Enséñame a confiar

Capítulo 8. ¡Todo es culpa de Ernesto!

Marie

Me gustan las mañanas.

Porque son reflejo de un nuevo día que Dios nos regala, y eso significa nuevas experiencias, nuevos aprendizajes y, por supuesto, nuevas anécdotas con mi familia.

Y esta ha sido una mañana de lo más… interesante, si incluyo en ella a una Adri malhumorada, a Erne tratando (inútilmente) de hacerla sentir mejor, y a Beti, LuLu y Juanlu brincando en los asientos por aburrimiento, pese a que mamá, Gia y yo les hemos dicho que dejen de hacerlo.

Ah, y también hay que agregar a la ecuación, como protagonistas del día además de todo lo anterior, el sueño monumental que desde hace rato me quiere reclamar, valiéndose de hacerme cerrar los párpados cada dos minutos de forma involuntaria —y que ni siquiera la cafeína ha podido remover del todo—, las cero ganas que tengo de ir a clases —raro en mí, siendo como soy, amante del estudio—, y el hermoso trancón que nos tiene atascados en plena avenida desde hace como media hora —y que, de paso, ha paralizado el tráfico, y ello hace que nos movamos a la velocidad de un caracol, o más lento, si eso es posible—… Sí, definitivamente esta ha sido una mañana de lo más peculiar, pero aún así, tiene su belleza.

Suspiro, y apoyo la cabeza en el respaldo de la silla, cerrando los ojos. Menos mal y la profe Virna también está atascada en este trancón… y, al parecer, por lo que dicen otros profesores que han llamado a mamá, —los he oído por los altavoces de la camioneta, mi madre tiene su teléfono conectado a la misma vía bluetooth para usarlo en modo manos libres, y Gia también lo usa para poner música—, hay muchos en esa situación.

No lo digo en el sentido de que sea bueno, porque esto es desesperante. Me refiero a que así, no tenemos que estar agonizando para llegar a tiempo.

Y, si vamos a estar atascados en este trancón por solo Dios sabe cuánto tiempo, una siesta es más que bienvenida…

—¡Juan, bájate de la guantera!

—¿Por qué?

Eso, si mis hermanos se calman por un momento…

—Porque si mamá acelera, puedes salir disparado hacia adelante, Y, Dios no lo quiera, te puedes lastimar —le explica Gia a mi hermano, estando sentada en el asiento del copiloto.

Todos los demás, vamos en los asientos traseros.

—Oh. Bien —Juanlu, obediente, se baja de la guantera, donde antes estaba sentado, y se sienta de nuevo entre nosotros.

Al menos, hay uno que obedece…

—¡Amo esa canción, Gia! Sube el volumen.

—¡A mí también me gusta! Ahí va la serpiente, de tierra caliente, que cuando se ríe, se le ven los dientes…

Bueno, tres obedientes, al menos, porque Beti y LuLu también se han sentado, después de haber brincado por varios minutos. Bueno, 4, porque Tere está tranquilita leyendo un libro. Es la que menos da problemas… siempre ha sido así.

—¡Ernesto, acomódate! Échate para allá, que voy incómoda.

—Adri, no te quejes. Yo estoy en mi sitio de siempre, tú vas incómoda, sí, pero porque así lo quisiste. Si hubieras puesto tu mochila allá atrás, como lo hemos hecho nosotros, no estarías incómoda.

No se puede decir lo mismo de Adri y Erne. Bueno, en defensa de mi hermano, diré que es Caro quien lo provoca, porque él siempre intenta calmar a mi hermana cuando está de malas, pero cuando ella le hace perder la paciencia… surgen las discusiones, ya no en broma, pero sí por pequeñeces.

Que porque él intenta arreglarle el cabello a Caro —Como intentó hacerlo hace poco—, o porque ella le exige algo… en fin, así quiero a mis hermanos, con todo y sus peleas por cosas absurdas.

—No te he pedido que me regañes como si fueses mi papá —reclama mi hermana, mirándolo con enfado—. He dicho que te acomodes.

Ernesto la mira en silencio; entreabre los labios, como queriendo responderle algo, pero, en su lugar, opta por apretar entre sus puños la camisa del uniforme —recién planchado, por cierto—, arrugándola, y se hace a un lado, cediéndole más espacio, pero al precio de quedar él pegado a la puerta.

—Adriana Carolina Claire —interviene mamá, evidentemente cansada de la actitud mandona de mi hermana—. Sigues contestándole así a tu hermano, y te quitaré el teléfono hasta las vacaciones de Junio. ¿Entendido?

Yo que tú, hermana mía, no seguiría agotando la paciencia de mamá…

Tengo buenas razones para tener este pensamiento: todos sabemos que, cuando mamá habla de quitarnos los teléfonos, las tablets, las computadoras, o en el caso de mis hermanos más pequeños, les quita el privilegio de ver TV si se portan mal, o los juguetes, no está bromeando. Habla muy en serio. Y no solo lo cumple, lo extiende, si el comportamiento que no le gusta continúa en vez de mejorar.

Es, para mí, un método infalible, porque luego de ese castigo, aprendemos a ganarnos las cosas. Y a honrar, y respetar a nuestros padres. Como mi abuela dice, honrar a padre y madre en vida… No cuando ya no estén

Caro no contesta, pero al parecer la advertencia y el tono de nuestra madre son suficientes para que no siga molestando ni a Erne, ni a ninguno de nuestros hermanos.

En vez de eso, se recuesta en la silla —con su cabello todavía mojado—, saca un cuaderno que tiene exclusivamente para dibujar, y se sumerge en su propio mundo.

Siempre he dicho que, si mi tía Shirly o mi madrina Daysi atendiesen a Caro en consulta de psicología, los dibujos que hace hablarían más que ella misma.

Por ejemplo, ahora está dibujando un paisaje con nubes grises, lo cuál, he de suponer por todo lo que he aprendido de psicología, que refleja cómo se siente. Triste, enojada… ahora añade un sol rojo entre las nubes… sí, definitivamente es enojo, mezclado con tristeza o frustración.

Ella cree que no estoy mirando, y, dado su estado de ánimo actual, prefiero que no se dé cuenta de mi análisis, de modo que enfoco mi atención en mi hermano.

Ha sacado su iPad, el cual siempre lleva en su mochila, y se ha puesto a revisar el código del juego que me mantuvo desvelada a mí.




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