Enséñame a confiar

Capítulo 7. ¿Quién eres tú, chica interesante?

Andrew

—Voy a dejar el teléfono aquí cargándose mientras me baño, Andy.

Levanto mi vista de las páginas de la biblia, centrándola en la pantalla de mi móvil, que está ubicado sobre la mesita de noche, y donde se refleja la imagen de mi novia.

—Dale, hermosa. Yo terminaré de hacer mi devocional matutino —le contesto, pasando las páginas del pesado libro, buscando el siguiente versículo que quiero meditar.

¿Y tú no te vas a bañar? —Inquiere, mirándome a través de sus gruesas pestañas con seriedad, y sé por qué lo hace…

—Sí, en cuanto termine mi devocional y baje a desayunar.

—Andy, te va a coger el día. Ya son las seis y veinticinco.

—Vivo apenas a media cuadra del colegio, Luisa, todavía tengo tiempo. Además, ¿quién llega temprano el primer día de clases?

Ella parece querer añadir algo más, pero termina por suspirar, rendida; baja la cabeza, y niega levemente, además de fruncirme el ceño por llamarla por su nombre.

Sé que no le gusta, pero es que me exaspera que me digan qué hacer, ni siquiera permito que mi madre lo haga, y menos desde mi conversión al cristianismo.—

—Está bien. Por cierto… no se te olvide escribir al grupo, yo ya escribí, y Víctor, Sebastián y Astrid están preguntando por ti —responde finalmente, prefiriendo cambiar de tema… táctica inteligente, porque ya me estaba agriando la mañana—. Yo les dije que tú te reportabas en un rato, que estabas haciendo devocional.

La miro con ternura, pese a mi irritación anterior con ella, y sonrío, embelesado.

Dios, con todo y que a veces es un poco mandona, mi Luisi es un ángel. Qué haría sin ella…

—Tan linda… gracias, corazón —la miro embobado.

No sé qué hice para merecer a esta mujer, pero le doy gracias a mi Señor por ella.

—No es nada… —una leve tos la interrumpe a media frase, y yo la miro con preocupación, levantándole una ceja, pero ella sigue con lo que iba a responder—. No es nada, lindo.

—¿Mi nena amaneció enfermita? —pregunto, y aunque sé que es obvia la respuesta, me gusta consentirla.

—Solo me duele un poco la garganta. Estaré bien —me asegura, y observo cómo, tras dejar su celular cargándose en el suelo, se va a bañar, no sin antes dejar música reproduciéndose a través de su Alexa.

Sonrío de nuevo, y aunque no puedo verla por la posición que tiene su móvil ahora, —quedó viendo hacia el techo—, me la imagino desapareciendo hacia la ducha.

Vuelvo a mi devocional, enfocándome en la carta de Pablo a los Corintios, aunque aún sigo preocupado por mi nena.

Ella dice que solo es un dolor de garganta, pero… ¿y si es algo más? No sé, me preocupa que le pase algo más grave, y no me gusta verla enfermita.

Ella es tan especial para mí. Es, además de mi mejor amiga, una novia extraordinaria… no sé… no sé qué sería de mí sin ella.

Mientras trato de dejar de lado mi preocupación por Luisi y centrarme en la lectura, la oigo cantar desde la ducha uno de los temas de Lata Mangeshkar, una de las estrellas de Bolliwood y que ahora suena a todo volumen por el altavoz, y vuelvo a sonreír inconscientemente.

Ella dice que no, pero tiene una voz preciosa… aunque ahora está medio ronca y la tos la interrumpe a media oración, para mí sigue siendo hermosa.

—Pipe, cielo, baja a desayunar! Se te hará tarde, y ya estamos todos en la mesa —la voz de mi madre me saca del estado entre concentración por mi devocional matutino y prestar atención a la voz de mi hermosa proveniente del baño.

—Ya voy, ma —respondo, y, sacando el lapicero que siempre llevo en el bolsillo delantero de la camisa de mi pijama de tigres pintados, marco el versículo por donde iba.

Ya lo releeré cuando vuelva a mi house.

Tras eso, y sin siquiera molestarme en buscar mis chancletas, tomo mi móvil, saliendo al pasillo, aunque primero me pongo los auriculares que siempre llevo colgados al cuello, no me gusta que mi familia esté escuchando el ambiente de la casa de mi novia.

Sí, lo sé, es una tontería, pero no sé, sencillamente no me gusta.

Soy bastante reservado con mis cosas, especialmente porque mamá es… bueno, no quiero pensar en eso en este momento, porque es algo que me pone de muy mal genio.

Mientras bajo lentamente las escaleras, alcanzo a oír el anuncio presidencial que están pasando últimamente por Caracol TV, o debería decir, garracol…

¡No se preocupe por el trabajo! No se preocupe por los impuestos, ¡no se preocupe por los problemas, las finanzas o las vueltas que da la vida!

Se acabaron las burocracias, los papeleos interminables, esas filas larguísimas que había que hacer en el banco o en cualquier lado! ¡Se acabaron los odiosos trancones! ¡A partir de hoy, se acabaron las preocupaciones!

Habla su presidente, Gustavo Petro, y, como agradecimiento a todo el pueblo colombiano, ¡por elegirme como su gobernante, a partir de hoy vamos a vivir sabroso!

Cero preocupaciones, ¡todo desde ahora será descanso, desestrés y vida chévere!

Si me apoyas, te garantizo una casa gratis, un salario considerable, cualquier modelo de carro que quieras, un trabajo digno, cocineros, aseadores y jardineros robots las veinticuatro horas del día, un seguro para cubrir y garantizar la salud de toda la familia, educación en todos los niveles, de élite, completamente gratuita, ¡y un perro!

Esta campaña ha sido promovida y patrocinada por asoviviche (¡asociación de viejos vida chévere!)…

Justo en el preciso momento, al llegar al último escalón, se va la señal, y la imagen de la pantalla queda negra, acompañado esto de un pónmnmnmnmnmnmnmnm… seguido de un bíiííííiíifff… luego un interminable tsss, tsss, tsss…

—Genial, ya se cayó la señal. Estaba demorando —comenta mi hermano Brian, quien ya está sentado a la mesa mordisqueando un trozo de queso.




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