Enseñame a sentir

Capítulo 1

Capítulo: Mi casa, mis reglas

Me alegra tanto poder ser independiente. Hay algo increíblemente satisfactorio en saber que ahora puedo usar esa frase que tanto escuché:

"Mi casa, mis reglas."

Bueno, en mi caso es un apartamento, pero por algo se empieza.

Pensar que hace unos meses mi madre me la dijo cuando llegué tarde de una fiesta. Desde antes de ese incidente ya había planeado mudarme, pero lo haría después de Navidad, como quien dice para empezar el año nuevo con hogar nuevo.

Sin embargo, aquella frase desató un afán en mí, más grande y profundo que el que siento cuando sé que llegaré tarde a algún lado. Entonces adelanté mis planes y decidí mudarme antes, volviendo a la ciudad donde nací: Bogotá.

Ahora estoy en una localidad tranquila, al norte de la ciudad. Te hago la descripción porque, sinceramente, olvidé el nombre. Justo ahora estarás preguntándote: "¿Viniste sola a una ciudad que apenas conoces?" Y yo te responderé: "Cálmate, si te digo que lo planeé desde hace meses, es porque de verdad lo hice." No soy como tu papá, que no te planeó.

Aunque bueno, el mío tampoco lo hizo, ja, ja, ja.

Hice una amiga en secundaria que se mudó aquí en su último año, así que ahora vive muy cerca. De hecho, quedamos de reunirnos después de mediodía para que me haga un pequeño tour por el barrio y evitar sentirme perdida.

Por cierto, olvidé mencionarte que estaba subiendo cajas y cajas del camión hasta el quinto piso, que es donde viviré. Estaba literalmente muriendo de cansancio, y honestamente no habría terminado nunca si no fuera porque el señor del camión me ayudó con algunas cosas… y un chico extraño que se ofreció a ayudar también.

¿Quién soy yo para negarme? Más aún cuando noté lo guapo que es. Si me pongo lista, tal vez hasta consiga su número —pensé, mientras dejaba una planta cerca del balcón.

Dios, ¡siempre quise tener un balcón! Me apoyé en él y dejé que la brisa acariciara mi cara, como si estuviera protagonizando una novela. Perfecto. Solo falta el príncipe o el sapo.

—Estas son las ventajas de vivir en los pisos altos —susurré para mí misma.

—Bueno… señorita, ya hablé con el señor del camión y me dijo que eso era todo —escuché decir a una voz masculina detrás de mí. Me volteé mientras seguía apoyada en el balcón.

—Bien, gracias por ayudarme, señor —respondí con una sonrisa.

Entonces, él hizo una mueca.

—¿En serio, me veo como un señor? —dijo llevándose una mano al pecho, con dramatismo—. Apenas tengo 20 años.

Me reí divertida por su reacción.

—Entonces… ¿cómo te digo? ¿Muchacho? —le pregunté, con una sonrisa.

—Podrías empezar por mi nombre. Soy Adam, tu vecino de al lado, según lo que pude notar. Si necesitas ayuda con otra cosa, con mucho gusto estaré dispuesto. Solo toca mi puerta.

Levantó una ceja y me guiñó un ojo. No sabía que había gente tan generosa por aquí.

—Ok, entonces…

—Si quieres, te doy mi número —me interrumpió, diciendo justo lo que tenía en mente preguntarle.

—Claro, dime tu número.

Después de esto, me despedí de Adam y me fui a encontrar con mi amiga Jennifer.

Un reencuentro especial

El nombre Adam nunca ha sido común para mí en la vida cotidiana, a excepción de las novelas que he leído. Lo asocio con algo extranjero, pero es un nombre que me parece bonito, incluso agradable al oído. Me pregunto si sus padres serán del exterior.

Ya estamos a mitad de junio; debería hacerme una cometa antes de que llegue agosto. Normalmente, cuando llegan esas festividades, me entra fastidio de salir en esos días. Si te soy sincera, ni siquiera sé por qué. A mí me gustan mucho esas fechas desde pequeña.

Un amigo lo llamaba el síndrome de la amargura en épocas felices. Hace dos años que no vuelo una cometa; este año me obligaré a hacerlo. No quiero ser una amargada.

—¡Lina! —escuché la voz de Jennifer llamándome.

Me preparé mentalmente para verla, ya que hace tiempo que no la veía. Me volteé y la vi corriendo hacia mí como si el mundo estuviera a punto de acabar, con los brazos extendidos y una expresión eufórica iluminada por el sol de mediodía. Extendí mis brazos de la misma manera, emocionada por el reencuentro, y nos abrazamos con fuerza.

Demasiado dramatismo cerebro…

—¡Guau! Estás más linda que antes. Te pegó fuerte la pubertad, Lina de mi corazón —me soltó del abrazo y me miró pícaramente de arriba abajo.

Me sonrojé; no acostumbran a decirme cosas así todo el tiempo.

—Tú eres la más bella de esta relación, querida —traté de imitar un acento gomelo—. Apuesto a que hasta tienes novio.

Ella soltó una carcajada y, con el mismo acento extraño que intenté imitar, respondió:

—Obvio, amiga.

Abrí la boca con sorpresa mientras ella continuaba con entusiasmo:

—Bella, no me vas a creer, pero fue súper repentino. Él fue quien se confesó primero.

—¿Pero hace una semana estabas triste por terminar con Camilo? —me crucé de brazos, mirándola con gesto inquisitivo.

—Mira, aún me siento un tanto triste, y a él no le dolió comenzar a salir con otra chica hace una semana. Y yo, como una estúpida, lloré por él casi todas las noches —hizo un puchero mientras bajaba la mirada al suelo. Su voz quebrada comenzó a delatar lágrimas que corrían por su rostro—. En cambio, Luis me consoló. Estuvo conmigo cuando Jason simplemente me bloqueó.

Me sentí mal por ella. Temo que aún esté pensando en su ex mientras sale con otro. No voy a juzgarla. A veces, en la vulnerabilidad, una persona toma cualquier decisión que crea que la hará sentir mejor.

Suspiré. Quería invitarla a comer mientras paseábamos, pero creo que necesitamos un ambiente más privado. Sus labios y manos temblaban, como señales de emociones escondidas.

—Lo siento, Lina. Empecemos con el tour —dijo rápidamente, tratando de limpiarse las lágrimas, algo avergonzada.




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