Jade
El disparo no sonó cerca, pero tampoco lo suficientemente lejos como para ignorarlo.
Me incorporé de golpe en la cama, con el corazón martillándome el pecho. Afuera, Enima había quedado en silencio. No un silencio común, sino uno espeso, casi palpable, como si el pueblo entero contuviera la respiración. No hubo gritos. No hubo pasos apresurados. Solo ese mutismo inquietante que siempre anuncia que algo ha salido mal.
Mis padres dijeron que no me moviera.
Nunca dicen otra cosa.
Aun sabiendo que no debía, me acerqué a la ventana, pero no visualiza nada, solo el gran arbol plantadoen frente inmóvil, como si también estuviera escuchando. Apoyé la frente contra el frío vidrio de la ventana y pensé en Eiden. En sus ojos verdes y en la forma en que me miró, como si yo no fuera un error… sino un secreto.
Y por primera vez, el miedo no venía de afuera.
Venía de mí.
A la mañana siguiente, lo inevitable ocurrió: encontraron el cuerpo de una joven cerca del lago del pueblo. Desnuda, sin vida. Mis padres ante la noticia rapidamente salieron de casa y, como siempre, me dejaron encerrada.
Era el primer asesinato después de cinco años. Durante ese tiempo, Enima había aprendido a fingir tranquilidad, a caminar sin mirar atrás. Hasta ahora.
El sonido de las trompetas me obligó a asomarme por la ventana. El desfile fúnebre avanzaba lentamente por la calle. La señora Morrison lloraba sobre el hombro de su marido. Detrás de ellos caminaban mis padres y cuatro personas cargaban el ataúd donde yacía el cuerpo.
Me sorprendió ver a los Blackwood salir de sus casas en completo silencio, acompañando a la familia destrozada.
Por más que intentaran aparentar rectitud, el vecindario jamás olvidaba su reputación. No eran la única familia problemática, pero sí la más señalada. Hubo un tiempo en que fueron personas tranquilas; luego llegaron los conflictos, las discusionesy los rumores. La señora Blackwood parecía vivir en constante guerra con el mundo.
La melodía melancólica de las trompetas me oprimió el pecho. Diana había sido una chica amable, amante de las fiestas, pero nunca cruel o al menos eso aparentaba en el exterior. No merecía ese final, en realidad nadie lo merece.
Entonces lo sentí.
A unos metros de distancia, unos ojos se alzaron hacia mi ventana. Era como si supiera que yo estaba allí, observándolo todo. Eiden sostuvo mi mirada y esbozó una sonrisa ladeada antes de entrar nuevamente a su casa.
Llevé una mano a mi pecho.
¿Por qué mi corazón reaccionaba así cuando se trataba de él?
La mañana pasó lenta. Me refugié en mi habitación, dibujando cualquier objeto en mi cuaderno, esperando el regreso de mis padres. Pienso que no tardarón de llegar cuando la puerta principal se abrió; nadie más tenía llave, asi que corri para darles la bienvenida con mi cuaderno en la mano.
—Mamá, mira lo que dibujé —dije sin levantar la vista.
No hubo respuesta.
Ante el silenciol alcé la mirada y mi sonrisa se desvaneció —¿Qué haces aquí?
—Creo que me he equivocado de casa.
Su voz grave recorrió mi espalda como un escalofrío. Retrocedí instintivamente cuando comenzó a acercarse, pero tropecé con el primer escalón de la escalera y caí sentada en el suelo.
Se inclinó frente a mí, observándome con atención, como si estuviera confirmando algo.
—Tal como lo pensé —murmuró—. Eres tú.
Mi respiración se volvió irregular y entonces el recuerdo de esa noche, la silueta que vi llego a mi mente.
—Eres el chico de esa noche —susurré—. ¿Verdad?
—¿De qué hablas, Jade?
Mi cuerpo se tensó por completo.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Sonrió, lento.
—Sé muchas cosas.
Había algo en su mirada que me hacía sentir expuesta, como si pudiera ver a través de mí. Estaba demasiado cerca. No me tocaba, pero su presencia pesaba.
—¿Qué quieres? —pregunté, reuniendo valor.
—Nada… por ahora —respondió—. Solo quería asegurarme de que no eras una invención.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—¿Te asusto?
No supe qué responder.
—No deberías —añadió—. No mientras sigas siendo interesante.
Esa palabra quedó flotando entre nosotros. ¿Qué quiere decir con interesante?.
Antes de que pudiera reaccionar, escuchamos la voz de mis padres acercándose desde la entrada. Eiden se apartó con naturalidad, como si nunca hubiera estado allí.
—Esto no ha terminado —susurró antes de correr hacia la puerta de la cocina, con tanta naturalidad, como si ya hubiese estado aquí.
Me quedé sentada, temblando.
Mis padres entraron y fruncieron el ceño al verme en el escalón.
—¿Qué pasó, pequeña? —preguntó mi padre, ayudándome a levantarme.
—Me resbalé —mentí, aferrándome a mi muñeca temblorosa.
—Debes tener más cuidado —dijo mi madre.
—¿Puedo ver televisión un momento? —pregunté.
Ella se detuvo y me observó, sorprendida.
Nunca me lo habían permitido. Nunca fui a la escuela. Nunca asistí a fiestas. Desde los cinco años, esta casa había sido mi mundo. Me enseñaron lo básico: leer, escribir, contar y nada más.
Resignada ante la negativa respuesta regresé a mi habitación mientras mi madre preparaba el almuerzo antes de ir al trabajo. Me acerqué a la ventana sin pensarlo.
Eiden estaba en su patio, conversando con una chica bonita. Ella se reía con facilidad y él parecía distinto, a pesar de que sonreía se notaba el desinteres en su rostro, y entonces sin previsto alguna la besó, no solo me sorprendio a mi, tambien a la chica que tarda unos segundos antes de corresponder su beso.
Ante la escena sentí una opresión extraña en el pecho y una pregunta ridicula se cruzo por mi mente.
¿Qué se sentirá dar el primer beso?
Como si percibiera mi presencia, Eiden alzó la mirada hacia mi ventana sin dejar de sonreír. Esa vez no aparté la vista de inmediato… pero el peso en mi pecho se volvió insoportable y retrocedí.