

Mis padres trabajan toda la semana. Mi madre es mesera; mi padre, albañil. Aunque él detesta dejarme sola tantas horas, sabe que el dinero no alcanza si solo uno trabaja. A veces deseo ayudarles, ser útil, existir fuera de esta habitación. Pero sé que mi deseo sería visto como una ofensa.

—Hoy tengo libre —anuncia mi madre mientras bebe café.

—Eso es un alivio —responde mi padre.

Ella frunce el ceño ante su sonrisa. Yo, en silencio, suspiro.

Hoy no estaré sola.

Regreso a mi habitación. El cielo se ve azul entre las cortinas de la ventana, insultantemente amplio. Estar encerrada no me hace sentir protegida; me hace sentir invisible, como un animal salvaje domesticado a la fuerza. Nunca lo digo en voz alta, ya que mis padres se enojarian.

No entiendo por qué debo permanecer oculta mientras las chicas de mi edad van al colegio, al cine o caminan por las calles libremente. Yo solo conozco estas cuatro paredes, ásperas y firmes, testigos de mis noches en vela y de mis lágrimas silenciosas.

Un murmullo en la planta baja despierta mi curiosidad. Bajo las escaleras con cuidado, escondiéndome en las sombras. Mi madre siempre ha sido clara: si hay visitas, yo no debo ser vista.

Por eso, el vecindario cree que los Miller no han logrado tener hijos. Han inventado historias crueles: infertilidad, castigos divinos, enfermedades. Creen que asistimos tanto a la iglesia en busca de un milagro.

Ese milagro soy yo.
Un milagro que no debe mostrarse.

Reconozco la voz de mi madre, tensa, incómoda. Solo una familia provoca eso en ella.

—Hemos venido a disculparnos por el comportamiento de nuestro hijo —dice la señora Blackwood, con una sonrisa ensayada y los labios pintados de rojo intenso.

—No es conmigo con quien deben disculparse —responde mi madre, devolviendo el pastel—. Es con la iglesia y con quienes estuvieron presentes esa noche.

—Lo sé, Viviana. Pero siendo tú la líder, creímos correcto hablar contigo primero.

Mi madre cede. Entonces, un chico de mi edad da un paso al frente. Mastica chicle con descaro, se acomoda el cabello hacia atrás y suspira, claramente aburrido.

—Lo lamento —dice sin convicción.

Lo he visto antes, escapando en la noche. Su falta de respeto no sorprende a nadie.

De pronto, otro joven aparece. Es más alto. Le da un golpe leve en la cabeza al menor y sonríe con calma. Su cabello semirrubio se mueve con el viento y sus ojos verdes observan todo con atención peligrosa.

—Él es mi hijo mayor, Eiden —anuncia la señora Blackwood—. Acaba de regresar al pueblo.

Eiden.

El nombre pesa más que los rumores.

Extiende la mano hacia mi madre, quien la estrecha por cortesía. Es la primera vez que trata con los Blackwood. Lo noto en su rigidez, en su incomodidad.

Entonces ocurre.

Siento su mirada.

Un escalofrío me recorre cuando sus ojos verdes se encuentran con los míos. No muestra sorpresa. No muestra curiosidad. Solo una leve sonrisa, como si acabara de descubrir algo que no debía existir.

Mi madre percibe la distracción y gira un poco la cabeza. Mi corazón golpea con fuerza ante la acción de ser descubierta, pero Eiden coloca una mano en su hombro, deteniéndola.

—Tiene una casa hermosa, señora Miller —dice—. Y una escalera preciosa también.

Hace énfasis en la última palabra mientras me mira de nuevo.

Sin pensarlo dos veces corro y me encierro en mi habitación temblando. Nadie me había mirado así antes. Nadie sabía que yo existía.

Ahora él lo sabe.

El hijo mayor de los Blackwood conoce mi secreto, y algo en mi interior me advierte que su llegada no es casualidad. Que nada volverá a ser igual.

Esa noche, un disparo quiebra el silencio de Enima.

Y con él, el mundo que conocía comienza a desmoronarse.



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En el texto hay: juvenil, suspenso, romance oscuro

Editado: 09.01.2026

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